La escena frente al Palacio de Cristal del Municipio de Monterrey no fue ni casual ni exagerada, fue simplemente una obvia consecuencia directa de una administración que lejos de resolver los problemas de la gente ha provocado rechazo y desconfianza. Vecinas y vecinos de Monterrey salieron a protestar no sólo por el aumento al predial, que de por sí es un robo, sino por la forma en que se hizo. Sin aviso, sin explicación y, sobre todo, sin empatía. No fue una protesta partidista ni ideológica. Fue una reacción ciudadana básica ante una decisión que golpeó directo al bolsillo y a la tranquilidad de miles de familias.
El año arrancó con un cobro que muchos sintieron como un robo. Incrementos de entre 24 y hasta 40% en colonias residenciales aplicados de golpe. Así nació el “predialázo” como lo señalamos en la columna anterior. Y al paso de los días es evidente que, no fue una tormenta perfecta ni una herencia inevitable, fue una decisión política tomada después de que la bancada del PRIAN no lograra imponer un Presupuesto 2026 a modo desde el Congreso Local. Perdieron la partida arriba y decidieron cobrarse con el bolsillo de los ciudadanos.
Y no dejamos de señalar la ironía y el cinismo con la que hace apenas unos meses, la gente del PRIAN hablaba de “responsabilidad financiera”, de no cargarle la mano a la gente, y de cuidar al contribuyente. Hoy ese discurso quedó archivado. Cuando no pudieron controlar el presupuesto estatal, recurrieron a lo que mejor saben hacer estos angelitos, vivir a costa de la gente.
La protesta frente al Palacio Municipal no fue masiva, pero sí profundamente simbólica tomando en cuenta la pluralidad de los manifestantes. Bastaron unas decenas de personas con pancartas para dejar claro que el enojo es transversal. “Menos impuestos, más soluciones”, decían las lonas. Curioso que el lema del alcalde sea precisamente que “soluciona”. La gente no pedía favores, pedía lógica. No reclamaban ideologías, reclamaban resultados. El problema no fue sólo el porcentaje del aumento, sino el desprecio y desdén con el que se ejecutó la medida.
Digámoslo con claridad, este aumento fue una salida fácil para una administración desgastada, con resultados cada vez más cuestionados y con una desconexión cada vez más evidente con la realidad cotidiana de la gente. El predial subió sin comunicación previa, sin pedagogía fiscal y sin sensibilidad social. Como si el ciudadano fuera una variable contable más. Como si el patrimonio familiar fuera una bolsa de donde se puede sacar recursos cuando la política no sale como se planeó. El mensaje implícito es brutal, si el PRIAN pierde poder, te pasará la factura.
El cinismo es doble. Primero, porque usaron el discurso de la austeridad para intentar controlar recursos desde el Congreso. Segundo, porque al no lograrlo, aplicaron el manual más viejo de la mala política exprimiendo al contribuyente cautivo, el que no puede negociar, el que sólo recibe el recibo inflado. La molestia no nació en redes ni en el Congreso. Nació en la mesa de la cocina, cuando llegó el recibo. Ahí empezó todo. Y conviene recordarlo, en política, las facturas se pagan dos veces. Primero en el bolsillo. Y luego, inevitablemente, en las urnas.
