Amanece el mundo con noticias sobre los efectos de la guerra contra Irán que los ataques de Israel y Estados Unidos han desatado. Espacio aéreo cerrado, viajeros varados en aeropuertos desconocidos obligados a buscar rutas carísimas para volver a Europa o al menos para salir de lugares a los que iban como turistas y redes sociales en las que se van documentando las atrocidades de la guerra con una cercanía y sensación de presencia distinta a otras guerras.
La guerra nos extrae y sacude de nuestro propio espacio de debate habitual y mirando desde México, la cercanía con Estados Unidos amenaza nuestra frágil estabilidad. La nombro como “frágil” porque a pesar de la tradición pacífica de la diplomacia mexicana así como de nuestra fortaleza simbólica, en términos de defensa armamentística no somos siquiera un país con capacidad de afrontar a totalidad los riesgos internos de la narcocriminalidad y aunque duela reconocerlo, nombrarlo como punto de partida en el análisis es importante pues ningún líder político toma buenas decisiones partiendo del optimismo adorador de sus cercanos que podría generar el espejismo de algo distinto. Existen operaciones en materia de seguridad exitosas, ciertamente y todo un esfuerzo para erradicar las células del crimen. Vivimos justo en medio de esa lucha.
Significa que nuestras fuerzas armadas concentran toda la energía, recursos y personal en una operación que a nivel geopolítico, podríamos denominar introspectiva. Difícilmente tendríamos recursos para enfrentar la presencia armada de otros países que identificaran nuestro territorio como espacio estratégico para atacar a Estados Unidos. Ese país, que sigue siendo una de las potencias nucleares con mayor influencia y poder en el mundo, el que ha iniciado las guerras y que ha insistido en la urgente intervención hacia nuestro país con pretexto de combatir al crimen, pero también con el incentivo de que nuestro México tenga un blindaje que no le amenace y una posición territorial que le permita continuar con sus afrentas.
Pensar en la guerra, al mismo tiempo, es factor de extraernos del propio curso transformador de las instituciones, dejar de pensar tanto en la reforma electoral y eliminar las posibilidades de profundizar el debate sobre los estragos que podría dejar aquella. Obligarnos a escribir sobre una posible tercera guerra mundial, en el momento que desde Francia, Emmanuel Macron ya ha pronunciado discursos sobre su intención de defender su propia vitalidad con fuerzas nucleares, con las presiones sobre España para sumarse a la guerra como aliado de Estados Unidos mientras las tinieblas del recuerdo por los tiempos de Aznar cuando hubo ataques terroristas.
Una tercera guerra mundial podría tener fuerza suficiente para aniquilar de manera masiva al menos a cinco países completos. Pero, frente al dantesco escenario de potencias nucleares apuntándose entre sí, hay tres cosas que quiero destacar no como conclusiones, solo como ideas.
La primera es el papel del dinero en efectivo y los metales. Los grandes mercados financieros han enfrentado caídas en la bolsa desde que el cierre del estrecho de Ormuz frenó el comercio de petróleo, gas licuado y otros elementos energéticos básicos. Pero a quienes estamos en Europa, cada día con mayor frecuencia nos llegan mensajes sobre precauciones ante la guerra.
Suecia, que es un país digitalizado de primer nivel y tiene poca costumbre de usar efectivo, ha recomendado a sus ciudadanos guardar billetes que sirvan al menos para sobrevivir por siete días ante un colapso de los pagos digitales y el sistema bancario mediante el que se procesan los pagos, accesos y disposición de cuentas. El dinero en efectivo que tenía supuestamente un curso destinado a la desaparición recobra protagonismo y aunque el gobierno sueco recomienda tener 90 euros por persona para una semana, la simple recomendación está agitando a más de una familia que ya preparan metales y efectivo para un escenario en donde la incertidumbre reina. Si es que se lanzaran ataques nucleares al menos entre una potencia del medio oriente y una de occidente, es un hecho que las consecuencias expansivas complicarían aun a los países que no formen parte de la guerra.
La segunda es el papel de las redes sociales. Contrario a lo que se pensaba hace 30 años, que el internet sería liberador y el acceso a la información daría poder a los ciudadanos, es sorprendente la ignorancia que cultivan los algoritmos ultrapersonalizados que solo muestran lo que al usuario le interesa y la mayoría tiene especial interés por el entretenimiento. En proporción, una minoría se interesa por la guerra y las noticias, las generaciones más jóvenes no están pensando en la guerra ni tienen el recuerdo de lo que pudieron haber vivido abuelos o padres frente a las otras guerras. Incluso para quienes descienden de familias desplazadas, la guerra se antoja como una posibilidad que no miran cercana. Pero esa distracción se mezcla con la desinformación y la propaganda de todos los bandos infiltrada en las redes. La guerra tiene partidarios y es increíble porque son producto también de esa influencia. Quienes nunca han vivido una guerra, ni estudiado sus consecuencias, la buscan ansiosos. Me refiero, por ejemplo a la presidenta de la Comunidad de Madrid, Isabel Díaz Ayuso, insistiendo en que España debería colaborar con Estados Unidos e Israel en el exterminio de Irán.
Por último, y como lo más importante: el papel que tendrá la IA, con capacidad autodestructiva de la propia humanidad. Pienso que sería exagerado escribir y cuestionar si después de una tercera guerra mundial aún habría mundo que habitar. Si es que la cantidad de armas nucleares disponibles para Rusia, Corea del Norte, Francia, India, Estados Unidos, Israel y las otras potencias nucleares permitirían que después de las defensas y ataques, algún tipo de vida pudiera continuar lejos de la radiación y la lluvia ácida, del impacto al medio ambiente y el desastroso efecto acelerador que tendría algo así para el calentamiento global. Estados Unidos utilizó la IA de Antrhopic, Claude, para atacar Venezuela e Irán con precisión perfecta, con un cálculo que ningún estratega humano pudiera haber hecho. Significa que la IA como tecnología para el reconocimiento facial y de objetivos, los drones suicidas junto con todos los otros usos que tiene tales herramientas partiendo de la extraordinaria, pero no infalible inteligencia de guerra podrá hacer que sus objetivos sean cumplidos. El escenario entonces no deja puertas abiertas a los clásicos errores humanos que ponen fin a la guerra como cuando la expansión del nazismo intentó invadir Rusia y el frío extremo provocó más pérdidas y obstáculos. En este caso, no hay errores que puedan salvar vidas. Hay un escenario perfecto para el caos y el hecho de que las guerras no se declaren implica que podríamos estar inmersos ya en aquella tercera guerra que los libros de historia no han tenido tiempo de nombrar y que los gobiernos difícilmente van a declarar.



