Hace unos días, la diputada capitalina Rebeca Peralta publicó un video sobre una entrega de aparatos funcionales en el Centro Femenil de Reinserción Social de Tepepan. Entre decenas de internas, dos rostros resultaban imposibles de ignorar: Juana Barraza, “La Mataviejitas”, y Sara Aldrete, “La Narcosatánica”. Ambas aparecen envejecidas, con dificultades de movilidad y recibiendo una silla de ruedas. La imagen produce una sensación extraña porque obliga a mirar de nuevo a dos mujeres que la memoria colectiva había dejado congeladas desde hace décadas en el peor momento de sus vidas.
No se trata de olvidar lo que hicieron o aquello por lo que fueron condenadas. En el caso de Juana Barraza, la evidencia de sus crímenes es abrumadora y no hay necesidad de relativizarla para reconocer algo mucho más elemental: las personas no dejan de ser personas por ingresar a prisión. Siguen enfermando, envejeciendo, sintiendo dolor, extrañando a sus familias y necesitando ayuda. La cárcel implica perder la libertad; no tendría por qué implicar perder la condición humana.
Quizá por eso resulta tan poderosa la imagen de Barraza en una silla de ruedas. Durante años fue un personaje de nota roja, casi una figura de pesadilla, pero el tiempo continuó avanzando aunque el imaginario público la hubiera dejado detenida para siempre en sus crímenes. Hoy ya no vemos a la mujer fuerte que aparecía esposada ante las cámaras, sino a una adulta mayor con problemas para desplazarse. Eso no modifica su responsabilidad. Sí modifica, inevitablemente, la manera en que nuestros ojos la miran.
Con Sara Aldrete la escena añade una inquietud distinta. Después de más de 37 años del caso de los llamados “Narcosatánicos”, al revisar con calma lo ocurrido aparecen zonas mucho menos claras de lo que sugirió la cobertura periodística de 1989. Aldrete perteneció al círculo de Adolfo de Jesús Constanzo, participó en rituales y ha reconocido responsabilidades propias dentro de aquel ambiente. Pero otra cosa muy distinta es afirmar que participó directamente en los sacrificios humanos que la convirtieron para siempre, ante millones de mexicanos, en “La Narcosatánica”.
Desde los primeros días de su detención negó haber cometido los homicidios y denunció haber sido torturada. Con los años aparecieron dudas sobre parte de las pruebas empleadas en su contra, algunos cargos fueron considerados insuficientemente sustentados y periodistas que revisaron su proceso encontraron una distancia incómoda entre la contundencia con la que fue presentada ante la opinión pública y la claridad de la evidencia disponible. Nada de esto permite declararla inocente. Sí permite, después de casi cuatro décadas, formular una pregunta bastante menos espectacular pero mucho más seria: ¿sabemos realmente qué hizo Sara Aldrete y qué parte de su historia terminó siendo construida por el horror mediático de aquellos años?
Por eso me llamó especialmente la atención que Rebeca Peralta decidiera mostrar precisamente a estas dos mujeres de manera abierta e identificable. La diputada tiene desde hace tiempo trabajo con personas privadas de la libertad y conoce a Aldrete por sus visitas a Tepepan. Tal vez la decisión fue simplemente mostrar a quienes recibieron los apoyos; tal vez su equipo sabía perfectamente el impacto que provocarían esos rostros. Busqué a la diputada para preguntárselo y, al momento de escribir estas líneas, no había recibido respuesta.
Días después, su equipo de comunicación respondió al correo y señaló que consultaría el tema con la diputada. Reiteré entonces la solicitud de una breve entrevista para poder incorporar directamente su visión a este texto, pero hasta el cierre de la columna ya no recibí una respuesta adicional.
En cualquier caso, el video terminó haciendo algo quizá más interesante que aquello que originalmente pretendía comunicar. Nos devolvió durante unos segundos a Juana Barraza y a Sara Aldrete no como titulares de periódico, sino como dos mujeres que han envejecido detrás de una reja. Una de ellas condenada por crímenes cuya brutalidad difícilmente admite discusión; la otra cargando además con dudas que todavía merecen ser revisadas. En ambos casos hay algo que permanece por debajo del expediente, del apodo y de la condena: una persona.
Y quizá esa sea la parte más incómoda. Reconocer humanidad no equivale a perdonar, absolver ni justificar. Simplemente significa aceptar que incluso quien cometió algo terrible sigue teniendo un cuerpo que envejece, derechos que deben respetarse y una historia que merece ser contada con la mayor precisión posible. A veces una silla de ruedas basta para recordárnoslo.
X: @Renegado_L




