La relación entre México y Estados Unidos ha cruzado un umbral peligroso. Ya no se trata de diferencias retóricas, de tensiones episódicas ni de la clásica fricción entre vecinos asimétricos. Los hechos de los últimos días (la llamada De la Fuente–Rubio, la conversación Claudia Sheinbaum–Donald Trump, las declaraciones de Trump calificando al T-MEC como “irrelevante”, y lo publicado por The Wall Street Journal sobre exigencias directas de Washington), configuran una sola secuencia estratégica: Estados Unidos ha decidido subordinar toda la relación bilateral al tema de seguridad y narcotráfico, y México enfrenta esa presión desde una posición de debilidad política y narrativa.
La llamada entre el canciller Juan Ramón de la Fuente y el secretario de Estado Marco Rubio fue todo menos protocolaria. El tono, el vocabulario y los énfasis marcan una ruptura: narcoterrorismo, resultados medibles, responsabilidad del Estado mexicano. Ese lenguaje no es casual. En la doctrina estadounidense, el narcoterrorismo habilita acciones excepcionales, desde sanciones extraterritoriales hasta medidas unilaterales.
La llamada fue un aviso formal: lo que sigue deja de ser diplomacia y entra en el terreno del ultimátum político.
En ese contexto ocurre la conversación entre Sheinbaum y Trump. El simple hecho de que se dé la llamada confirma el desbalance: México necesita contener la escalada; Estados Unidos no.
Sheinbaum intenta fijar límites: soberanía, rechazo a cualquier intervención; pero Trump no juega en ese registro. Para él, no es un diálogo entre pares, sino entre un Estado fuerte y otro percibido como incapaz de controlar su territorio. Cuando Trump afirma que “México no está gobernado por su presidenta, sino por los cárteles”, no busca precisión: construye legitimidad política interna para presionar, condicionar o actuar.
El error no fue llamar. El error fue llamar en desventaja, sin control del relato de seguridad, sin credenciales creíbles de combate al narco y con un partido gobernante bajo sospecha internacional.
Por otro lado, las palabras de Trump sobre la “irrelevancia” del T-MEC en una visita a la planta de Ford en Estados Unidos no deben leerse literalmente. Estados Unidos sí se beneficia del acuerdo, y su industria lo sabe. El mensaje real es otro: El comercio deja de ser un derecho adquirido y se convierte en una concesión condicionada.
La revisión de 2026 en este asunto ya no será técnica ni económica. Será política. Seguridad, migración, narcotráfico y alineamiento hemisférico pasan a ser requisitos implícitos para cualquier continuidad del acuerdo. México, con una economía profundamente integrada y dependiente del mercado estadounidense, carece de simetría de respuesta.
Aquí aparece después el elemento más explosivo. The Wall Street Journal reporta que, desde la óptica de Washington, la cooperación ya no es suficiente si no se traduce en acciones contra políticos vinculados al crimen organizado, incluidos morenistas prominentes.
No se trata necesariamente de una “lista” formal. Se trata de algo más grave: la instalación del morenismo como problema de seguridad hemisférica. En términos estratégicos, eso convierte a un partido gobernante en objeto legítimo de presión internacional.
Para Sheinbaum, el dilema es existencial:
• Si coopera plenamente, fractura a Morena y rompe con el legado de López Obrador.
• Si no coopera, arrastra al Estado mexicano a un escenario de sanciones, aislamiento o intervención indirecta.
No es una disyuntiva política. Es una trampa estratégica.
Los escenarios que ya no son hipótesis se definen bajo las siguientes preguntas y planteamientos:
¿El Mundial en México?
No hace falta una decisión formal para generar efectos reales. Basta con instalar la narrativa de inseguridad estructural para presionar a la FIFA, patrocinadores y sedes. El riesgo no es jurídico; es reputacional y político.
¿Un T-MEC que no se firme o no se renueve?
Por primera vez, este escenario es creíble. No por razones comerciales, sino por condicionalidad política.
El error de llamar a Trump en desventaja
La presidenta buscó contención y obtuvo exposición. Trump no negocia para calmar; negocia para acumular poder. La llamada consolidó el encuadre estadounidense.
El fantasma del morenismo vinculado al narco
Este es el núcleo del problema. Mientras Morena no se deslinde de figuras, prácticas y territorios capturados por el crimen, todo México cargará con esa sospecha.
México ya no discute aranceles ni migración. Discute su viabilidad como socio confiable. La administración Trump ha decidido que el eje es seguridad, y que el obstáculo es un régimen percibido como tolerante (cuando no funcional), al crimen organizado.
La llamada ocurrió. El mensaje fue recibido.
La pregunta ya no es qué quiere Trump.
La pregunta es si el gobierno mexicano está dispuesto, o siquiera es capaz, de pagar el precio de seguir como está.





