Hace unos días, Francia prohibió las redes sociales a menores de 15 años. Hace un tiempo, Australia había aprobado una medida similar. En México, el gobierno del estado de Querétaro prohibió el uso de teléfonos móviles en las escuelas.

En el gobierno federal, la presidenta Claudia Sheinbaum anunció un conjunto de acciones, entre ellas una consulta para encontrar propuesta que permitan disminuir el uso de teléfonos celulares y redes sociales entre niños y adolescentes.

Diversos estudios, particularmente en la Unión Europea, han dado cuenta de que el uso de teléfonos móviles y el consumo de contenidos en redes sociales resultan perjudiciales para el desarrollo intelectual y personal de los niños y adolescentes. No sería extraño que en México, en el corto o mediano plazo, se asumieran disposiciones como las aprobadas en Europa para prohibir los teléfonos móviles y otros dispositivos electrónicos y, sobre todo, limitar el uso de redes sociales a menores de edad. Con la expedición de una norma en esta materia, la conciencia e intereses políticos de partidos y gobernantes quedarán a salvo, pero la aprobación de dichas normas no será suficiente para atender esta problemática. No lo digo yo, lo dicen los resultados de acciones similares, al menos en México.

Hablemos de obesidad infantil, donde México ocupa uno de los primeros lugares. El tristemente célebre doctor Hugo López-Gatell, durante el gobierno de Andrés Manuel López Obrador, desplegó una intensa campaña para prohibir los alimentos chatarra en las escuelas. Sin duda, una propuesta noble y bien intencionada, una iniciativa que fue secundada con entusiasmo, pero hasta el momento se desconocen los resultados de dicha política pública. Siguen sin respuesta preguntas básicas: ¿Cuánto ha disminuido la obesidad en estudiantes de primaria y secundaria? ¿Cuántas horas más de actividades físicas tienen los estudiantes en las escuelas? Si ha disminuido la obesidad infantil en las escuelas, ¿cuáles son las causas? Y, si no es así, ¿por qué no se han obtenido los resultados esperados?

Cerca de donde vivo hay tres escuelas, una pública y dos privadas. Al menos desde la banqueta, la venta de alimentos chatarra continúa sin ningún cambio. Habría que ver si en las cooperativas escolares las cosas han mejorado. De ahí mi pesimismo con una prohibición de teléfonos celulares y del acceso a redes sociales para niños, niñas y adolescentes.

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El teléfono móvil y las redes sociales se han vuelto uno de los principales medios de socialización de las infancias. Prácticamente traen los programas y las aplicaciones instalados. En varias ocasiones, en restaurantes o incluso en reuniones familiares o de amigos, no es raro ver a los papás que, para distraer a los bebés o a los niños pequeños, les prestan sus teléfonos celulares para que jueguen o, más aún, compran alguna tableta para que ahí los niños pequeños, casi bebés, jueguen o se entretengan. También existe otra realidad terrible que antes solo ocurría en las ciudades, pero que ahora también puede observarse en comunidades rurales: la inseguridad les ha quitado a los niños y adolescentes los espacios públicos de socialización, para decirlo en una palabra: la calle.

Prácticamente, en estos días es imposible ver a un niño solo en las calles; no lo permite el tránsito, pero, sobre todo, la delincuencia. Ante esta cancelación del espacio público o comunitario, el niño o el adolescente pasa muchas horas frente a la televisión y las redes sociales; ahí hace su vida, la que otras generaciones hacíamos en las calles, en las fiestas o en otros espacios de convivencia.

Estas circunstancias me llevan irremediablemente a recordar mis años de niñez, cuando ibas a clases sin ningún apoyo electrónico ni aparatos; en el tiempo del recreo y, en ocasiones, después de las clases, sudabas la gota gorda en juegos con tus compañeros o en actividades físicas que te ponían tus maestros. Después, a casa, solo en compañía de tus compañeros que vivían por el rumbo. En casa, a lavarse, comer, descansar un rato y hacer la tarea. Por la tarde, a la calle, a jugar futbol, canicas, andar en bicicleta, colgar columpios en los árboles, hasta que el sol se ocultaba. Cenar, bañarse y ver alguna serie o película, no más de dos horas. Resulta que antes, cuando estábamos peor, estábamos mejor.

No soy de los que piensan que todo tiempo pasado fue mejor, pero sí creo que, para disminuir la obesidad y la enajenación de nuestros niños y adolescentes, y para trascender el populismo legislativo y político, se deben recuperar las calles y los espacios públicos. Se trata de una deuda que tenemos con las nuevas generaciones. Eso pienso yo. ¿Usted qué opina? La política es de bronce.