Hay una imagen de los tiempos de la pandemia que difícilmente se me va a borrar de la memoria: médicos y enfermeras agotados, con las marcas de los cubrebocas en el rostro, después de jornadas interminables atendiendo a pacientes con COVID-19. Mientras millones de nosotros permanecíamos encerrados en casa, ellos estaban ahí, enfrentándose todos los días a una enfermedad de la que todavía sabíamos muy poco. Se rifaron el físico como los grandes. Y no pocos terminaron pagando con su propia vida.
Por eso, al observar las recientes protestas de trabajadores del Instituto Mexicano del Seguro Social, no puedo evitar pensar en aquellos días. Desde luego, no todos los reclamos son iguales ni todas las exigencias resultan necesariamente viables. Hay una negociación salarial, inconformidades con la representación sindical y demandas relacionadas con las condiciones de jubilación. Pero también hay algo que debería preocuparnos especialmente: las denuncias de falta de personal, sobrecarga de trabajo, insuficiencia de medicamentos y materiales, y dificultades para brindar a los pacientes la atención que merecen.
Y es ahí donde, a mi juicio, se encuentra lo más importante de este conflicto.
Porque una cosa es discutir cuánto debe aumentar un salario, asunto perfectamente legítimo por sí mismo, y otra muy distinta es escuchar a un trabajador de la salud decir que no cuenta con los elementos necesarios para hacer bien su trabajo. En el segundo caso, el problema deja de afectar exclusivamente a quien cobra una nómina y alcanza también a quienes dependemos de esos servicios.
Conviene, por supuesto, poner las cosas en perspectiva. La crisis del sistema público de salud mexicano no comenzó en 2018. Se fue formando durante décadas de rezagos, decisiones equivocadas, insuficiente inversión y problemas que se acumularon hasta volverse parte de nuestra vida cotidiana. Sería absurdo responsabilizar a los gobiernos de la Cuarta Transformación por haber creado una situación que recibieron como herencia. Como también sería absurdo suponer que semejante deterioro puede corregirse por completo en unos cuantos años.
Hay avances que deben reconocerse. El IMSS ha ampliado su plantilla laboral, contratado personal y desarrollado infraestructura. Pero reconocer esos esfuerzos tampoco significa desconocer lo que todavía falta. Según datos de la OCDE publicados en 2025, México cuenta con tres profesionales de enfermería por cada mil habitantes, frente a un promedio de 9.2 entre los países miembros de esa organización. La distancia es enorme y permite entender por qué un problema como la insuficiencia de personal no se resuelve simplemente pidiéndoles a quienes ya están trabajando que hagan un esfuerzo adicional.
Y vaya que saben hacerlo.
Durante la emergencia sanitaria lo demostraron de una manera que debería bastar para ganarse nuestro respeto por generaciones. No solamente los médicos y las enfermeras: también camilleros, laboratoristas, técnicos, personal de limpieza, ambulancieros, administrativos y tantos otros trabajadores indispensables para mantener en funcionamiento un hospital. Hubo quienes se alejaron de sus familias para no contagiarlas, quienes pasaron semanas enteras prácticamente viviendo para su trabajo y quienes tuvieron que decir adiós a compañeros que no sobrevivieron a la enfermedad.
No eran héroes de ficción, aunque entonces nos gustara llamarlos así. Eran hombres y mujeres de carne y hueso, con preocupaciones económicas, familias que mantener y una vida propia que, durante aquellos meses terribles, quedó muchas veces relegada.
Y aquí aparece una contradicción que me cuesta aceptar: ¿cómo es posible que una sociedad capaz de reconocer semejante entrega tenga todavía tantas dificultades para garantizarles condiciones dignas de trabajo?
No pretendo decir que cualquier petición deba concederse automáticamente, ni que la existencia de una causa legítima justifique métodos de protesta que perjudiquen a los pacientes. Mucho menos desconozco que hay decisiones sujetas a presupuestos, leyes y negociaciones sindicales. Pero entre aceptar sin discusión absolutamente todo lo que se exige y desestimar las inconformidades existe un espacio enorme para escuchar, dialogar y encontrar soluciones.
También convendría entender que las condiciones laborales del personal sanitario y la calidad de la atención a los pacientes no son asuntos separados. Cuando faltan enfermeras, cuando un médico debe atender a más personas de las razonablemente posibles o cuando el material disponible resulta insuficiente, las consecuencias las padecen todos. Quienes trabajan en esas condiciones y quienes llegan a una clínica buscando alivio para sus enfermedades.
Y a veces olvidamos algo elemental: detrás de un expediente clínico hay una persona que necesita atención, pero detrás de la bata también hay otra persona que necesita condiciones para poder brindársela.
No sé en qué medida podrán satisfacerse todas las demandas que hoy plantean los trabajadores inconformes del IMSS. Algunas seguramente encontrarán solución mediante el diálogo; otras requerirán recursos, cambios normativos o procesos más largos. Lo que sí tengo claro es que las denuncias sobre carencias reales no deberían perderse entre las discusiones salariales, las disputas sindicales o las consignas que suelen acompañar cualquier movilización.
Porque este problema es bastante más grande que una protesta y bastante más antiguo que un gobierno. Es una deuda histórica con nuestro sistema público de salud y, particularmente, con las personas que lo mantienen funcionando todos los días.
A mí me gustaría que no olvidáramos tan pronto lo que vivimos entre 2020 y 2022. Que recordáramos quiénes estuvieron ahí cuando un contagio podía significar una sentencia de muerte, cuando los hospitales estaban saturados y cuando el miedo nos alcanzaba a todos.
En aquellos días los llamamos héroes, les dedicamos homenajes y les agradecimos hasta el cansancio.
Hoy no están pidiendo que volvamos a aplaudirles. Están pidiendo condiciones para hacer su trabajo.
Y después de todo lo que hicieron por nosotros, lo menos que podemos ofrecerles es algo bastante más útil que un aplauso: escucharlos y tomar en serio sus demandas justas.
X: @Renegado_L





