Hace 35 años, en Guadalajara, México convocó a Iberoamérica a sentarse en la misma mesa. Madrid acaba de demostrar que esa mesa sigue en pie, y que México tiene hoy la oportunidad de volver a presidirla en los hechos.

La XXX Cumbre Iberoamericana cerró el 5 de noviembre con algo que Cuenca no consiguió en 2024: una declaración firmada por los 22 países. Lo logró en un momento en el que el mundo premia el repliegue, el unilateralismo y la presión económica como herramienta de política exterior.

En ese escenario, la voz de México se escuchó con claridad. No fue la más estridente de la sala, pero sí una de las más consistentes. Y en diplomacia la consistencia es capital político.

Una tradición que no se improvisa

México no llega a Madrid como invitado. Llega con una tradición que pocas cancillerías del mundo pueden presumir.

Entre 1940 y 1942, desde el consulado en Marsella, Gilberto Bosques firmó visas que salvaron a decenas de miles de republicanos españoles, judíos y perseguidos por el fascismo. Lo hizo sin aspavientos y con una convicción: la dignidad humana no es negociable. Antes, en 1939, el presidente Lázaro Cárdenas había abierto las puertas del país al exilio español, que enriqueció nuestras universidades, nuestra ciencia y nuestra cultura.

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Esa línea continúa con la Doctrina Estrada, con el Tratado de Tlatelolco, que le valió el Nobel de la Paz a Alfonso García Robles, y con el Grupo Contadora. Su sello es siempre el mismo: México construye consensos donde otros levantan muros.

Lo que dejó Madrid

Veintidós países, diez jefes de Estado y de Gobierno, una declaración de 20 puntos y cinco instrumentos nuevos: la Alianza Iberoamericana de Inteligencia Artificial, la Red de Reducción del Riesgo de Desastres, la Carta de Movilidad Académica, la Carta de Cuidados y la Estrategia de Cooperación 2027-2030.

También dejó una región partida en dos. De un lado están quienes defienden el multilateralismo y rechazan la coerción económica. Del otro, gobiernos que ponen la seguridad y el mercado en el centro. Cuatro países (Argentina, Colombia, Costa Rica y Paraguay) se desmarcaron del párrafo que rechaza la coerción entre Estados. El choque entre el presidente argentino y el anfitrión español acaparó titulares.

Y dejó ausencias que pesan. La declaración no menciona la migración, Haití ni el cambio climático, y trata la seguridad solo de forma genérica. Tampoco se sabe aún cuánto dinero tendrá el fondo para desastres ni quién integrará la alianza de IA. Esos vacíos no son una derrota: son el espacio exacto donde México puede liderar.

Una Presidenta que marca rumbo y un canciller que lo ejecuta

La presidenta Claudia Sheinbaum, la primera mujer en encabezar el Estado mexicano, ha definido una política exterior con brújula clara: soberanía, bienestar y cooperación. Su liderazgo no necesita estar en cada foto para ser determinante; se mide en la coherencia de cada posición que México sostiene en el mundo.

En Madrid, esa brújula tuvo un intérprete a la altura. El canciller Roberto Velasco Álvarez pertenece a una nueva generación de diplomáticos mexicanos: técnicamente impecable, formado en derecho y políticas públicas, curtido en la relación con América del Norte y con la serenidad de quien sabe que la diplomacia se gana con argumentos, no con estridencias.

Su discurso en el plenario se sostuvo en tres convicciones: cuidar a nuestra gente, abrir oportunidades a la juventud y enfrentar juntos lo que ningún país puede resolver solo. Definió la doctrina mexicana de seguridad en cuatro preceptos: respeto a la soberanía, responsabilidad compartida y diferenciada, confianza mutua y cooperación sin subordinación. Reiteró, sin titubeos, el rechazo histórico de México al embargo contra Cuba.

Y con una sola frase cerró un capítulo de tensión con España: al valorar el reconocimiento del rey Felipe VI sobre los abusos de la Conquista y evocar el exilio de 1939, resumió: “La hospitalidad de ayer es la amistad de hoy”. Es diplomacia de altura: firme en los principios, generosa en el tono.

Terminó con una invitación que vale la pena tomar al pie de la letra: “Cuenten con México para construir juntos el futuro de Iberoamérica”.

Siete oportunidades para que México lidere

El buen discurso abre la puerta; la iniciativa concreta la cruza. Portugal ofreció duplicar su aportación a la SEGIB, República Dominicana se propuso como sede de un centro de IA y Bolivia llevó una agenda minera. México tiene con qué superarlos.

  1. Ser el puente que la región no tiene. Chile y Costa Rica hablaron de crimen organizado; México tiene la doctrina para unirlos. Una agenda iberoamericana contra el tráfico de armas y el lavado de dinero convoca a gobiernos de signo opuesto sin pedirle a nadie que renuncie a su identidad.
  2. Poner la migración en la mesa. Es la gran ausencia de Madrid y México es el país que mejor la conoce: origen, tránsito y destino. Con Honduras en la presidencia pro tempore rumbo a 2028, México puede impulsar un grupo de trabajo con visión de desarrollo para Mesoamérica.
  3. Liderar la Red de Desastres. Ningún país iberoamericano tiene más experiencia institucional en sismos y huracanes. Ofrecer a México como sede técnica y de capacitación le daría voz en el diseño del fondo, que hoy no tiene monto definido.
  4. Anclar la Alianza de IA en México. La membresía y el presupuesto siguen abiertos. Quien entra primero diseña las reglas. México puede proponer un nodo propio o asociarse con el centro dominicano.
  5. Convertir la reconciliación con España en inversión. El momento político es inmejorable. Conviene traducirlo en una agenda con sectores prioritarios (manufactura avanzada, energía, aeroespacial, turismo) y abrir la puerta a los estados para que la ejecuten.
  6. Movilidad académica para la juventud. Las universidades públicas y estatales pueden conectarse de inmediato a la nueva Carta. Es una victoria tangible que conecta directamente con la convicción de abrir oportunidades a los jóvenes.
  7. Hacer de México la capital diplomática de 2027. El canciller español anunció que México será sede de la Cumbre por la Democracia en 2027. Sumada a la oficina regional de la SEGIB en la Ciudad de México, es la plataforma ideal para presentar resultados de Madrid y fijar la agenda de 2028.

La hora de México

Gilberto Bosques no esperó a que el mundo cambiara para actuar; actuó para que el mundo cambiara. Esa es la herencia que hoy está en manos de una Presidenta con rumbo y de un canciller con oficio.

Iberoamérica salió de Madrid con instrumentos nuevos, pero sin un país que los haga caminar. México puede serlo: tiene la historia, la doctrina, el tamaño y, sobre todo, la credibilidad de quien no cambia de principios según sopla el viento.

De Guadalajara a Madrid pasaron 35 años. Que los próximos lleven la firma de México.