Vencer al egoísmo para reconstruir la comunidad

Hay palabras que describen una época y hay palabras que sostienen una civilización. La nuestra parece haber convertido al yo en el centro de casi todo. Durante décadas aprendimos a defender nuestra libertad, a construir nuestra identidad, a perseguir nuestros sueños y a buscar la realización personal. Ha sido, sin duda, una de las grandes conquistas del ser humano.

Sin embargo, mientras el “yo” se fortalecía, otra palabra comenzó a retirarse silenciosamente de nuestra vida cotidiana: el nosotros.

No desapareció de golpe. Se fue diluyendo poco a poco, casi sin advertirlo. Empezamos privilegiando el interés individual sobre el bien común; más tarde dejamos de preguntarnos qué necesitaban la familia, la comunidad o el país para concentrarnos únicamente en aquello que beneficiaba nuestros proyectos personales. Sin proponérnoslo, el éxito comenzó a medirse por lo que cada uno lograba para sí mismo y no por lo que una sociedad era capaz de construir para todos.

El amor propio, indispensable para vivir con dignidad, terminó confundiéndose con el egoísmo. Y entre ambos existe una diferencia enorme. El primero permite crecer; el segundo acaba por aislar.

Basta mirar la historia para descubrir que ninguna de las grandes conquistas de la humanidad fue obra de individuos solitarios. La ciencia, el arte, las instituciones, la democracia, los derechos humanos, el desarrollo económico o la cultura son el resultado de generaciones enteras que entendieron que había causas superiores al interés inmediato de cada persona. Toda civilización descansa sobre una convicción compartida: nadie llega verdaderamente lejos si todos los demás se quedan atrás.

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Cada uno de nosotros nació en un mundo que otros construyeron. Recibimos una lengua, una historia, un sistema jurídico, escuelas, hospitales, carreteras, conocimientos, tradiciones y valores que no surgieron espontáneamente. Fueron el fruto del esfuerzo, la inteligencia y, muchas veces, del sacrificio de millones de personas que jamás conoceremos. Ninguno empezó desde cero. Todos heredamos una obra inconclusa que ahora nos corresponde preservar, mejorar y entregar a quienes vendrán después.

Quizá por eso la diferencia entre un individuo y una persona no radique únicamente en su autonomía, sino en la capacidad de comprender que la propia existencia adquiere una dimensión distinta cuando también contribuye a mejorar la vida de los demás.

No hay contradicción entre la realización personal y el compromiso colectivo. La iniciativa, la creatividad, la competencia y el mérito han impulsado el progreso de la humanidad. Lo preocupante aparece cuando el éxito deja de reconocer que depende, en buena medida, de una comunidad que lo hizo posible. Ningún empresario prospera sin trabajadores; ningún científico avanza sin maestros; ningún artista crea sin una cultura que lo inspire; ningún gobernante puede conducir una nación sin ciudadanos.

Cuando el egoísmo deja de ser una conducta individual y se convierte en una cultura, las consecuencias empiezan a sentirse en todos los ámbitos. La confianza se debilita, la convivencia se fragmenta, la política deja de buscar el bien común para administrar intereses particulares y la solidaridad comienza a verse como una excepción en lugar de una virtud cotidiana.

Vivimos una paradoja difícil de ignorar. Nunca habíamos contado con tantos medios para comunicarnos y, sin embargo, pocas generaciones habían experimentado tanta soledad. Las redes sociales multiplicaron nuestra capacidad de exposición, pero no necesariamente nuestra capacidad de encuentro. Tenemos más seguidores que nunca, aunque no siempre más amigos; más contactos, aunque no necesariamente más comunidad.

Algo semejante ocurre con la vida pública. Con frecuencia, el debate político parece orientado a derrotar al adversario antes que a encontrar soluciones compartidas. Los partidos defienden intereses legítimos, pero muchas veces olvidan que el objetivo último de la política consiste en construir condiciones para que una sociedad pueda convivir, progresar y desarrollarse en paz.

Quizá la tarea más importante de nuestro tiempo no sea producir más riqueza, desarrollar tecnologías más sofisticadas o ganar la próxima elección. Tal vez el verdadero desafío consista en recuperar el sentido de pertenencia; comprender que la libertad necesita de la responsabilidad, que los derechos encuentran equilibrio en los deberes y que el éxito individual alcanza su mayor significado cuando también fortalece a la comunidad de la que forma parte.

Abatir el egoísmo no significa renunciar a la personalidad ni cancelar la legítima aspiración de prosperar. Significa reconocer que nadie florece plenamente en una sociedad deteriorada y que el bienestar colectivo termina siendo, también, la mejor garantía del bienestar individual.

Las grandes civilizaciones no fueron construidas por hombres extraordinarios actuando en soledad. Fueron el resultado de millones de personas capaces de compartir un propósito, una responsabilidad y una esperanza.

Quizá esa sea la revolución pendiente del siglo XXI. No una revolución tecnológica, ni económica, ni siquiera política. Una revolución silenciosa, profundamente humana, que nos permita volver a descubrir una palabra sencilla, pero imprescindible.

El nosotros

Porque el “yo” puede alcanzar el éxito, acumular riqueza o conquistar el poder. Pero solamente el nosotros tiene la capacidad de construir una sociedad más justa, más libre, más fuerte y más humana. Al final, toda vida encuentra su verdadera plenitud cuando comprende que pertenece a algo más grande que ella misma.

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