Hay dos hombres en México que han decidido, por nosotros, que ya era hora de que alguien dijera las cosas “le incomode a quien incomode”. Se llaman Leonardo y Nacho, tienen un podcast, cierran cada mensaje con un “Viva Cristo Rey” y, a juzgar por los veintiséis mil corazones que reunió su último video, hablan en nombre de un México que llevaba siglos esperando a alguien tan valiente. El valor, en su versión, empezó con un video donde explicaron que “un grupo de judíos atenta contra la soberanía nacional”, y terminó —cuando los corrigieron— con un reel titulado “¿Mexicanos vs. judíos?” rematado por su muletilla de cabecera: “¿Qué raro, no?”.
Sí. Raro sí es.
De qué hablamos cuando ellos no saben de qué hablan
El detonante no fue un misterio: un proyecto de comunidad judía ortodoxa, un “espacio de vida” donde un grupo observante quería vivir junto, según su ley, como ha vivido en todas partes desde hace siglos. De ahí saltaron Leonardo y Nacho a la “soberanía nacional”. Un fraccionamiento se volvió una amenaza a la patria. Adina Chelminsky les respondió —su frase, textual: “En respuesta al video de @leoynachopodcast en donde hablan sobre cómo un grupo de judíos atenta en contra de la soberanía nacional”— y por contestarles se ganó un segundo video, esta vez con su nombre, y el consejo de que “no se tome todo personal”.
Hay un detalle que ellos mismos confesaron en ese segundo video: “nada en contra tuya, no te conocía”. Y en esa frase dijeron, sin querer, toda la verdad. No conocían a Adina —igual que no conocían a la comunidad sobre la que ya habían dictado sentencia. El mismo hueco en los dos casos: señalaron a una persona sin saber quién era, y a un pueblo sin tomarse la molestia de entenderlo. Montaron una tesis sobre el lugar de los judíos en México, la titularon como una rivalidad nacional y la difundieron a casi trescientos mil seguidores, sin conocer ni a quien acusaban ni aquello que acusaban. Es una forma curiosa de “decir las cosas”. Uno las diría después de averiguarlas. Ellos prefirieron el orden inverso.
Lo que sí es cierto
Concedamos algo, porque la honestidad obliga. Las comunidades judías ortodoxas son insulares. Lo son por naturaleza, por diseño, por una idea del mundo que yo no comparto y que no me incomoda no compartir. Se casan entre ellos, comen entre ellos, rezan entre ellos, y sí: prefieren vivir entre ellos. Un “espacio de vida” no es un complot; es la forma más vieja y más aburrida de la vida ortodoxa.
Y ahí se les cae toda la película.
Porque a la mesa de esa comunidad no me sientan a mí —judío, secular, mexicano, con apellido que lo prueba— con más facilidad que a un católico de Jalisco. La frontera que levantan no está hecha de nacionalidad. Está hecha de observancia. El ortodoxo que no se mezcla no excluye “al mexicano”: excluye a quien no es ortodoxo. Que seas o no mexicano le da exactamente igual; lo único que mira es si cumples la ley que él cumple. A un judío laico lo deja fuera con la misma cortesía con que deja fuera a cualquiera.
Esos judíos pueden ser mexicanos o no serlo. No se excluye al mexicano: se excluye al que no es judío ortodoxo. Llamar a eso “judíos contra mexicanos” no es un análisis incómodo. Es un error de información disfrazado de coraje. Confundieron una frontera religiosa con una frontera patria y, sobre esa confusión, levantaron un agravio nacional. El dato verdadero —la insularidad— estaba ahí para tomarse. Solo había que entenderlo antes de subir el video.
La palabra que tanto les estorba
Leonardo dijo, y dos mil seiscientas personas lo aplaudieron, que “la palabra antisemita se ha vuelto una manera de silenciar personas”. Conviene nombrar la jugada sin ironía, porque algunas cosas no se prestan a la ironía.
Declarar por adelantado que “antisemita” es un truco para callar gente cumple una función muy precisa: vacuna al prejuicio contra su propio nombre. Así, cuando alguien lo señala, el señalamiento ya viene desacreditado de fábrica —“ahí están otra vez, silenciándonos”. Es elegante. También es el manual de toda la vida.
Y para que no quede duda: un prejuicio construido sobre la ignorancia confesa de un pueblo, que convierte una sinagoga con jardín en un atentado a la soberanía, difundido a cientos de miles y blindado contra la única palabra que lo describe, tiene un nombre. El que ellos pidieron que no usáramos. No hace falta gritarlo. Basta con escuchar lo que dijeron.
Adina no se hizo la víctima. Adina nombró una cosa por su nombre, que es lo contrario de victimizarse. Que nombrar incomode no la vuelve falsa; casi siempre la confirma.
No es personal
Tienen razón en una cosa, y conviene reconocérsela: esto no debería tomarse personal. No lo es. La intolerancia no es un pleito privado entre Adina y dos muchachos con micrófono; es condenable en lo concreto —el judío al que se señala con nombre y apellido— y en lo abstracto —la idea de que hay un pueblo que sobra en su propio país. Que se sienta personal es lo de menos. Lo grave es lo otro.
Y ya que cierran cada video con un “Viva Cristo Rey”, vale recordar que hasta Cristo Rey lo dijo mejor: amar al prójimo, al de junto y al distinto, sin pedirle primero credencial de creencias ni acta de nacimiento. No hay que ser devoto para medir la distancia entre esa enseñanza y un reel titulado “¿Mexicanos vs Judíos?”.
Lo que queda en el aire
No tengo nada personal contra Leonardo ni contra Nacho, igual que ellos no tenían nada personal contra Adina. La diferencia es que yo sí me tomé la molestia de escucharlos antes de escribir.
No la conocían. No conocían a la comunidad de la que hablaban. No sabían dónde termina una religión y dónde empieza una patria.
* * *
Columna de opinión. Las frases atribuidas a @leoynachopodcast, @leonardoffalcon y @adinachel corresponden a publicaciones públicas en Instagram (junio de 2026). Las cifras de interacción son las registradas al momento de la consulta y varían con el tiempo.



