¿Servirse o servir?
Hay palabras que despiertan admiración y desconfianza al mismo tiempo. Pocas lo hacen tanto como poder. Para algunos representa la posibilidad de transformar la realidad; para otros, la antesala del abuso. Quizá ambas percepciones contengan parte de la verdad, pero ninguna alcanza a explicar por sí sola su naturaleza.
El poder no nació para dominar. Nació para ordenar, conducir y servir. Sin alguna forma de autoridad sería imposible educar a un hijo, impartir justicia, dirigir una escuela, organizar una empresa, gobernar una ciudad o conducir una nación. El problema nunca ha sido el poder; el verdadero problema comienza cuando quien lo ejerce olvida para qué le fue confiado.
Con frecuencia se afirma que el poder corrompe. Tal vez sea más exacto decir que el poder revela. La adversidad pone a prueba la fortaleza; el éxito examina la prudencia; el poder desnuda el carácter. Amplifica virtudes y defectos que ya existían. Quien entiende la autoridad como una responsabilidad suele actuar con prudencia. Quien la concibe como un privilegio termina utilizándola para satisfacer su vanidad o proteger sus intereses.
Ese examen no está reservado a los grandes personajes de la historia. Todos ejercemos alguna forma de poder. Lo hace un padre cuando educa a sus hijos; una madre cuando forma el carácter de su familia; un maestro cuando despierta —o apaga— una vocación; un médico cuando decide un tratamiento; un juez cuando interpreta la ley; un periodista cuando influye en la opinión pública; un empresario cuando genera oportunidades o las niega; un rector cuando conduce una universidad; un servidor público cuando administra recursos que pertenecen a todos.
En cada uno de esos espacios aparece la misma disyuntiva: servirse o servir.
La historia ofrece ejemplos luminosos de quienes comprendieron esa diferencia. Abraham Lincoln preservó la Unión y abolió la esclavitud en uno de los momentos más dramáticos de su país. Benito Juárez defendió la República y el Estado de derecho frente a la intervención extranjera, aunque, como ocurre con tantos líderes, también enfrentó la tentación de prolongar su permanencia en el poder. Lázaro Cárdenas ejerció una autoridad austera y cercana a la gente. John F. Kennedy invitó a sus compatriotas a preguntarse qué podían hacer por su nación antes que qué podía recibir de ella. Mahatma Gandhi demostró que la autoridad moral podía derrotar a la violencia. Nelson Mandela, después de veintisiete años de prisión, eligió la reconciliación antes que la venganza. Barack Obama entendió que el liderazgo también se ejerce escuchando, respetando las instituciones y construyendo acuerdos.
La historia también enseña el camino contrario. Desde emperadores que terminaron creyéndose dioses hasta dictadores modernos que confundieron al Estado con su patrimonio personal, el proceso suele repetirse con inquietante precisión: dejan de escuchar, sustituyen el diálogo por la obediencia, identifican la crítica con la traición, colocan la lealtad por encima del mérito y terminan convencidos de que sin ellos nada puede funcionar. Cuando eso ocurre, el poder deja de servir a la sociedad y comienza a servirse de ella.
No es una desviación exclusiva de la política. También aparece en el empresario que olvida que su empresa tiene una responsabilidad social; en el dirigente sindical que convierte la representación en patrimonio personal; en el líder religioso que pretende dominar conciencias en lugar de orientarlas; en el maestro que impone en vez de formar; en el padre que confunde autoridad con control. Cambian los escenarios, pero la tentación es siempre la misma.
La diferencia entre autoridad y dominación es profunda. La autoridad busca hacer crecer a las personas; la dominación necesita empequeñecerlas para conservar el control. La primera inspira confianza porque sirve; la segunda exige obediencia porque teme perder el poder. Una deja instituciones más fuertes que las que recibió; la otra procura que todo dependa de una sola voluntad.
Quizá por eso la pregunta decisiva no sea quién tiene el poder, sino qué decide hacer con él. Porque todo poder, por pequeño o grande que sea, termina enfrentando la misma elección: utilizarlo para beneficio propio o ponerlo al servicio de los demás.
Al final, la historia casi nunca recuerda a las personas por el poder que acumularon, sino por el uso que hicieron de él. Los cargos terminan, los gobiernos cambian, las fortunas pasan y hasta los imperios desaparecen. Lo que permanece es la huella que cada uno deja en la vida de los demás.
Tal vez ésa sea la medida más justa del poder. No la cantidad de personas que obedecen, ni los años que alguien permanece en un cargo, ni la influencia que acumula. El verdadero poder se mide por el bien que deja cuando ya no está.
Porque quien se sirve del poder acaba siendo prisionero de él.
Quien pone el poder al servicio de los demás, trasciende.
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