VENEZUELA: LA OPRESIÓN SIGUE

El cambio no se mide por quién manda. Se mide por cómo vive la gente.

Y ahí, en ese terreno, Venezuela no cambió. Se reacomodó el poder, se ajustaron las piezas, se movieron nombres, pero el fondo —el que pesa— sigue intacto. Porque el problema nunca fue solo Nicolás Maduro. Fue el sistema. Y ese sistema no cayó. Solo bajó el volumen.

Hoy, la opresión política ya no necesita exhibirse con la misma estridencia. No desapareció. Se sofisticó. La represión abierta mutó en presión selectiva, las detenciones masivas dieron paso a advertencias puntuales, el miedo dejó de ser espectáculo y se volvió método. Ya no es necesario llenar calles de fuerza: basta con que todos sepan que la fuerza sigue ahí. La opresión ya no grita. Administra. Se normaliza.

Y en la vida cotidiana, eso se siente. El venezolano sigue viviendo en modo supervivencia: trabaja más de lo que gana, resuelve más de lo que recibe, se adapta más de lo que progresa. Los ingresos no alcanzan, los servicios fallan, la incertidumbre no se fue. Nada de eso cambió. Solo dejó de ser noticia.

El exilio, por su parte, enfrenta una paradoja. Algunos pueden regresar, visitar, ver a sus familias. Pero volver es otra cosa. Porque volver implica confiar, y la confianza no se decreta, se construye. Y hoy no existe. Se puede regresar, pero no necesariamente volver, y mucho menos quedarse.

En el plano económico, el discurso habla de apertura y algo se mueve. Hay interés externo, hay capital que explora, hay sectores que se activan. Pero no hay confianza estructural: no hay reglas claras, no hay seguridad jurídica plena, no hay certeza de permanencia. Por eso lo que llega no es inversión sólida, es apuesta, es oportunidad de corto plazo, es cálculo. Llega dinero, pero no llega confianza. Y sin confianza, no hay reconstrucción.

Y ahí es donde el relato del “cambio” se empieza a desmoronar. Porque el poder puede reacomodarse sin cambiar la realidad, puede mutar sin transformarse, puede maquillarse sin corregirse. Eso es lo que hoy ocurre: menos confrontación visible, más opresión silenciosa; menos discurso incendiario, más administración del poder. Pero el ciudadano sigue igual. O peor: más acostumbrado.

Ese es el dato más peligroso. No la opresión. No la crisis. La normalización. Porque cuando una sociedad se acostumbra a sobrevivir, deja de exigir vivir. Y cuando deja de exigir, el poder ya no necesita cambiar.

Y entonces aparece la pregunta que nadie quiere responder: ¿y la democracia? Porque hablar de cambio sin hablar de elecciones libres es, simplemente, cambiar de tema. Hoy no hay garantías plenas, no hay condiciones equitativas, no hay árbitro confiable, no hay certeza institucional. Hay calendario, pero no hay credibilidad; hay proceso, pero no hay legitimidad. En ese contexto, hablar de elecciones libres no es una promesa: es una incógnita, un pendiente, en el mejor de los casos una aspiración.

Y ahí entra otro actor que pretende colocarse como garante: Donald Trump. El supuesto guardián de la democracia. El que presiona, negocia, condiciona, avala. Pero también el que calcula. Porque la prioridad no es necesariamente la democracia: es la estabilidad, es el petróleo, es el control geopolítico. Y cuando la democracia compite con intereses estratégicos, la democracia se negocia, se pospone, se condiciona… y a veces se sacrifica.

Y entonces, inevitable, surge la pregunta que durante décadas parecía retórica y hoy suena dolorosamente literal: ¿quién va a defender a los venezolanos? Como diría El Chapulín Colorado: “¿y ahora quién podrá defenderlos?” Porque los liderazgos opositores no terminan de articular una salida. Edmundo González Urrutia aparece diluido, fuera del centro real de decisión, más como símbolo que como palanca de cambio. Y figuras como María Corina Machado mantienen fuerza moral y narrativa, pero con margen operativo limitado. La oposición no desapareció, pero tampoco decide.

¿Y los organismos internacionales? Pronuncian, observan, documentan. Pero no transforman. El sistema internacional condena, pero no resuelve. ¿Y el mundo? Mira, calcula, se adapta. Porque Venezuela dejó de ser urgencia para convertirse en variable. Y cuando un país se vuelve variable, su gente deja de ser prioridad.

Por eso el problema ya no es si cayó un tirano. Es que, incluso sin él, nada cambió en lo esencial: ni la libertad, ni la economía real, ni la seguridad del ciudadano, ni la confianza del que se fue, ni la certeza de que algún día el voto decida de verdad.

El poder se movió. La vida no.

Y entonces la pregunta deja de ser política. Se vuelve inevitable: ¿de qué sirvió el cambio? Porque cuando un sistema sigue produciendo la misma realidad, no importa quién lo encabece: el resultado ya está definido.

El problema ya no es quién manda. Es cómo se manda. Y mientras eso no cambie, Venezuela no cambió.

Menos ruido. Misma realidad.

Y cuando el cambio no llega a la gente, no es cambio: es simulación.

Porque al final, la historia no se mide por discursos, se mide por resultados. Y en Venezuela, hoy, el resultado es claro: cambió el rostro, pero no el destino.

Y lo más grave: ya ni siquiera está claro quién puede cambiarlo.

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