Hay algo que empieza a ser imposible de ignorar en Miguel Hidalgo: la alcaldía se está convirtiendo en escaparate de aspiraciones políticas adelantadas.
Carteles, lonas, anuncios y rostros aparecen cada vez con mayor frecuencia en distintos puntos del territorio. Y cuando una estrategia de exposición deja de ser ocasional para convertirse en una presencia sistemática, la pregunta ya no es solamente qué se está comunicando, sino para qué y con qué intención política se está ocupando el espacio público.
En las últimas semanas, la propaganda vinculada con la oposición —y particularmente con América Rangel— se ha multiplicado en distintos puntos de Miguel Hidalgo.
Podríamos aceptar el argumento de que se trata simplemente de informar sobre actividades o comunicar resultados. Pero la política también se juzga por sus hechos: cuando una persona aparece una y otra vez, cuando su nombre y su imagen comienzan a ocupar sistemáticamente el territorio y cuando esa exposición ocurre mucho antes de que inicie formalmente un proceso electoral, resulta ingenuo pensar que todo responde únicamente a una estrategia de comunicación.
La ciudadanía no es ingenua. Y tampoco lo es el territorio
Hay una diferencia entre comunicar y construir, desde ahora, una marca electoral. Hay otra diferencia todavía más importante: el espacio público no le pertenece a ningún partido, a ningún gobierno y mucho menos a una aspiración personal.
Miguel Hidalgo no es un espectacular gigante. Sus calles, parques, mercados, camellones y espacios comunes pertenecen a quienes viven ahí. Son lugares para caminar, convivir, trabajar, jugar y encontrarse; no lienzos disponibles para que quienes aspiran a un cargo los conviertan en parte de su estrategia de posicionamiento.
Y esto también tiene una dimensión de ciudad.
La contaminación visual no aparece únicamente cuando hay basura o deterioro urbano. También existe cuando los espacios comunes terminan saturados de mensajes que buscan capturar nuestra atención a cada paso.
Una ciudad no debería tener que pagar el costo de una campaña política adelantada
Lo verdaderamente paradójico es que quienes más hablan de un supuesto “piso disparejo” son, en ocasiones, quienes parecen más interesados en construir ventaja antes de que siquiera comience la competencia.
Se quejan de las reglas mientras buscan explotar todos los espacios posibles. Denuncian desigualdades mientras multiplican su exposición. Hablan de democracia mientras convierten el territorio en una plataforma permanente de promoción política.
Y ahí está la contradicción
Porque nadie está planteando que se prohíba comunicar, informar o rendir cuentas. La libertad de expresión y la comunicación política son fundamentales en una democracia.
Lo que debemos cuestionar es otra cosa: ¿en qué momento informar deja de ser informar y comienza a ser posicionarse? ¿En qué momento un informe deja de ser rendición de cuentas y se convierte en promoción personal? ¿En qué momento la presencia territorial deja de ser trabajo y se convierte en escenografía electoral?
Son preguntas legítimas. Y la ciudadanía tiene derecho a hacerlas.
Sobre todo porque existe una diferencia entre tener presencia en el territorio y tapizar el territorio con tu presencia.
El primero se demuestra caminando las calles, escuchando a los vecinos, atendiendo problemas y regresando a las colonias. El segundo se puede comprar.
Y quizá por eso conviene recordar algo básico: un espectacular puede mostrar una cara, pero no puede fabricar resultados. Puedes llenar una alcaldía de lonas, pero no puedes llenar con ellas los baches. Puedes poner tu nombre en cada esquina, pero eso no significa que hayas escuchado a quienes viven ahí. Puedes multiplicar fotografías y mensajes, pero ninguna lona sustituye el trabajo que la gente ve —o deja de ver— todos los días.
La política debería competir por resultados, no por metros cuadrados de exposición
Y aquí hay una discusión todavía más profunda.
Durante años, algunos sectores de la oposición han construido su discurso alrededor de la defensa de las instituciones, la democracia y las reglas electorales. Pero la democracia no se defiende solamente con discursos: también se demuestra en la manera en que cada actor decide competir.
Si realmente creemos en una competencia democrática, entonces debemos estar dispuestos a jugar con las mismas reglas, respetar los tiempos y permitir que sean las propuestas y los resultados —no la saturación del espacio público— los que hablen.
Miguel Hidalgo merece una política distinta
Una política que no necesite tapizar calles para demostrar que está trabajando. Una política que entienda que el territorio no es un lienzo electoral.
Porque detrás de cada colonia hay personas, familias, comerciantes, jóvenes, adultos mayores y comunidades enteras que no viven dentro de una campaña. Viven ahí.
Y quizá por eso la pregunta de fondo no debería ser quién tiene más lonas, más espectaculares o más presencia publicitaria.
Debería ser mucho más sencilla: ¿cuándo dejamos de hacer política para la ciudadanía y comenzamos a hacer de la ciudadanía el escenario de nuestra política?
María Teresa Ealy Díaz. Diputada Federal. LXVI Legislatura
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