La cultura política se construyó por décadas en aquella famosa “genética priista” del dinosaurio que “todos llevamos dentro”, esa basada en el “gandallismo”, la actitud de abusar cuando se tiene la posibilidad de hacerlo.
Lo malo de aquella actitud es que así como permite que se cometan legalmente actos, aquello no les da el beneficio de la moral y de la justicia. Básicamente, ese fue el ángulo exitoso con el que López Obrador y el Movimiento de la Regeneración Nacional lograron dar al talón de Aquiles contra todo un sistema entrelazado entre poderosos que gobernaban, como diría ese movimiento, de manera “neoliberal”. Si recordamos, uno de los primeros obstáculos que le colocaron estaba en la legislación electoral y las acusaciones de fraude permitieron que los primeros legisladores de Morena pudieran llegar al Congreso y permear con reformas antigandallismo.
El problema es que con el paso y la rebeldía natural de quienes militan en la izquierda, aquello que se pensaba como un bloque monolítico se ha ido fragmentando en agrupaciones de militantes que ya no comulgan con el estilo de ejercer el poder que se va centralizando cada vez más. Sin querer, al famoso “gen priista” se apropió de un par de liderazgos que en Michoacán han aprobado una reforma electoral que complica la competitividad del “Movimiento del Sombrero”, ese que se hizo tan fuerte y conocido a nivel nacional tras el atentado contra Carlos Manzo, quien fuera presidente municipal de Uruapan.
La reforma electoral contempla que las candidaturas independientes deben llevar a cabo sus campañas de forma individual y sin coordinación con otras candidaturas del mismo tipo. Esto implica que les está vedado realizar actos conjuntos, compartir materiales de propaganda, imágenes, emblemas o plataformas, así como organizar eventos proselitistas de manera simultánea o cualquier otra práctica que suponga una actuación colectiva o una asociación de carácter político.
En esa misma línea, la norma prohíbe expresamente cualquier modalidad de campaña coordinada o alianza implícita entre candidatos independientes que pudiera generar en el electorado la impresión de que actúan como un bloque, coalición o frente común.
La dedicatoria es muy obvia y la confrontación es frontal, pues la composición del Congreso de Michoacán integrado por 40 diputados, tiene a 28 que forman parte de las fracciones parlamentarias de Morena, el Partido del Trabajo y el Partido Verde Ecologista de México. Los 12 escaños restantes se distribuyen entre representantes del PAN, el PRI, el PRD y Movimiento Ciudadano, con dos legisladores cada uno, así como dos diputados sin afiliación partidista pero sí de movimiento.
Se les acusa de “operar como partido sin serlo”, como si la política no hubiese sido diseñada desde aquella genética priista de esa manera. El asunto es que reformaron la ley para impedirles participar de una manera que declaran algo fuertísimo: Sí hay posibilidad de que el Movimiento del Sombrero les dispute varios escaños y el principal, la gubernatura.
El cambio se da en medio de que distintas encuestas reportaran la caída de la aprobación presidencial y analistas cercanas a la 4T como Viri Ríos atribuyen el cambio a los escándalos de narcotráfico y corrupción vinculados a Rocha Moya. Algunos analistas han sembrado dudas asegurando que entre los gobernadores enlistados por Estados Unidos dentro de investigaciones relacionadas al crimen se encuentran también Tamaulipas y justamente, Michoacán. Aquello, de confirmarse, explicaría totalmente esta reforma pero de otra manera, revela algo de torpeza.
No hay peor desgaste del poder que el que se genera justamente por abusar de él. Lo demostró López Obrador y la confirmación de que el pueblo no es tonto fue tan contundente, que llegó una mujer a la presidencia con histórica votación.
Morena en Michoacán debería renunciar a la tentación gandalla de la genética priista que tanto daño hizo a la cultura política, utilizando reformas electorales para contener lo que en las calles ya está creciendo. La pócima no es reprimir, pues hasta en eso, López Obrador demostró que el remedio puede funcionar en la próxima elección pero eso le dará fuerza suficiente como para crecer y que el segundo intento pueda ser hasta más contundente.
El otro asunto es que el sombrero se parece bastante al “ya sabes quién”. Es una referencia tan genérica y usual en Michoacán, que cualquiera que lo porte podría estar haciendo promoción al movimiento, o tal vez no. Eso de los emblemas implica que si un montón de sombrerudos van a un mitin político, en el que pensemos, quien habla porta sombrero, aquello puede calificarse como bloque, ser documentado y si ganara la persona portadora del sombrero, le podrían disputar la nulidad por infracciones electorales al punto de que la elección democrática termine en tribunales solo porque una de las prendas de vestir más comunes de Michoacán fue considerada un “emblema”. Ese es el nivel de absurdo.
Si Morena busca mantener la legitimidad que le dio origen al movimiento, no puede ceder a la sencillez del gandallismo. Necesita recuperar su moralidad y salir a recuperar, en las calles, el apoyo que ya tuvo una vez en las urnas. Aunque este tipo de reformas se aprueben, lo que se va minando es justamente, su credibilidad. Pareciera una triste declaración de debilidad electoral que probablemente, ni siquiera sea real. Hay días en los que de plano, para el impacto a la presidenta y su aprobación, podríamos revivir esa vieja frase: ¡No me ayude, compadre! ¿Qué necesidad tiene una de las presidentas con mayor aprobación histórica de tan desfachatada reforma?



