Como si no bastara con la ola estética que romantiza la vida dentro del hogar para las mujeres con colores cálidos y vajillas que combinan con las paredes dentro de espléndidos gabinetes en cocinas integrales lujosas, una mujer privilegiada toma el micrófono diciendo algo absurdo. Al día siguiente dice que había bebido alcohol.
Los espacios digitales se llenan de cuestionamientos a sus ideas, otros hablan de su vida personal. Ambos cancelan con ferocidad la legitimidad para hablar. Las ideas, tan superadas, se ajustan a la tendencia de las esposas tradicionales que promueven perder el derecho a votar para que sean los maridos quienes las representen. Un voto por familia, dicen.
Aquí es distinto. La idea era sujetar el voto a un examen sobre el funcionamiento del Estado, con la apariencia de que el mérito y la educación sería suficiente para el sufragio. Entre líneas, quienes más y mejor educación tienen podrían garantizar su participación mientras los que menor acceso han tenido a esa información, que a su vez son quienes menos tienen, no podrían votar. Todo dicho entre risas y dentro de un ambiente de superficialidad.
El cliché de los que pagan por un título, el de las mujeres que son tontas, el de las ultraderechas que son todo menos viables. El problema de las burbujas es que dentro de su forma esférica, acuosa y resbaladiza, reflejan todo aquello que se encuentra dentro como si fuera lo único existente. Se hace eco de lo indecible, normal lo innombrable y hasta posible lo absurdo. Nadie dentro de esas burbujas nota la barbaridad de lo que se ha dicho hasta que justamente, aquellas se rompen.
Entonces la realidad golpea explicando que el Partido Acción Nacional Ultraconservadora haya perdido la gran mayoría de sus militantes y continúe perdiendo su reputación, que las nuevas generaciones “porfiristas” se enteren de que en el país ya es 2026 y que han pasado revoluciones, que la barbarie una a los extremos de los que son centro, derecha o izquierda para condenar un desliz dentro de un podcast.
Todos cargando con aquello que la burbuja hubiera tocado. Dos partidos políticos. Una prestigiosa universidad. Un género. Una generación. Una profesión.
Al final del tunal generado por tantos clichés que caen como profecía autocumplida de burla, rechazo, condena general y hasta ignorancia, hay algo de misoginia. Una voz comunicó lo que la caja de resonancia guardó en su eco, pensó que toda publicidad ayuda, hasta la mala. Dos voces la alentaron a seguir, pero al final, deberíamos negarnos a condicionar la sensatez. Negarnos a las burbujas sectarias, a los salones con quince personas que prometen ser un país entero. Negarnos al eco de las ideas bobaliconas, a regalar credibilidad en redes sociales como quien se entrega con los ojos cubiertos como perlas a los cerdos. Negarnos a pensar que toda opinión es válida o correcta solo porque parece estética, aferrarnos con todas las fuerzas al poder de la comunidad, del debate, de disentir en democracia y de impedir que los tripulantes de aquellas burbujas intenten imponer su sesgo a los que están por venir al ágora. Aferrarnos a todas las posibilidades del intercambio y también a los distintos saberes, porque hay campesinos y obreros con mayor noción de lo que trata un gobierno. A ellos es a quienes deberíamos escuchar más.



