Más que un oxímoron, que encierra contrasentidos creativos, la paradoja del momento contradictorio que vivimos nos recluye en la mayor incertidumbre sobre la certidumbre.

En el ámbito global, ello es visible en el encuentro del desencuentro entre los líderes de las tres principales potencias impotentes del momento (Trump, XI y Putin), pues ninguna puede prevalecer sobre otra o sobre el resto (de Irán a Taiwán, Ucrania, Europa o América Latina), de los defensores y competidores del trofeo del futuro geoestratégico.

Esa imagen deja la percepción de que el forcejeo va para largo, aunque solo el líder estadounidense al parecer dejará la silla vacía antes de 2030 y su joven marca-pais-imperio, menor a las tres centurias frente a los milenios acumulados por sus retadores, tiene fecha próxima, pero no tan cercana de caducidad.

En la esfera regional, los mexicanos seguimos siendo culturalmente híbridos, por momentos de una hybris inalterable. Por una parte, nos esforzamos por recuperar con orgullo reforzado nuestra raíz ancestral mesoamericana, esperemos que no para acabar de secarla. Por la otra, a la vez somos paradojalmente norteamericanos y medio europeos con algunas gotas asiáticas en términos económicos y políticos. Somos un permanente y recurrente cruce de caminos con y sin fin.

En nuestra propia narrativa, entre revoluciones, importaciones, migraciones, trasplantes y cálculos estratégicos, al sumergirnos en nuestro largo pasado prehispánico, colonial e independiente no podemos hallar la cuadratura al círculo entre instituciones, sociedad y cultura.

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Así es que barajamos un federalismo centralizado, leyes con un número de derechos existentes pero inejercibles o sistemas de gobierno y administración legítimos pero asediados, divididos y frágiles por dentro y por fuera, salvo honrosas excepciones.

Quizás las dos mayores paradojas corresponden a lo siguiente:

Una, a que el eje de nuestra autorrealización pasa por el heteroreconocimiemto que suministra la política, solo que esta no puede cumplir sus elevadas funciones clásicas porque está plagiada y hasta desaparecida por la interacción inescapable entre lo lícito y lo ilícito.

Y, otra, que las seguridades y garantías que el pluralismo neoliberal extendió a individuos y minorías pudientes no alcanza para incluir a las mayorías en tanto que las nuevas protecciones institucionales diseñadas para estas continúan endebles atacadas por quienes no les place o conviene .

En medio de esas lógicas un tanto irracionales, hondamente contextuales, marchamos jubilosos hacia un nuevo verano del mayor espectáculo deportivo Mundial con 48 de 196 países participantes, varios en guerra, en un torneo multimillonario; una Norteamérica compartida por el negocio del futbol y dividida por el libre comercio y diversas identidades culturales; y dos procesos político-electorales otoñales, en Estados Unidos y México, que obligan a probar que la libertad, igualdad, inclusión y autenticidad de la democracia aún es posible, con organización puntual y justicia efectiva.