No puede haber mayor inmoralidad que utilizar el dolor de las madres buscadoras como un ariete para golpear en redes sociales y columnas políticas a la presidenta Claudia Sheinbaum y, de manera destacada, a su secretaria de Gobernación, Rosa Icela Rodríguez.
No es un mecanismo nuevo. Ya se utilizó antes, sobre todo durante el primer sexenio de la 4T. La guerra sucia contra el expresidente Andrés Manuel López Obrador se nutrió de muchas fuentes muy sucias, pero una de las principales fue la acusación de que los niños con cáncer carecían de medicamentos.
Como esa tragedia dejó de ser útil para la politiquería contra la izquierda mexicana, ahora el arma de ataque es la compasión —a mi juicio hipócrita— respecto de las madres buscadoras de personas desaparecidas.
Niños con cáncer o madres buscadoras: la politiquería es idéntica. Se recurre a la sensiblería y al impacto emocional para dañar la imagen de los únicos gobiernos de la historia reciente de México que han intentado tratar con elemental humanismo a los sectores más pobres de la población.
Indignarse ante las desapariciones y el sufrimiento de las madres es absolutamente legítimo. Precisamente por eso resulta doblemente indignante que la comentocracia se apropie de ese dolor para convertirlo en instrumento de ataque político contra la presidenta Claudia Sheinbaum.
Hoy Denise Dresser lo hace, a mi parecer, de la peor manera en Reforma, pero no es la única: abundan quienes recurren al mismo discurso sensiblero y fariseo.
Carece de ética transformar la tragedia de las madres buscadoras en una herramienta de desgaste político de cara a la renovación de numerosas gubernaturas y de la Cámara de Diputados y Diputadas en 2027.
El desabasto de medicamentos fue, en buena medida, consecuencia de la lucha emprendida por el expresidente López Obrador contra prácticas de corrupción en el sector farmacéutico.
Las desapariciones en México, por su parte, tienen un origen que no debe olvidarse: la fallida guerra contra el narcotráfico impulsada por Felipe Calderón y operada por quien fuera su principal responsable de seguridad, Genaro García Luna, hoy condenado en Estados Unidos por delitos relacionados con el narcotráfico.
La enorme irresponsabilidad de Calderón —quien buscó de esa manera la legitimidad de un gobierno cuestionado desde su origen— generó un efecto de bola de nieve: una de las peores espirales de violencia que ha padecido México en las últimas décadas. El alud de sangre creció de manera brutal.
Hoy, por fortuna, gracias al trabajo de la presidenta Claudia Sheinbaum, del general secretario Ricardo Trevilla y del gabinete de seguridad, ese panorama comienza a mostrar signos de mejoría, como sugieren las estadísticas de disminución de diversos delitos que presenta regularmente el secretario de Seguridad, Omar García Harfuch.
Hay momentos para todo. Con motivo de la inauguración de un evento global como el Mundial de Futbol, las manifestaciones de protesta —tanto las legítimas de las madres buscadoras como las chantajistas de la CNTE— quedaron inevitablemente relegadas, pero solo por unas horas, a un plano secundario. La atención nacional estaba puesta en la fiesta futbolera, y México merecía también un respiro colectivo.
No tiene nada de malo disfrutar cuando se debe disfrutar, trabajar cuando es hora de trabajar y sufrir cuando el sufrimiento llega. Uno de los críticos más duros de la 4T, Ciro Gómez Leyva, contó que acudió feliz al Estadio Azteca para presenciar el México-Sudáfrica. Y no hay nada reprochable en ello. Evidentemente, mientras disfrutaba del partido, no estaba concentrado en la tragedia de las desapariciones. Tal preocupación la externó después y la ligó de mala manera a lo que hizo el gobierno para que fuera exitosa la inauguración del Mundial.
Ignoro si Denise Dresser vio el partido por televisión o en el estadio; lo más probable fue que lo disfrutara como el sano entretenimiento que fue.
Lo indecente no es gozar del futbol —o del ciclismo, que personalmente me parece un deporte mucho más interesante—. Lo cuestionable es la doble moral de quienes alternan sin dificultad entre la diversión y una indignación pública que, muchas veces, parece orientada menos a la solidaridad con las víctimas que a golpear políticamente a la 4T.
No tiene nombre digno la utilización del sufrimiento ajeno, en este caso el de las madres buscadoras, para obtener réditos político-periodísticos.
La tragedia como mercancía
México no es el único país donde el luto se transforma en arma de combate político.
En España, por ejemplo, pese a que la organización terrorista ETA desapareció hace años, diversos sectores de la derecha recurren de manera sistemática a la memoria de las víctimas para desgastar al gobierno de Pedro Sánchez. No han faltado asociaciones de víctimas que han denunciado la banalización de su dolor con fines partidistas.
La degradación de quien lucra con el dolor ajeno
Entre otros pensadores, el filósofo español Reyes Mate, especialista en la memoria de las víctimas, ha condenado la apropiación del sufrimiento con fines políticos.
Mate ha advertido que las víctimas sufren un daño adicional cuando políticos, periodistas y otros líderes de opinión convierten la tragedia en un recurso para promover agendas electorales.
Cuando la comentocracia o la oposición a Morena confiscan el dolor de una madre, incurren, sin lugar a dudas, en una grave falta moral.
Hannah Arendt probablemente diría que quienes utilizan el sufrimiento de las madres buscadoras para golpear políticamente a sus adversarios intentan presentarse ante la opinión pública como personas especialmente sensibles, cuando en realidad actúan movidos por intereses ajenos a la compasión auténtica.


