El sábado en México no siempre es sábado. Para millones es extensión de jornada: uniforme, obra, mostrador, cocina, camión. Para otros es el segundo turno: completar la quincena con un viaje más, un pedido más, una ruta más. Por eso hablar de 40 horas no es capricho: es aliviane y es justicia. Es devolver tiempo a la vida antes de que el cuerpo cobre la factura: dos transportes, comida rápida, dolor de espalda, sueño cortado, y el sábado trabajando.

Pasó el 14 de febrero y el país se llenó de flores. Pero ese día también nació Valentín Campa. Recordarlo no es efeméride: es brújula. Para quienes venimos del movimiento de transformación, es memoria viva: lo que ha costado que el Estado se ponga del lado del pueblo. Los derechos laborales no fueron un obsequio: fueron organización, cárcel y costo pagado por los de abajo.

Ayer, en la mañanera, se dijo claro lo central: la reducción es a la semana de trabajo, con una ruta gradual hacia las 40 horas, sin tocar la jornada diaria de 8 horas. Y se adelantó lo que sigue: habrá que discutir aspectos complementarios en leyes secundarias, particularmente en la Ley Federal del Trabajo. También se puso un alto a la malinformación: que “van a ganar menos”, que “van a aumentar las horas extra” o que “habrá menos descanso”. Mentira. Vale decirlo así, sin vueltas: el ruido no es inocente cuando lo que está en juego es el tiempo del pueblo.

No es una ocurrencia aislada: se empuja en un contexto de bienestar y piso mínimo de dignidad. Ahí está la pensión universal para personas adultas mayores: cuando el Estado garantiza un mínimo, el mercado deja de tener el monopolio del miedo. Reducir jornada va en la misma dirección: que el tiempo y la salud no sean privilegio.

Si el máximo semanal baja y no se pretende desbordar la jornada diaria, la lógica es simple: más tiempo de vida. Esa es la promesa. Y la promesa se defiende con implementación: turnos claros, inspección real, registro y sanción a la simulación. Porque en derechos laborales, lo que no se cumple se vuelve letra muerta, y la letra muerta siempre la paga el más débil.

Las columnas más leídas de hoy

Y por eso importa quién acompaña y quién estorba. La presidenta lo dijo sin rodeos: hay hipocresía cuando se presume estar a favor de los derechos y a la hora de votar se opta por ausentarse. Cuando el tema es el tiempo de la gente trabajadora, aparecen las abstenciones y el “sí, pero…” de siempre. Son dos proyectos: derechos para el pueblo o privilegios para los privilegiados.

Ahora, dicho con honestidad: esto pega directo sobre todo al empleo formal. No puede haber dos Méxicos: uno con tiempo y otro sin tiempo; por eso este avance formal tiene que ir acompañado de una agenda para que el derecho alcance a la mayoría. Si queremos que el derecho al tiempo no se quede en una isla, hace falta piso de protección social, formalización sin castigo, inspección inteligente y sanción al abuso.

Entra también el trabajo en plataformas. Mucha gente lo toma por urgencia: renta y despensa. No es “moda”: es sobrevivencia. Por eso hay que decirlo sin vueltas: es trabajo, genera riqueza y merece reglas. México ya empezó a caminar al reconocer protección social; está en implementación y con debate abierto. La modernidad no puede consistir en privatizar el riesgo y socializar la ganancia.

En otros lugares, la “modernización” va por el camino contrario: salarios disfrazados de “beneficios”, pagos en especie y flexibilidad vendida como libertad. Una cosa es una prestación complementaria —vales u otros apoyos— y otra es usar “beneficios” para sustituir salario, bajar liquidez y amarrar al trabajador a lo que la empresa decida que vale como pago. Lo primero acompaña; lo segundo controla.

En otras latitudes lo venden como “flexibilidad”, pero sin topes y sin compensación obligatoria suele ser la misma historia: estirar la jornada y abaratar derechos. Ahí entra el banco de horas: jornadas larguísimas y luego la promesa de que “te compensarán” cuando convenga. Como si el trabajador negociara de tú a tú con el patrón. Como si la necesidad y la lucha de clases no existieran. Lafargue lo dijo con su provocación del derecho a la pereza. Y aquí va el martillazo: un pueblo cansado es un pueblo más gobernable.

Por eso la memoria de lucha no es adorno. El pueblo unido jamás será vencido no es grito vacío: es método. México no necesita grilla: necesita claridad, implementación y cumplimiento. Menos grilla; más vida.