“Nada fija tan intensamente una cosa en la memoria como el deseo de olvidarla”.
Michel de Montaigne
“Todo lo sólido se desvanece en el aire”.
Karl Marx
No voy a escribir una columna sobre los militares que resguardan a Andrés Manuel López Obrador en Palenque.
No porque no sea importante. Sino porque, aun si lograra reconstruir toda la operación —los destacamentos, los relevos, los vehículos, los costos, las órdenes de comisión y el despliegue de seguridad alrededor del expresidente—, esa investigación probablemente viviría menos de veinticuatro horas.
El primer obstáculo ni siquiera es periodístico. Es institucional. El gobierno decidió reservar durante cinco años la información relativa al esquema de seguridad del expresidente. Sabemos que existe. La propia Sedena lo ha reconocido. Lo que no podemos saber es su dimensión. Esa información se convirtió en secreto de Estado.
Pero mientras buscaba información entendí que el problema ya no era Palenque.
Palenque es apenas un síntoma.
Durante años creímos que el principal enemigo del periodismo era la censura. Que el poder necesitaba ocultar la información para sobrevivir. Hoy el mecanismo parece ser otro. Mucho más sofisticado.
La saturación.
Toda forma clásica de censura busca impedir que una verdad llegue al público. La saturación hace algo distinto: permite que llegue, pero evita que permanezca.
Esa es la diferencia.
Hace apenas unos años un gran reportaje podía dominar la conversación nacional durante semanas. Hoy una investigación compite contra una cadena ininterrumpida de contradicciones oficiales, auditorías, filtraciones, escándalos, videos, denuncias y crisis nuevas. Cuando el ciudadano empieza a entender un caso, ya apareció el siguiente. Antes de procesar una auditoría llega un audio. Antes de comprender ese audio aparece otra investigación. Antes de exigir responsabilidades, la conversación ya cambió de tema.
Y eso no es un accidente. Es un mecanismo. La saturación no es el efecto de la impunidad. Es su principal instrumento.
No hace falta convencer a la opinión pública de que una denuncia es falsa. Basta con que otra la sustituya antes de que produzca consecuencias.
Por eso esta no es una columna sobre Palenque. Ni siquiera sobre la 4T. Es una columna sobre una nueva tecnología del obradorismo.
Un poder que ya no necesita esconder los hechos. Le basta con producir tantos que ninguno permanezca el tiempo suficiente para convertirse en exigencia pública.
El mayor éxito de la 4T quizá no haya sido ocultar la corrupción. Es, en cambio, producir tal cantidad de episodios que seguirles la pista se volvió materialmente imposible. La corrupción dejó de ser la excepción para convertirse en el ruido de fondo del régimen.
Eso explica una paradoja de nuestro tiempo. Nunca hubo tanta información disponible y, sin embargo, nunca fue tan difícil construir memoria pública.
No estamos olvidando porque ignoremos los hechos. Estamos olvidando porque llegan demasiados episodios de hechos.
La memoria colectiva siempre va varios escándalos detrás del poder. Y cuando eso ocurre, la rendición de cuentas deja de depender de la verdad y empieza a depender de la velocidad.
Esa es la innovación política más inquietante de nuestro tiempo.
No gobernar pese a los escándalos. Gobernar gracias a la rapidez con la que un escándalo reemplaza al anterior.
Por eso esta columna no pretende revelar cuántos soldados cuidan a un expresidente. Pretende advertir algo bastante más grave.
Que quizá el enemigo contemporáneo del periodismo ya no sea solo la censura. Le complementa la saturación.
Porque la censura mata una historia. La saturación mata la memoria.
Y un país que pierde la memoria deja de exigir cuentas y ¡reparación! Simplemente espera el siguiente escándalo.



