A pesar de ciertas omisiones y deficiencias, Omar García Harfuch es un funcionario bien valorado por los mexicanos. Se le percibe como un hombre cercano a la presidenta Claudia Sheinbaum y goza de buena reputación, en general, entre la población. Incluso se escucha de parte de votantes que no son morenistas que sí estarían dispuestos a darle su confianza si fuese el candidato del partido oficial u otro.

Esta reputación se ha ido construyendo derivado de ciertos factores, desde su juventud y aspecto energético, hasta los continuos anuncios de detención de operadores criminales. Si bien ha sido señalado de obedecer las líneas del régimen dirigidas a no tocar a los narco políticos, otros han cargado con el costo político, quedando él, hasta hoy, bastante bien librado. Es, en resumen, un buen presidenciable.

Sin embargo, su camino hacia la candidatura no se antoja sencillo. Hace unos días, el senador Gerardo Fernández Noroña aseguró que García Harfuch no había sido aún tocado por la prensa, y que era, a diferencia de otros y él mismo, relativamente bien tratado por los medios de comunicación. Quizás no se equivoque el polémico legislador, pero sí que podría apuntar hacia un probable rechazo de la clase política morenista hacia el secretario de Seguridad.

Se recordará también que Harfuch, a pesar de ganar la “encuesta” en 2018 para la candidatura de la Ciudad de México, fue echado a un lado por un supuesto criterio de género en favor de Clara Brugada. ¿Fue esa la razón y derivó de la decisión de un poder superior? ¿O será que no se olvidan que Omar inició su carrera en tiempos del panismo? Queda abierto a la especulación.

En todo caso, los principales desafíos de Omar García Harfuch hacia una hipotética candidatura en 2023 son: el cumplimiento de sus deberes en materia de combate contra el crimen organizado, la cooperación con el gobierno de Estados Unidos en materia de combate contra el crimen transfronterizo, la salvaguarda de su credibilidad pública ante la inacción contra los narco políticos y sortear los obstáculos impuestos por los impresentables de la clase política morenista.