“El ahogamiento masivo de polluelos pone en riesgo de extinción a los pingüinos emperador”. Esta nota de The Guardian me ha llevado a una vieja novela de Anatole France, La isla de los pingüinos, sátira bien estructurada de la civilización y de la religión dominante en los países occidentales. Daré mi personal interpretación del significado de esta obra coincida o no con su literalidad.

La historia comienza cuando un viejo miope, San Maël, llega a una isla antártica. Su vista es pésima y confunde a los pingüinos con personas que no saben nada de la existencia de Dios, así que los evangeliza y hasta los bautiza. Dios, en su infinita sabiduría, no corrige la pendejada de San Maël, sino que, para no avergonzarlo, determina que una vez administrado el sacramento, las aves deben poseer un alma humana. Y aquí empieza la terrible tragedia.

Al hacerlos cristianos, el Señor transforma la inocencia natural de las comunidades de pingüinos en sociedades complejas dominadas por la ambición. Se les limita su libertad sexual con pudores inventados por teólogos de sexualidad enfermiza y se les obliga a pelear por una sagrada propiedad privada que las aves no conocían. Desde luego, aparece en la cristianizada Pingüililandia la corrupción política para hacer posible que los negocios florezcan.

Un párrafo de Anatole France es revelador: “El Estado cristiano —dijo San Cornelio— no está exento de serios inconvenientes para un pingüino. En él, las aves están obligadas a procurar su propia salvación. ¿Cómo podrían lograrlo? Los hábitos de las aves son, en muchos aspectos, contrarios a los mandamientos de la Iglesia, y los pingüinos no tienen razón alguna para cambiarlos”.

El bautizo de todos los pingüinos provocó una crisis en el Cielo. Los doctores de la Iglesia y los principales santos, en una mesa técnica de especialistas, analizaron qué hacer con esas aves que, a pesar del sacramento, seguían siendo animales y simplemente no iban a obedecer los Diez Mandamientos. Intervino San Cornelio con enorme preocupación porque los pingüinos, al actuar como pingüinos, violaban varias leyes cristianas. ¿Qué hacer ante el instinto nada civilizado y poco cristiano de los pingüinos bautizados? Fácil: Obligarlos a vivir bajo leyes humanas.

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Ahí se da la intervención divina que dota de espíritu humano a los pingüinos, iniciando el drama de tan bellas criaturas, hoy desgraciadamente condenadas a la extinción por el exceso de civilización y ética cristiana.

El brutal cambio ordenado por Dios lanzó a las aves al laberinto civilizatorio: un ciclo infame de ciclos económicos —auge y caída, auge y caída, auge y caída…—, donde el intelecto se utiliza para justificar la desigualdad y la destrucción del propio entorno.

Dice The Guardian: “Los niveles históricamente bajos de hielo marino en la Antártida están teniendo consecuencias nefastas para los pingüinos que aún no han desarrollado plumas impermeables”. Tristísimo ahogamiento masivo provocado por la crisis climática. La Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza ya incluye a los pingüinos emperador entre las especies en peligro de extinción. Para la década de 2080, la población actual de 595 mil adultos se reducirá a la mitad.

La alegoría de Anatole France es, en esencia, una crítica al imperialismo cultural y moral… y ambiental. Al igual que los pingüinos de la novela, las comunidades indígenas de América poseían sistemas de organización y relación con la naturaleza que funcionaban en equilibrio antes de la llegada europea. El libro Grandeza de Andrés Manuel López Obrador explica esta situación. Es la razón por la que tanto él como la presidenta Claudia Sheinbaum han exigido disculpas históricas al reino español y al Vaticano.

Nadie preguntó a los pingüinos si querían ser bautizados —a San Maël le importó pura chingada su ateísmo natural—; de la misma forma, los invasores en lo que hoy es México impusieron con la espada sus ritos, sus santos y su Dios. Sacaron de una supuesta “oscuridad” a pueblos originarios, pero estos no necesitaban la “luz europea” para desarrollarse en una lógica distinta a la de los invasores. Es una realidad que debemos admirar: mientras el “mundo civilizado” colapsa, las comunidades indígenas son las que preservan el 80% de la biodiversidad que queda en el planeta, a pesar de representar apenas una fracción de la población mundial.

La presidenta Sheinbaum ha sido enfática: el desarrollo no debe significar la eliminación de la identidad indígena. Ella es absolutamente consciente de que estas comunidades no necesitan ser rescatadas por modelos externos, ya sean religiosos o neoliberales. Si alguien respeta las culturas distintas a la occidental capitalista es Claudia.

Aunque a inversionistas nacionales y extranjeros les parezca irracional, la resistencia indígena es hoy el último dique de contención. En la sierra de Chihuahua, comunidades como las de Bosques de San Elías Repechique y organizaciones que defienden el territorio ancestral ya han levantado la voz contra el gasoducto Sierra Madre. Este tubo inmundo, nervio vital del proyecto Saguaro, pretende atravesar miles de hectáreas de bosques sin una consulta previa, libre e informada que respete la ley.

El respeto a sus tierras sagradas y a su vida comunal de los pueblos originarios es hoy de la mayor relevancia; se trata de una organización comunitaria mucho más sostenible que nuestro estilo de vida carbonizado. Sheinbaum, científica que participó en el grupo de la ONU sobre el cambio climático, ganador del Nobel de la Paz en 2007, entiende esta crisis ambiental como pocas personas en el mundo.

La exigencia de una disculpa histórica a España y al Vaticano conecta directamente con la tragedia de los pingüinos en la Antártida y con la que, tristemente, llegará para las ballenas en nuestro Acuario del Mundo si lo invaden buques tanque para que gaseras texanas vendan su energético en Asia. El proyecto Saguaro en Puerto Libertad, Sonora, apenas dejará unos pocos empleos formales mientras pone en riesgo la biodiversidad que las comunidades indígenas han preservado por siglos. Y el gran beneficio económico será para Texas, no para México.

Se sabe que un proyecto parecido a Saguaro está autorizado en Guaymas, Sonora. Por fortuna, cuatro veces más pequeño, por lo que hará menos daño. Pero ojalá se volviera a evaluar —¿sería esto mucho pedir?—. A los pingüinos se les impuso un alma humana y terminaron perdiendo su mundo y su felicidad debido al deshielo generado por la civilización. El canto de las ballenas no se volverá a escuchar si los buques tanque de 300 metros de largo invaden el Golfo de California.

A los indígenas se les impuso una civilización europea y terminaron perdiendo su soberanía y su patrimonio natural. Es imperialismo ecológico. ¿Es justo prestar nuestras montañas y desiertos para que gaseras de EEUU hagan negocio? Basta ya de que nos utilicen como basurero. El Relator Especial de la ONU, Marcos Orellana, ha sido contundente al advertir sobre la debilidad de regulaciones que permiten que seamos tratados como vertederos de desechos tóxicos.

No confío en que los dueños texanos de Saguaro vayan a proteger el también llamado Mar de Cortés. Por cierto, este proyecto texano no sería posible en las costas de California porque las comunidades locales no lo permitirían. ¿Es justo traer eso a México? Al final, será otra maquila que enriquecerá a inversionistas estadounidenses y dejará muy poco en Sonora, digan lo que digan sus promotores locales.