TÚ DECIDES

Hay decisiones que parecen administrativas, pero en realidad son culturales. Cambiar el nombre de un aeropuerto no es, como quisieran algunos, un simple ajuste de señalética. Es un mensaje: sobre quién merece ser recordado, sobre qué historia se conserva y cuál se “actualiza” a conveniencia. Siguiendo a mi amiga y admirada Consuelo Saizar, comparto algunas de las reflexiones que escribió al respecto.

Amado Nervo no pertenece sólo a Nayarit ni sólo a los libros: pertenece a una sensibilidad nacional. Quienes lo han leído saben que Nervo no escribió para llenar bibliotecas; escribió para acompañar conciencias. Su obra ha sido faro para generaciones que encontraron en sus versos una forma de nombrar el amor, el duelo, la fe y la esperanza.

Entonces, ¿qué se pretende cuando se discute quitarle el nombre al aeropuerto? ¿Que el prestigio se inventa con un rótulo nuevo? ¿Que el pasado estorba? ¿Que la memoria se puede reemplazar como se reemplaza un logotipo?

Nadie niega la necesidad de modernizar infraestructura o actualizar imagen institucional. Pero modernizar no es reescribir. La modernidad no exige amnesia.

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La conversación sobre este tema no debería reducirse a bandos o a consignas. Hay una dimensión cívica que se olvida con facilidad: los nombres públicos son una forma de educación. Cada vez que alguien llega, viaja o espera, ese nombre aparece en pantallas, anuncios y carteles. Y con él llega una idea: “Aquí se honra a alguien que representa valores.”

Por eso resulta tan grave —y tan torpe— pretender que el aeropuerto debe ser “neutral” o “despersonalizado”. Porque lo público nunca es neutral. Lo público siempre elige. Lo público siempre dice algo.

Y si hoy se propone eliminar el nombre de Nervo, lo que se está hacieos con lo que somos.

No hace falta enumerar nombres para entender la postura: la cultura puede sustituirse sin costo.

Pero la cultura tiene costo: el costo de perder referentes. La reacción es la misma en los sectores que trabajan con el lenguaje y la memoria.

Los poetas no aprueban borrar el nombre de quien convirtió la palabra en patrimonio emocional.

Los periodistas no aprueban que el discurso institucional se contradiga con actos de olvido cultural. Reportar y nombrar también es una responsabilidad.

Los diplomáticos no aprueban confundir soberanía cultural con desarraigo: porque representar un país implica respetar sus símbolos.

Si una acción gubernamental no logra convencer a quienes custodian la palabra —esa palabra que construye identidad—, entonces el problema no está en la sensibilidad de quienes protestan: está en la decisión misma.

Los aeropuertos son puertas de entrada, pero también puertas de salida simbólica. La gente que llega trae historias; la gente que se va se lleva impresiones. Si lo que se lleva es la idea de que los nombres se pueden retirar por capricho, el daño no es sólo a Nervo: es a la idea de que el país tiene continuidad.

Porque Nervo no es una controversia: es una tradición. Su obra ha sobrevivido porque no fue escrita para un periodo electoral, sino para la eternidad humana de quienes sienten.

Que no se discuta el homenaje, que se respete. Nayarit merece que su aeropuerto honre a alguien que lo representa con dignidad. El nombre de Amado Nervo no es propiedad de un gobierno: es herencia de un pueblo.

Por eso esta columna es una defensa y una advertencia: ningún poeta, periodista o diplomático aprueba que quiten el nombre de Amado Nervo del aeropuerto de Nayarit, porque quitarlo no es corregir un error; es abrir una herida cultural.

Y cuando se abre una herida así, no se repara con un nuevo rótulo. Se repara escuchando, respetando y entendiendo que la memoria no se elimina: se cuida.

X: @pablomieryteran