México paga hoy el precio de la polarización. En días recientes, la politóloga Denise Dresser fue atacada durante su participación en la manifestación contra la militarización, en el marco de la conmemoración del 2 de octubre. A punta de gritos, un grupo se lanzó contra la académica, mientras ésta era protegida por unas mujeres que la ayudaron a salir del lugar.

El caso de Denise Dresser sería un episodio aislado si no fuese sintomático de lo que ocurre en el país. Esta profunda polarización, sin embargo, no es un evento que ha surgido de manera natural, sino que se trata de un fenómeno político que ha sido alimentado y exacerbado por la clase política. Con esos recurridos adjetivos de “clasista” y “racista” políticos oportunistas denuestan a todo aquel que les critica.

AMLO, en ese afán tan propio de dividir a la nación mexicana con el propósito de azuzar a sus bases electorales, y con ello, ganar puntos de popularidad, ha encabezado una campaña de desprestigio no únicamente contra sus detractores políticos, sino contra intelectuales y académicos, y en suma, contra todo hombre o mujer que ha osado alzar la mano o la pluma para rechazar sus políticas fracasadas.

Una de ellas ha sido, sin duda, Denise Dresser. La politóloga, quien puede simpatizar a muchos y a otros no, ha sido blanco, al igual que Loret, López-Dóriga y tantos otros, de menciones en la mañanera. Este ataque contra hombres y mujeres de libres se ha vuelto, para nuestra mala fortuna, un signo inequívoco de la manera de gobernar de AMLO; no a través de políticas de Estado, sino mediante la confrontación.

En suma, AMLO, desde el púlpito, y sostenido con el apoyo de una base electoral que le considera el líder moral de un movimiento, como si tratase de su principal función como presidente, promueve la animadversión hacia quienes le rechazan. Les tilda como conservadores, fifís o de pertenecer a la derecha conservadora, lo que incita en sus seguidores a expresar sentimientos de odio.

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Hoy México se solidariza con Denise Dresser. Quizá no con la intelectual y con sus posturas políticas, sino con la mujer que no tiene miedo a manifestar públicamente sus opiniones, ni teme a las agresiones de las que puede ser objeto en las calles. AMLO, por su parte, debe cesar, por el bien de México, el ataque desmesurado contra periodista.

El caso de Dresser no debe sentar un procedente ni desalentar a la expresión pública de las opiniones personales. Por el contrario, es un aliciente para que todos los mexicanos no teman salir a las calles y unir sus voces en favor de un mejor país.