Angela Davis estará en la Sala Miguel Covarrubias, junto a Gina Dent y Amneris Chaparro, en el marco de la VIII Feria Internacional del Libro de las Universitarias y los Universitarios de la UNAM el próximo 26 de agosto. Que venga a México en este momento tiene algo de ironía y algo de oportunidad, porque llega a un país donde la prisión preventiva oficiosa dejó hace tiempo de ser una figura de excepción para instalarse como práctica cotidiana. Es maravillosa su presencia pues hay momentos en que pareciera que el feminismo pasó del movimiento en las calles unido a pequeñas tribus que no se entienden entre sí, aún teniendo que enfrentar las amenazas del resurgimiento ultraconservador que quiere quitarle hasta el voto a las mujeres.

Me parece un gran momento para reencontrarnos, en las islas y en donde podamos ver una retransmisión pues seguramente, el aula estará llena. Su visita nos obliga a releerla, aunque más que releerla habría que entenderla, y entenderla supone aceptar que buena parte de lo que describió a propósito de Estados Unidos tiene aquí una traducción bastante literal.

Radical, perseguida durante años y hoy una de las voces vivas más influyentes del feminismo que se piensa contra el castigo, Davis dedicó su obra a desentrañar cómo se enredan la raza, la clase y la economía en el interior de las cárceles. De ese trabajo salió una idea que conviene tener presente cuando se discute política criminal, la del complejo industrial-prisionero. Con esa expresión nombra la manera en que el sistema penitenciario creció sin medida hasta volverse un entramado de intereses económicos y políticos, comparable en su lógica al viejo complejo militar-industrial que ya denunciaba Eisenhower.

Lo que sostiene es que la prisión dejó de organizarse en torno a la promesa de rehabilitar para organizarse en torno a la promesa de rendir, no tanto para arreglar problemas de raíz así como para generar la ilusión de que la propiedad privada principalmente estará resguardada mientras que los delincuentes se encuentren recluidos.

Detrás hay una economía completa estudiada por ella. Desde los penales de gestión privada a toda la constelación de empresas que los rodean, las que subcontratan la alimentación, la salud o el transporte de las personas presas, las constructoras que ven en cada nuevo reclusorio una oportunidad, y un trabajo penitenciario que se ejerce sin sindicato ni prestaciones y que ella no duda en describir como una servidumbre actualizada. Ese aparato, lejos de resolver los problemas sociales que lo alimentan, los va reproduciendo y profundizando. La cárcel se vuelve el depósito adonde va a parar el desorden que dejaron la desindustrialización y el desempleo, y termina recibiendo a quienes el sistema considera prescindibles, la gente pobre, la que no tiene casa ni escuela, la que arrastra padecimientos mentales sin atención.

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El dinero que debería sostener la educación, la vivienda o la salud se filtra hacia el castigo, y en esa operación Davis lee algo más que ineficiencia, lee racismo, y por eso llega a decir que la prisión es el racismo hecho cuerpo.

La afirmación se entiende mejor cuando se recuerda la genealogía que ella traza entre la esclavitud y el encierro. La Decimotercera Enmienda abolió la esclavitud en Estados Unidos con una salvedad que resultó decisiva, la de quien hubiera sido condenado por un delito, y esa grieta bastó para que el castigo estatal heredara sin escándalo las estructuras de la servidumbre. Desde entonces, según su lectura, el color de la piel quedó ligado a la sospecha y la sospecha al confinamiento, de manera que la cárcel siguió haciendo, con otro lenguaje, aquello que la ley decía haber abolido. El confinamiento es justo lo que da falsa ilusión de seguridad.

