“Uno se limita al efecto visible; el otro tiene en cuenta el efecto que se ve y los que hay que prever.”
Frédéric Bastiat, Lo que se ve y lo que no se ve
“Lo barato sale caro.”
Refrán popular
En septiembre, por primera vez en décadas, me encontré este tipo de anuncios en gasolineras que frecuento: “solo hay Premium”. Los que buscaban cargar con Magna tendrían que haber pedido un comunicado de Pemex: al parecer, esos siempre están disponibles y vienen llenos.
No afirmo que México entero se haya quedado sin combustible. Cuento lo que vi. Una experiencia individual no demuestra una crisis nacional, pero tampoco se evapora porque una oficina anuncie que todo funciona. Yo, en el mes, pasé por al menos tres estaciones de servicio. Quería gasolina. No participar en una discusión sobre si el inconveniente alcanzaba el tamaño reglamentario para existir...
El 11 de octubre, Pemex informó que inspeccionó las estaciones señaladas por reportes periodísticos y encontró producto suficiente. Qué alivio. Aunque una revisión de octubre no explica lo ocurrido en septiembre; tampoco demuestra que, antes de la visita, esas estaciones jamás hubieran tenido interrupciones. La pipa pudo llegar antes que el inspector. No hace falta una conspiración: basta un reloj.
Lo que corresponde es precisar qué faltó, dónde, durante cuánto tiempo y por qué. Un suministro restablecido es una buena noticia. Usarlo para negar que pudo fallar es un truco bastante menos admirable. Con ese método, al paciente que finalmente recibe su medicamento también se le podría explicar que nunca hubo desabasto. Total, ya lo tiene…
Y ahí está la comodidad de la palabra “normalidad”: permite hablar del sistema sin responder por quien se queda fuera. Pemex puede tener inventarios suficientes y una estación carecer de Magna. Puede haber combustible y fallar su distribución. Puede, incluso, que el establecimiento, por sus pistolas, haya decidido dejar de venderlo. Los coches no cargan con las existencias del almacén sincronizadas ni con el orgullo de la soberanía: cargan con lo que sale de la manguera.
Hay un dato que vuelve menos cómoda la negación. Según el análisis de PETROIntelligence recogido por El Financiero, al cierre de agosto, 136 estaciones del país habían dejado de comercializar Magna: 84 de marca Pemex y 52 de otras marcas. Eso no equivale a 136 estaciones sin ningún combustible ni prueba un colapso nacional. Sí obliga a preguntar por qué desapareció de su oferta precisamente la gasolina cuyo precio tanto presume el gobierno...
Alejandro Montufar, director de la consultora, planteó entre las posibles explicaciones la referencia de 24 pesos por litro. Es una hipótesis sobre rentabilidad, no una causa demostrada para todos los casos. Pero merece investigarse. Cuando el gobierno exhibe un precio como triunfo, también debe comprobar que las condiciones para vender a ese precio se sostienen. El aplauso no cubre los costos del establecimiento. ¿Me explico?
Conviene distinguir: la estrategia de la gasolina regular es un acuerdo con el sector gasolinero, acompañado de medidas fiscales; no un decreto que desde 2021 haya congelado Magna, Premium y diésel. Los precios máximos del gas LP pertenecen a otra regulación. Mezclarlo todo facilita el discurso, pero estropea el diagnóstico. Y bastante diagnóstico nos falta como para regalarles una imprecisión. Digo yo...
Ahora bien, que el acuerdo sea voluntario no convierte sus resultados en incuestionables. De hecho, todo lo contrario. La pregunta sigue siendo incómoda: ¿cuánto de ese precio favorable se sostiene mediante eficiencia, cuánto mediante ingresos fiscales que Hacienda deja de recaudar y cuánto mediante márgenes comerciales más estrechos? Cada mecanismo tiene consecuencias distintas. Ninguno funciona con tan solo invocar al pueblo de México.
Amortiguar un golpe internacional puede ser razonable. Los estímulos fiscales pueden contener alzas y aliviar a los consumidores. Lo que no es razonable es vender esa protección como si no tuviera costo. Cuando Hacienda reduce el impuesto que cobra por litro, resigna ingresos públicos. El descuento no lo paga la generosidad presidencial. Sale de una cuenta que también es nuestra.
Luego viene la otra cuenta, la que no aparece en la conferencia: si falta Magna, buscarla exige tiempo, recorridos y combustible. Si el conductor termina comprando Premium porque eso es lo disponible, paga más. El letrero puede conservar un precio muy patriótico mientras el bolsillo recibe un trato bastante menos fraternal. ¿De qué sirve presumir el ahorro por litro sin contar lo que cuesta conseguirlo?
Bastiat distinguía entre los efectos que se ven y los que deben preverse. Aquí se ve el precio anunciado; cuesta más ver la renuncia fiscal, las decisiones comerciales y las molestias del consumidor. La habilidad política consiste en colocar el primer dato bajo los reflectores y dejar los demás estacionados donde nadie pregunte. Una política puede salir muy bien en pantalla y bastante mal al intentar usarla.
Por eso me interesa menos el pleito semántico sobre si podemos pronunciar “desabasto” que la explicación de las fallas. Que no haya una crisis generalizada no vuelve aceptable cada interrupción. Y si una estación dejó de vender Magna, decir que Pemex tiene gasolina disponible tampoco resuelve el problema de quien fue a comprarla allí. La respuesta puede ser cierta y, aun así, contestar —en negativo— otra pregunta.
La soberanía energética merece una prueba más exigente que el entusiasmo de sus promotores: poder comprar el combustible con continuidad y a un costo sostenible. No basta construir, anunciar o recorrer instalaciones. La obra tiene que convertirse en servicio. Ser “dueños de Pemex” debería darnos derecho a exigir resultados, no la obligación de agradecer explicaciones incompletas.
Yo sigo esperando una explicación de lo ocurrido en septiembre. Sin exagerar mi experiencia y sin aceptar que me la borren. Porque la gasolina accesible empieza por estar disponible. Lo demás es una oferta extraordinaria: barata, nacional y, en ciertas ocasiones, imaginaria.
Giro de la Perinola
Sugiero añadir a las inspecciones una prueba revolucionaria: que el funcionario llegue como cualquier cliente, sin comitiva, sin aviso, sin montajes y pida Magna. Si no hay, que intente llenar el tanque con la tarjeta informativa. Así sabremos, por fin, cuántos kilómetros por comunicado rinde la soberanía.





