No es un empate. Es un desgaste desigual. Y cuando el desgaste deja de ser simétrico, el resultado deja de ser incierto… y empieza a inclinarse, aunque todavía nadie quiera reconocerlo. Si hubiera que poner hoy un marcador —frío, provisional, sin concesiones— la lectura es incómoda: Estados Unidos está perdiendo más de lo que avanza. No porque haya una derrota formal ni un colapso inmediato, sino por acumulación de costos: millones y millones gastados, presión sostenida sin resolución clara, desgaste político interno, ruido estratégico externo, y una narrativa que cada vez requiere más esfuerzo para sostenerse.

Mucho movimiento… para resultados que no terminan de consolidarse. En ese contexto, Donald Trump ya no aparece como conductor de un orden, sino como generador de fricción. Su lógica de saturación —más discurso, más gesto, más confrontación— funcionó mientras el sistema respondía de forma predecible; hoy dispersa más de lo que ordena. El caso del estrecho de Ormuz lo exhibe sin matices: se habló de bloqueo, se insinuó control, se proyectó interdicción como si fuera un hecho consumado, pero en la práctica el tránsito no se detuvo como se proclamó, actores clave siguieron operando sin alinearse y lo que emergió fue una supervisión difusa, sin mando claro, sin control indiscutible. Se restringe, pero no del todo; se permite, pero no abiertamente; se condiciona, pero sin reglas transparentes. Los buques iraníes enfrentan límites, sí, pero desde puertos iraníes siguen moviéndose embarcaciones de múltiples banderas. Eso no es dominio: es ambigüedad operativa, es autoridad en disputa, es —en términos más crudos— un bluff que no termina de sostenerse frente a la realidad, y cuando un bluff se expone el problema no es el momento, sino la presión posterior por validarlo.

Del otro lado, Irán no está ganando… pero está perdiendo menos, y en estos escenarios eso cuenta. Con menor exposición directa, con un uso más contenido de recursos, con una narrativa de resistencia que no necesita proclamarse como victoria, logra algo clave: no ceder sin escalar. Incluso con condiciones internas complejas que no deben ignorarse —tensiones políticas, presión social, fragilidades estructurales— consigue mantener posición. No es fortaleza absoluta; es resiliencia relativa. Pero el verdadero giro no está solo en ese eje bilateral, sino en quienes no están jugando de forma visible.

Mientras Estados Unidos e Irán tensan la cuerda, otros actores ganan sin exponerse. China y Rusia no necesitan intervenir directamente para beneficiarse del desgaste: observan, calculan, aprenden y dejan que el tiempo haga su trabajo. El simple hecho de que Estados Unidos enfrente fricción sostenida ya les reconfigura el tablero a favor; en ese contexto, los BRICS adquieren peso sin necesidad de protagonismo estridente. Europa —Alemania, Francia, Reino Unido, Italia, España— se mueve en otra lógica: no rompe, no escala, pero tampoco obedece automáticamente; calcula, espera, ajusta, y en ese cálculo cada error ajeno es una ventaja silenciosa. El resultado es incómodo de admitir: nadie está ganando… pero algunos están mejor posicionados sin haber entrado de lleno y como ejemplo está también el Papa León XIV quien de prácticamente estar ausente de cualquier causa importante se ha colocado en la palestra y recibiendo bastante apoyo al grado de ser ya un actor con voz fuerte a pesar de haber estado casi mudo antes de este enfrentamiento al que lo llevó Trump.

Y en paralelo hay un frente que no se puede seguir desplazando: lo interno. Mientras el conflicto externo ocupa la escena, el elefante sigue en la sala —o más bien, la manada—: migración, presión social, tensiones institucionales, desgaste político, incertidumbre económica, percepción de desorden. Nada de eso desapareció; se está acumulando, está engordando. Ese crecimiento ya tiene efectos: el repudio interno no estalla, pero crece; se vuelve más complejo, más estructural, más difícil de contener. No es una ruptura inmediata, pero sí una erosión constante, y en ese contexto Trump empieza a consolidarse como el presidente más polémico de los últimos tiempos, no sólo por su estilo, sino por el volumen de conflictos que lo rodean, y eso, lejos de fortalecerlo, lo expone. Porque el poder que se desgasta afuera mientras acumula presión adentro no se fortalece: se tensa, y la tensión prolongada termina cobrando factura. Aun así, el sistema no corrige: no hay relevo claro; hay figuras, hay voces, hay descontento, pero falta alineación, falta decisión, falta riesgo; falta que alguien ordene lo disperso, y mientras eso no ocurra el modelo se sostiene, no por fortaleza, sino por ausencia de reemplazo.

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Mientras tanto, el mundo aprende: se aprende que se puede desafiar sin pagar de inmediato, que se puede resistir sin ceder, que la respuesta no siempre llega, y ese aprendizaje es el cambio más profundo del momento. Pero también tiene un límite, porque ningún sistema puede sostener indefinidamente un equilibrio basado en desgaste, ambigüedad y simulación, y en algún punto incluso quienes han empujado la tensión tendrán que buscar una salida. Más allá de la retórica, todo apunta a que el propio equipo de Trump tendrá que construir una vía de salida, no necesariamente reconociendo errores, pero sí reconfigurando el relato para no aparecer derrotado; y eso no será sencillo, sobre todo con figuras de línea dura —como JD Vance— empujando en sentido contrario. Pero incluso en esos entornos hay una regla que termina imponiéndose: cuando el costo crece más rápido que el beneficio, hay que ajustar; el problema es que a veces el ajuste llega tarde.

Por eso el marcador actual no es final, es apenas un corte, un momento donde el desgaste ya es visible pero la resolución aún no aparece. Es una zona gris, y las zonas grises no duran: se inclinan, y cuando lo hacen, lo hacen rápido. Porque en estos conflictos no gana quien golpea primero, gana quien resiste más tiempo sin quebrarse, y pierde quien se desgasta creyendo que todavía está ganando. Porque el verdadero momento de quiebre no es cuando el poder cae, es cuando deja de imponerse y empieza a justificarse… y cuando el poder tiene que explicarse demasiado, ya empezó a perder, y eso es más claro cuando se trata de un tirano que sigue pensando que es igual o más que el Dios más venerado.