Refutaciones Políticas
El desmantelamiento del espejismo
Durante siglos, el pensamiento jurídico ha intentado dotar a la existencia humana de un aura de necesidad. Se ha predicado el “derecho a la vida” como una verdad absoluta, grabada en el tejido mismo de la naturaleza o dictada por una razón universal. Sin embargo, al observar el fenómeno desde la frialdad de la lógica y la escala del cosmos, esa estructura se desmorona. Lo que queda no es un derecho, sino un hecho bruto; no es una esencia, sino una invención.
La vida como hecho contingente
La vida no es un derecho; es una contingencia. Es un suceso biológico, una anomalía de la materia que ocurre en un rincón insignificante del sistema solar. En su estado puro, la vida es muda, amoral y carente de propósito. No existe en el universo una “oficina de garantías” que asegure la permanencia del ser. Un rayo, un virus o el colapso de una estrella son eventos que extinguen la vida sin violar ley alguna, simplemente operando en el plano de lo que es.
La contingencia implica que la vida puede ser o no ser. Tratarla como un “derecho” es incurrir en un error de categoría: se intenta otorgar un poder jurídico (un ius) a un proceso metabólico (un factum) que no reconoce soberanía alguna.
La vida humana: el escenario de la tragedia
Si la vida es el hecho, la “vida humana” es el constructo. Lo “humano” es una etiqueta, una categoría creada por esos mismos sujetos que, atrapados en la conciencia de su propia finitud, necesitaron inventarse un nombre para diferenciarse del silencio mineral del cosmos.
Esta invención es trágica por definición. Al inventar el conocimiento, el hombre no descubrió su grandeza, sino su pequeñez. Somos Sísifos conscientes: cargamos con la piedra de la identidad mientras observamos cómo la inmensidad nos ignora. La vida humana es la invención de los hombres, el relato que intentamos sostener frente al vacío.
La falacia del derecho natural
En este escenario, la teoría de los derechos humanos se revela como una falacia necesaria, pero fatua. La moralidad no se descubre en las estrellas ni en el ADN; se inventa, se crea y se impone como una tecnología social para sobrevivir a la propia agresividad de la especie. El concepto de “derecho natural” es una contradicción: la naturaleza no legisla, solo acontece. Los derechos humanos no son verdades preexistentes, sino acuerdos de convivencia en el vacío, sostenidos por la arrogancia de creer que nuestra voz tiene eco en el cosmos.
El derrumbe de la teoría jurídica
La conclusión es demoledora para la ciencia del derecho: la vida no puede ser un derecho porque es la condición de posibilidad de los mismos. Toda la teoría jurídica del “derecho a la vida” se derrumba por su propia base lógica. La vida humana no es algo que se posea por derecho; es el espacio inevitable en el que los humanos, una vez que existimos, nos vemos obligados a crear la moral y los derechos. Los derechos humanos no son leyes del ser, sino la inversión humana puesta sobre el hecho de la contingencia.
Al reconocer que nosotros somos los únicos autores de esta moral, nos quitamos el carácter antropocéntrico fatuo y arrogante. No somos sujetos de un derecho universal; somos inventores de una ficción protectora. El edificio jurídico no está anclado a nada; flota sobre la decisión humana de seguir llamando “derecho” a lo que es solo un deseo de permanencia frente a la inmensidad que nos borra.
X: @RubenIslas3





