La presidenta Claudia Sheinbaum aseguró el fin de semana pasado, en un evento público, que AMLO y ella “son lo mismo”. No ha resultado sorpresivo, pues desde un primer momento, la presente jefa del Estado mexicano jamás ha hecho un solo señalamiento, crítica, deslinde o cuestionamientos en relación con la persona de su antecesor o con cualquier política implementada durante el sexenio pasado. En este sentido, la lealtad hacia el líder moral del movimiento ha sido impecable, o al menos, en el discurso.
Sin embargo, existen, si bien tenues, algunas diferencias. Una de ellas, y a mi juicio, la más destacada, es el acercamiento al combate contra el crimen organizado. Según se informa todos los días en la opinión pública, la estrategia federal de seguridad, de la mano de Omar Garcia Harfuch, sí que se ha distanciado del sexenio anterior. Quizás como resultado de la presión ejercida por Estados Unidos, o por un ligero viraje en la concepción de gobernanza, el gobierno de Sheinbaum ha desterrado la fallida idea de “abrazos no balazos”. A diferencia de la administración anterior, se han reportado, a través de fuentes verificables, la detención de numerosos delincuentes, amén de la destrucción de laboratorios de fentanilo y otras drogas. Otro ejemplo ha sido el arresto y encarcelamiento de Bermúdez Requena, líder de la Barredora en el estado de Tabasco.
A pesar de estos avances en materia de combate contra el narcotráfico, persisten aún grandes desafíos. Si bien es una realidad de que el gobierno ha actuado contra algunos capos menores en el escalafón de la corrupción, han optado por la inacción cuando se trata de los personajes de la política que han estado directa o indirectamente implicados en la venta y circulación de drogas, como es el caso de Adán Augusto López y la protección ofrecida a los diez políticos imputados sinaloenses imputados por el Departamento de Justicia, mediante argumentos políticos disfrazados de razonamientos jurídicos.
Fuera del ámbito de la política de seguridad, el gobierno de Sheinbaum sí que ha seguido la línea trazada por su antecesor: la demagogia, las conferencias mañaneras plagadas de medias verdades, la tergiversación de los hechos, la autoproclamación de encarnar la voz del pueblo, el asalto contra las instituciones democráticas, la destrucción de la independencia del Poder Judicial, la manipulación de la letra constitucional y de las cifras de homicidios, la utilización del poder del Estado con fines facciosos, pretender presentarse como los únicos portadores de la verdad y el acoso a personajes incómodos.
En suma, como he señalado, con excepción de la estrategia de seguridad, donde el gobierno de Sheinbaum ha virado positivamente hacia un enfrentamiento limitado contra los cárteles de la droga, el primer y segundo piso de la 4T son un mismo proyecto que, desafortunadamente, se empecina en el desmantelamiento democrático y en el control de daños en relación con los “peces gordos”; con los resultados conocidos como el estancamiento económico, el caos judicial, la tensión con Washington, la captura del INE, la falta de inversión, la violencia y la incertidumbre hacia el futuro inmediato.
