Hay declaraciones que buscan incendiar la plaza pública y otras que, por el contrario, intentan apagar el fuego antes de que alcance las paredes del poder. Ricardo Monreal Ávila pertenece, al menos en esta ocasión, al segundo grupo.

Mientras buena parte de Morena convirtió la cancelación de la visa estadounidense de Andrés Manuel López BeltránAndy, para sus adversarios y también para quienes lo conocen desde hace años— en un asunto de soberanía nacional, Monreal decidió bajar el volumen.

Y quizá ahí está lo verdaderamente interesante.

El legislador morenista sostuvo, en esencia, que “no te sataniza no tener visa” y recordó una verdad elemental: millones de mexicanos no tienen visa estadounidense. Según su argumento, lo ocurrido simplemente coloca a López Beltrán dentro de esa enorme mayoría. También señaló que Estados Unidos tiene facultades para negar o retirar visas y que puede reservarse las razones de esas decisiones.

Una postura mucho menos estridente que la de otros integrantes de la llamada Cuarta Transformación.

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Y hay que reconocerlo: Monreal fue preciso.

La cancelación de una visa no equivale jurídicamente a una condena penal. Tampoco constituye, por sí misma, una prueba de culpabilidad. Mucho menos debería utilizarse como sustituto de una investigación formal. Esa distinción es importante en un país donde la política suele convertir cualquier señal, rumor o acusación en una sentencia pública.

Pero aquí viene la parte incómoda.

Que la cancelación de una visa no sea una condena no significa que carezca de relevancia política.

Y eso también debería decirse.

La decisión estadounidense ocurre en un contexto particularmente delicado para México. No se trata de un episodio aislado: en los últimos meses han trascendido cancelaciones o restricciones de visas que involucran a distintos políticos y funcionarios mexicanos, mientras Washington ha incrementado la presión sobre figuras vinculadas —con distintos grados de evidencia y acusación— a asuntos de seguridad, corrupción y crimen organizado.

Por eso resulta simplista reducir todo a: “Andy ahora forma parte de los millones que no tienen visa”.

Políticamente, el asunto pesa más.

Y Monreal lo sabe.

Lo interesante es que el propio Ricardo Monreal ha tenido una relación política cercana con López Beltrán. En 2025 defendió públicamente al hijo del expresidente frente a los cuestionamientos de la oposición y llegó a hablar de una suerte de “violencia política vicaria”.

Además, apenas en mayo de 2026, Monreal respaldó que López Beltrán dejara la Secretaría de Organización de Morena para preparar su eventual candidatura a una diputación federal en 2027.

Es decir: no estamos hablando de un adversario político de Andy. Estamos hablando de un dirigente de Morena que ha decidido acompañarlo en distintos momentos.

Y precisamente por eso sus palabras tienen peso.

Monreal pudo haber optado por la consigna fácil. Pudo acusar a Estados Unidos de persecución, hablar de intervención extranjera, de imperialismo o de un ataque contra López Obrador.

No lo hizo.

En cambio, colocó el asunto en una dimensión más fría: una visa es un documento migratorio cuya expedición o revocación corresponde a Estados Unidos, y su pérdida no convierte automáticamente a nadie en delincuente.

Ese razonamiento, aunque incómodo para algunos sectores de Morena, es políticamente sensato.

Porque si cada cancelación de visa fuera presentada como una sentencia, entonces estaríamos sustituyendo a los tribunales por los consulados.

Y eso sería peligrosísimo.

Pero tampoco conviene caer en el extremo contrario.

Decir que la cancelación de una visa no demuestra culpabilidad no significa que la sociedad deba dejar de preguntar por qué ocurrió.

Ahí está la verdadera discusión.

Si Washington tiene información que sustenta sus decisiones, corresponde a las autoridades estadounidenses explicar hasta donde legalmente puedan hacerlo. Y si existen señalamientos concretos contra un ciudadano mexicano, corresponde a las instituciones mexicanas investigarlos con pruebas, no con consignas.

La presidenta Claudia Sheinbaum ha sostenido que México no abrirá una investigación contra López Beltrán únicamente porque Estados Unidos le haya retirado la visa y ha cuestionado el carácter político de la medida.

Eso es defendible desde el Estado de derecho.

Pero también sería saludable que el gobierno mexicano mantuviera exactamente el mismo criterio con cualquier ciudadano, independientemente de su apellido.

Porque el verdadero problema no es si Andy tiene o no tiene visa.

El problema es si en México existen instituciones capaces de investigar a cualquier persona, poderosa o no, sin necesidad de que una potencia extranjera les marque el camino.

Y aquí Monreal vuelve a tener un punto.

No tener visa no te hace culpable.

Pero tampoco debería convertirse en un asunto intocable simplemente porque el afectado sea hijo de un expresidente.

La política mexicana está entrando en una etapa donde los apellidos pesan demasiado. López Beltrán dejó de ser hace tiempo un ciudadano completamente ajeno a la política: es dirigente partidista, figura cercana al núcleo de Morena y, ahora, un potencial candidato para 2027.

Por eso cualquier decisión que lo involucre tendrá inevitablemente consecuencias políticas.

Washington lo sabe. Morena lo sabe... Y Monreal también. Tal vez por eso decidió no gritar.

Mientras unos buscan convertir la visa de Andy en una batalla contra Estados Unidos, Monreal parece entender algo elemental: las crisis políticas no siempre se resuelven levantando la voz; algunas se desactivan quitándoles oxígeno.

Pero tampoco hay que confundirse.

Una cosa es bajar la temperatura y otra cerrar los ojos.

La visa no es una sentencia.

Pero tampoco es un simple pedazo de plástico.

En política, incluso aquello que parece un trámite puede convertirse en un mensaje.

Y ahora corresponde saber cuál fue ese mensaje.

Porque si la respuesta de Morena es que no pasó nada, tendrá que explicar entonces por qué el tema provocó semejante reacción.

Y si Estados Unidos pretende que el mundo entienda que sí pasó algo, tarde o temprano tendrá que sostenerlo con algo más que una puerta cerrada.

Ahí está la verdadera historia.

Y, por ahora, Ricardo Monreal parece ser de los pocos dentro de la 4T que entendieron que este asunto no se resuelve con gritos, sino con precisión.

La política, a veces, también consiste en saber cuándo hablar.

Y, sobre todo, cuándo no incendiar más el terreno.

X: @pipemx