En México, a las mujeres en el poder no se les evalúa. Se les examina y se les castiga.

No importa cuánto se invierta, cuántas obras se ejecuten o cuántos resultados se entreguen. Si quien gobierna es mujer, el estándar no solo cambia, se endurece, se politiza y se vuelve profundamente injusto.

Ahí están los casos de nuestra presidenta Claudia Sheinbaum y nuestra jefa de gobierno Clara Brugada.

Hoy, la Ciudad de México atraviesa uno de los procesos de transformación urbana más grandes de su historia reciente rumbo al Mundial 2026. Miles de millones de pesos destinados a movilidad, espacio público, seguridad e infraestructura.

No es discurso. Son obras concretas, medibles y visibles.

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Eso, en cualquier otro momento político, tendría un nombre claro: proyecto de ciudad.

Pero hoy no.

Hoy se le llama improvisación. Se le llama insuficiencia. Se le llama duda.

¿Por qué? Porque no están dispuestos a reconocer algo que les incomoda profundamente: que hay mujeres gobernando… y gobernando con resultados.

La crítica ya no está centrada en los datos. Está centrada en quién los ejecuta.

Y eso no es oposición política. Eso es sesgo.

Porque si hacemos el ejercicio mínimo de memoria, cuando los hombres gobernaban esta ciudad —cuando existía la figura del Jefe del Departamento del Distrito Federal— las obras en proceso eran sinónimo de avance. Nadie exigía perfección inmediata. Nadie convertía cada retraso en una prueba de incapacidad estructural.

Había margen. Había narrativa. Había legitimidad automática.

Hoy no. Hoy hay sospecha permanente, cuestionamiento sistemático y desconfianza selectiva.

A una mujer no se le concede el proceso. Se le exige el resultado final desde el primer día.

Se le mide con una vara que no es técnica. Es cultural.

Y en el fondo, profundamente misógina.

Porque no, no es el tráfico. No es la obra. No es el bache.

Es el poder.

Es que haya mujeres tomando decisiones de gran escala. Manejando presupuestos históricos. Transformando la ciudad.

Eso es lo que incomoda.

Y mientras tanto, la realidad avanza —aunque algunos se nieguen a verla:

Una ciudad que se prepara para recibir millones de visitantes. Una inversión pública que no se detiene. Infraestructura que no termina en el evento, sino que transforma la vida cotidiana.

Eso no es menor. Eso es gobernar.

Pero incluso eso se intenta minimizar.

Porque en México, cuando una mujer lo hace bien, no se le reconoce. Se le exige más.

Y cuando lo hace mal, no se le cuestiona. Se le sentencia.

Ese es el doble estándar.

Uno que no empezó con Sheinbaum ni con Brugada, pero que con ellas queda completamente expuesto.

Por eso esta discusión no es sobre obras. Ni siquiera es sobre el Mundial.

Es sobre poder.

Sobre quién puede ejercerlo sin tener que pedir permiso. Y sobre quién, aunque lo ejerza con resultados, sigue siendo cuestionada como si no le perteneciera.

Porque al final, en México, el problema no es que las mujeres gobiernen mal. El problema es que hay quienes todavía no soportan verlas gobernar mejor.

María Teresa Ealy Díaz. Diputada Federal. LXVI Legislatura

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