Hoy tuve oportunidad de ver la histórica toma de posesión de Abelardo de la Espriella como presidente de Colombia, que fue en Cali; por primera vez fuera de la capital Bogotá. Él dijo que era un símbolo de descentralización, después de descartar Popayán por la alerta del volcán Puracé. El Congreso aprobó el cambio de sede. Mientras jura el cargo, el país observa con atención, y yo con preocupación desde mi trinchera, viendo como líderes religiosos tomaron la palabra en este momento tan importante para el pueblo de Colombia.
Este no es un cambio de gobierno cualquiera. Llegó con una diferencia de solo 251 mil votos. Casi 13 millones de personas apoyaron su propuesta de mano dura y valores conservadores. Otros casi 13 millones votaron en contra. La participación fue del 63,6 %. El resultado es claro: cualquiera de los dos candidatos habría gobernado con la mitad del país en contra. La derecha y la izquierda se ven como enemigos. Esa división profunda es la verdadera imagen de este momento.
Gustavo Petro también llegó con una diferencia corta, poco más de 700 mil votos, y ese margen marcó su gobierno. Gobernó siempre a la defensiva: cada reforma, cada discurso y cada crisis se leyó como una revancha entre mitades. Con la mitad del país sintiendo que había perdido, no hubo luna de miel ni espacio para consensos amplios. El resultado fue un país que nunca dejó la campaña electoral, donde la oposición no reconoció la legitimidad y el oficialismo no reconoció los límites. Esa es la lección que hoy hereda De la Espriella: cuando se gana por poco, si se gobierna como si se hubiera ganado por mucho, se fractura todo.
Lo más preocupante es cómo los líderes religiosos se involucraron de manera fuerte, incluso en la misma ceremonia de posesión. En el acto hubo un espacio de “invocación y alabanza” con representantes de distintas confesiones. El rabino David Michaan dijo: “Señor presidente, que el Eterno le conceda la sabiduría, la fortaleza y la humildad”. El pastor evangélico Eduardo Cañas Estrada pidió protección para las Fuerzas Militares. Monseñor Francisco Múnera transmitió deseos de “bienestar y bendiciones” y un mensaje de “unidad para toda la nación”.
El propio presidente De la Espriella reforzó ese tono. En su discurso de posesión agradeció a Jesucristo por “bendecir a Colombia” y previamente había afirmado que pondrá a Dios “en el centro de cada decisión”.
Los líderes religiosos que creen que pueden decidir el rumbo político de un país ya no corresponden a este tiempo, al menos esto es lo que yo creía. La Constitución de Colombia establece un Estado laico. La fe es algo personal y respetable. Usarla como herramienta electoral o en actos oficiales es un retroceso. La separación entre Iglesia y Estado es una conquista democrática que protege a creyentes y no creyentes por igual.
Hoy comienza un gobierno que habla de valores tradicionales mientras prepara políticas de mano dura, con la mitad del país en desacuerdo.
Ante este panorama, la oposición y la sociedad civil colombiana no pueden quedarse en el lamento de la derrota. La resistencia frente a este retroceso no es una disputa de izquierdas o derechas, sino un deber ciudadano para exigir que las leyes se basen en la Constitución y no en dogmas de fe.
Colombia no merecía un resultado tan ajustado. Tampoco merecía que se mezclara otra vez la religión con el poder político. La lucha por un Estado verdaderamente laico continúa. Abrazo revolucionario digital.
X: @CPJannyBarrera





