REFUTACIONES POLÍTICAS

Perder poder (y, de manera particular, perder poder político) constituye la negación absoluta del político. Un político no puede jamás renunciar al ejercicio del poder político sin traicionar su propia esencia, pues es en la decisión, en la responsabilidad y en la conducción soberana de la comunidad donde la política encuentra su razón de ser. Haber presenciado el vaciamiento de este poder ha sido, sin matices, la tragedia más profunda de las sociedades modernas.

Hoy ya no somos gobernados por la política, hemos sido desplazados hacia un régimen distinto, regido por un conocimiento siniestro que se disfraza de objetividad y neutralidad, pero que opera en la penumbra al servicio de los intereses más concentrados del capital. La tecnocracia no ha sido más que el instrumento más rudo y eficaz de las clases dominantes para desactivar el conflicto social, depurar la voluntad popular y consolidar el proyecto neoliberal.

Sin embargo, el fenómeno no se agotó en la gestión económica del siglo pasado; la tecnocracia ha mutado y trascendido hacia una dimensión global. Hoy, el epicentro de la decisión ha migrado de los parlamentos a Silicon Valley. Bajo el escudo reluciente de la inteligencia artificial, el big data y los algoritmos omnipresentes, las nuevas élites tecnológicas imponen una matriz donde todo problema humano es reducido a un cálculo de optimización. Se nos vende la ilusión de que ya no hay espacio para el debate ideológico ni para el proyecto común, sino únicamente para la solución técnica “correcta”.

En este esquema, el ciudadano es degradado a la condición de usuario o insumo de datos, mientras que el político queda reducido a un simple administrador de decisiones tomadas en servidores privados. Se desmembra a la política para neutralizar su capacidad de transformación, sustituyendo la legitimidad democrática por la eficiencia algorítmica.

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Pero la técnica carece de ética, no rinde cuentas y jamás podrá suplir la dimensión trágica de la decisión soberana. La sociedad no es una máquina que deba ser ajustada por ingenieros ni un sistema que requiera ser optimizado; es un espacio vivo de conflicto, de valores disputados y de destino histórico.

La miseria de la tecnocracia radica en su incapacidad para ofrecer sentido, justicia o libertad, prometiendo a cambio una servidumbre administrada con la máxima precisión digital. Frente a esta tiranía del dato y la eficiencia encubierta, la tarea urgente de nuestro tiempo es la reivindicación radical de la política y el renacimiento del político: aquel capaz de asumir el costo de mandar, de nombrar el conflicto y de arrebatar el futuro a los mercaderes del algoritmo.