La que perdura

Durante buena parte de nuestra vida pensamos en construir. Construimos una familia, una profesión, una empresa, una carrera, un patrimonio o un proyecto personal. Trabajamos para alcanzar metas, superar dificultades y ofrecer mejores oportunidades a quienes amamos. Es una aspiración legítima y, en muchos sentidos, constituye el motor que impulsa el desarrollo de las personas y de las sociedades.

Sin embargo, llega un momento en que la perspectiva comienza a cambiar. Sin dejar de mirar hacia adelante, empezamos también a mirar hacia atrás y, sobre todo, hacia quienes vienen detrás de nosotros. Comprendemos que el paso del tiempo no solo se mide por los años vividos, sino por las generaciones que empiezan a ocupar el lugar que un día ocupamos nosotros. Entonces surge una pregunta que probablemente sea una de las más importantes que cualquier ser humano pueda formularse: ¿qué permanecerá de nosotros cuando ya no estemos?

La respuesta rara vez se encuentra en aquello que poseemos. Los bienes materiales tienen una utilidad indiscutible. Permiten vivir con dignidad, brindan seguridad a la familia y representan, muchas veces, el fruto de toda una vida de trabajo. Nadie podría negar su importancia. Sin embargo, el tiempo demuestra que casi todos los patrimonios cambian de dueño, se transforman o desaparecen. Lo mismo ocurre con los cargos, con los reconocimientos públicos y con buena parte de los éxitos que, en algún momento, parecieron definitivos.

Existe, en cambio, otra forma de permanencia que no depende de la riqueza acumulada ni de la notoriedad alcanzada. Vive en la memoria de las personas, en las instituciones que ayudamos a fortalecer, en los valores que transmitimos, en las oportunidades que abrimos para otros y, sobre todo, en el ejemplo que dejamos a quienes compartieron una parte de nuestro camino.

Quizá por eso la verdadera herencia comienza mucho antes de que alguien redacte un testamento. Empieza en la vida cotidiana. Se construye en conversaciones aparentemente sencillas, en la manera de resolver un conflicto, en el respeto que mostramos hacia los demás, en la congruencia entre lo que decimos y lo que hacemos, en la forma de afrontar la adversidad y también en la humildad con la que reconocemos nuestros propios errores.

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Con frecuencia imaginamos que el legado pertenece exclusivamente a quienes tienen hijos o nietos. La experiencia demuestra otra cosa. Toda persona deja una huella en la vida de alguien más. El maestro que despierta la curiosidad de un alumno; el médico que devuelve la esperanza a un paciente; el empresario que comprende que crear riqueza también implica generar oportunidades; el servidor público que fortalece las instituciones en lugar de servirse de ellas; el periodista que privilegia la verdad sobre la conveniencia; el científico que amplía las fronteras del conocimiento; el artista que enriquece la sensibilidad de una época o el trabajador que cumple con responsabilidad su deber cotidiano, todos ellos dejan algo que continúa viviendo cuando ya no están.

Tal vez ésa sea una de las grandezas de la condición humana. Nuestra existencia nunca termina exclusivamente en nosotros mismos. Cada encuentro, cada palabra, cada decisión y cada ejemplo van formando parte de la vida de otras personas, muchas veces sin que lleguemos siquiera a imaginarlo. Así se transmite la confianza, así se fortalece una comunidad, así se construye una cultura y así una generación empieza, silenciosamente, a preparar el camino de la siguiente.

Por eso resulta insuficiente preguntarnos qué patrimonio heredarán nuestros hijos. La cuestión es mucho más amplia y mucho más profunda: ¿qué clase de personas contribuiremos a formar? La respuesta no depende únicamente de la educación que reciban dentro de su hogar. Depende también de la calidad de la sociedad que entre todos seamos capaces de construir, de las instituciones que fortalezcamos, de los valores que defendamos, de la libertad que preservemos, del respeto que mostremos hacia la dignidad de los demás y de la responsabilidad con la que asumamos nuestro papel como ciudadanos.

Esa tarea no corresponde solamente a los padres, ni únicamente a los maestros o a los gobernantes. Corresponde a toda persona que comprende que vivir en comunidad significa aceptar que nuestras decisiones siempre alcanzan a otros, incluso cuando nunca lleguemos a conocerlos. Cada acto de honestidad fortalece la confianza colectiva; cada acto de corrupción la debilita. Cada gesto de respeto dignifica la convivencia; cada manifestación de intolerancia la empobrece. Cada generación va moldeando, poco a poco, el ambiente moral en el que habrán de crecer las siguientes.

Hay generaciones que son recordadas por las guerras que protagonizaron; otras, por los avances científicos que impulsaron; algunas más, por las libertades que conquistaron o por las instituciones que supieron consolidar. La nuestra también será recordada por aquello que decida dejar. Esa decisión no comenzará cuando llegue el momento de escribir un testamento ni cuando la historia emita su juicio. Comienza hoy, en la manera en que vivimos, en la forma en que educamos, en la disposición con la que servimos a los demás y en el compromiso con el que participamos en la construcción del mundo que heredarán quienes continuarán después de nosotros.

(Continuará)

@salvadorcosio1

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