Davis insiste además en que nada de esto se detiene en las fronteras estadounidenses. Le gusta citar a G4S, la mayor empresa de seguridad del planeta, que lo mismo administra prisiones que vigila los puntos de control en Palestina o gestiona centros de detención de migrantes, un solo capital que obtiene ganancias de la ocupación, del racismo y de la frontera a la vez. El modelo de la cárcel de máxima seguridad, esa arquitectura del aislamiento que en inglés llaman supermax, se ha vuelto un producto de exportación que viaja hacia lugares tan distintos como Turquía o Sudáfrica. El otro efecto menos visible que a ella le importa nombrar es el de la muerte civil, porque en muchos sitios tener antecedentes penales significa perder el derecho al voto o al empleo, y cuando eso ocurre a gran escala la democracia se empobrece por dentro, pues se define quién forma parte del cuerpo político antes incluso de abrir las urnas.

Vale la pena leer a México con esa lente. El artículo 19 de nuestra Constitución consagra la prisión preventiva oficiosa, y la reforma publicada el 31 de diciembre de 2024, en vigor desde el primer día de 2025, amplió el catálogo de delitos que la disparan, entre ellos la extorsión, las actividades ligadas al fentanilo y a otras drogas sintéticas, el contrabando y el uso de comprobantes fiscales falsos. Esa misma reforma añadió una cláusula que prohíbe cualquier interpretación capaz de modificar sus términos, una suerte de candado dirigido contra la judicatura, como si se temiera que algún juez se atreviera a matizarla. El temor no carece de motivo desde el poder, porque la Corte Interamericana de Derechos Humanos ya condenó al Estado mexicano en los casos Tzompaxtle Tecpile y García Rodríguez, donde encontró que la figura resulta incompatible con la Convención Americana. La respuesta nacional a esa condena no fue reducir su alcance sino ensancharlo. Es fuerte en el contexto del reclutamiento forzado y de los empleos del narco en contra de jóvenes prácticamente secuestrados que encarnan la cadena operativa de los crímenes que merecen esa sanción.

El eco de Davis se vuelve entonces difícil de ignorar. La prisión preventiva oficiosa castiga antes de que exista un juicio y presume la culpa allí donde el derecho mandaba presumir la inocencia, algo que Ferrajoli describiría como una inversión de la jurisdicción, una pena que se adelanta a la sentencia. Encima, desconoce las posibles situaciones de víctima que pudieran tener los que son acusados por esos delitos. Angela Davis lo formularía en otros términos, los de un dispositivo que sirve para administrar a los cuerpos que le sobran al sistema, pero ambas lecturas terminan en un mismo lugar de exclusión, el de la celda entendida como respuesta refleja a un problema que casi siempre nació muy lejos de ella.

De ahí que su propuesta radical sobre la cárcel sea abolirla. Y que a esa apuesta la llame democracia de abolición, una democracia que en vez de perfeccionar los muros levante las instituciones capaces de garantizar educación, salud y vivienda, para que el encierro deje de ser el único sitio adonde el Estado sabe llegar cuando algo falla. Su crítica alcanza de paso al neoliberalismo, al que reprocha haber disuelto las luchas colectivas en un individualismo que ella califica de insidioso, y alcanza también a esa idea cómoda del daltonismo racial, la de una ley que presume no ver el color y con ello deja que el racismo estructural siga operando sin ser nombrado.

Angela Davis ha dicho que el hecho de que haya rostros negros en los lugares del poder, un Obama o una Condoleezza Rice, no significa para ella que la maquinaria haya dejado de oprimir, porque lo que oprime son las estructuras y no las personas que las ocupan. Pasa algo similar con las mujeres. Que haya mujeres en política y cargos de poder no desmantela esa estructura gigantesca que reproduce la desigualdad y penaliza la pobreza.

Davis aterriza en un país que discute su seguridad con el vocabulario de la excepción convertida en norma, mientras se llenan penales que no rehabilitan a nadie y se vacían presupuestos que sí podrían prevenir. Su visita no viene a ofrecer consuelo ni recetas, y acaso su mayor utilidad consista en devolvernos un espacio de diálogo que resulte necesario. Si la prisión preventiva oficiosa resuelve tan poco y encierra a tantos, la conversación que ella abre en la UNAM empieza por una pregunta que es fácil de enunciar y difícil de responder, la de a quién le sirve que la figura no deje de crecer.