Hay declaraciones que no admiten matices ni excusas. Son, por donde se les mire, una provocación abierta y un desprecio frontal a la historia. Lo dicho por la presidenta de la Comunidad de Madrid, Isabel Díaz Ayuso, no es solo una opinión polémica: es una afirmación que raya en el negacionismo histórico y que, además de equivocada, resulta profundamente ofensiva para millones de personas. Sostener que en México no existía civilización antes de la llegada de los españoles no solo desconoce la evidencia, sino que revive una narrativa colonial que el mundo académico ha desmontado desde hace décadas.

Las palabras importan. Y cuando se pronuncian desde una tribuna de poder, pesan todavía más. No se trata de un comentario aislado ni de un error de interpretación; es una postura que refleja una visión ideológica que intenta justificar el pasado bajo parámetros que hoy resultan insostenibles. Porque no, no se puede hablar de “civilizar” a pueblos que ya contaban con estructuras sociales complejas, conocimientos científicos avanzados y sistemas culturales profundamente arraigados.

El problema de fondo no es solo lo que se dijo, sino lo que implica. Ese tipo de discursos no son inocentes. Alimentan una narrativa que minimiza la violencia, el sometimiento y la destrucción que acompañaron a la conquista. Pretenden reducir un proceso histórico brutal a una supuesta gesta civilizadora, ignorando deliberadamente sus consecuencias.

Frente a esa postura, contrasta —aunque sin contundencia— la declaración del rey Felipe VI, quien reconoció que durante la conquista hubo “mucho abuso”. Es una admisión que, si bien se queda corta, al menos reconoce que no se trató de un episodio glorioso sin sombras. Aun así, la distancia entre reconocer abusos y asumir responsabilidades sigue siendo amplia.

En México, este debate tiene memoria. Durante la administración del expresidente Andrés Manuel López Obrador, la solicitud de una disculpa por los agravios históricos marcó un punto de tensión con España. La negativa a ofrecerla dejó claro que el tema no está resuelto y que, cada cierto tiempo, vuelve a la superficie con nuevas aristas.

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Pero lo que ahora añade gravedad es el tono. Porque una cosa es rechazar una disculpa y otra muy distinta es descalificar de raíz a las civilizaciones prehispánicas. Lo primero puede entrar en el terreno del debate diplomático; lo segundo cruza la línea hacia la desinformación y el desprecio.

Conviene decirlo con claridad: no había vacío cultural en América antes de la llegada de los europeos. Había ciudades, conocimiento, organización política, comercio, religión, arte. Había civilización. Negarlo no es una postura alternativa, es una falsedad.

Y sin embargo, este tipo de discursos encuentran eco. En tiempos donde los nacionalismos resurgen con fuerza, la reinterpretación del pasado se convierte en herramienta política. Se reescribe la historia no para entenderla mejor, sino para acomodarla a intereses del presente. Se simplifica, se manipula y, en el peor de los casos, se distorsiona.

Lo preocupante es que esa distorsión no se queda en el ámbito interno. Tiene impacto internacional. Daña la relación entre países que, más allá de su historia compartida, mantienen vínculos estratégicos en lo económico, lo cultural y lo social. Genera irritación, alimenta resentimientos y dificulta el diálogo.

Pero tampoco se trata de responder con la misma moneda. La indignación es comprensible, pero el riesgo está en caer en una espiral de confrontación que poco aporta. La historia no se corrige con discursos incendiarios, sino con rigor, memoria y responsabilidad.

Eso implica reconocer que la conquista fue un proceso complejo, pero también profundamente violento. Que hubo imposición, despojo y destrucción. Que sus efectos no desaparecieron con el paso de los siglos, sino que dejaron huellas que aún se reflejan en desigualdades estructurales.

Negar eso no solo es un error histórico, es una falta de sensibilidad política. Porque detrás de ese pasado hay identidades, hay memoria colectiva, hay heridas que no terminan de cerrar. Y frente a eso, lo mínimo exigible es respeto.

También es cierto que exigir disculpas formales abre un debate legítimo sobre la responsabilidad histórica de los Estados actuales. No es un tema sencillo. Pero una cosa es discutir la pertinencia de una disculpa y otra muy distinta es descalificar el pasado de quienes la demandan.

Ahí está la línea que no debería cruzarse. Y que, en este caso, se cruzó sin titubeos.

La relación entre México y España es demasiado importante como para quedar atrapada en discursos de esta naturaleza. Hay intereses compartidos, proyectos comunes y una historia que, con todas sus contradicciones, también ha construido puentes. Pero esos puentes se debilitan cuando desde el poder se emiten mensajes que dividen.

Lo ocurrido debería servir como llamado de atención. No para escalar el conflicto, sino para replantear la forma en que se abordan estos temas. La historia no puede ser rehén de la política ni instrumento de confrontación.

Porque cuando se usa de esa manera, deja de ser una herramienta para entendernos y se convierte en un arma para enfrentarnos.

Y en ese terreno, nadie gana.

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