No está claro de dónde proviene la idea de que el PAN ha vuelto a tener presencia en el panorama electoral. Lo que sucede en Chihuahua, por la seriedad del asunto y las implicaciones que conlleva para la soberanía, no ha suscitado ni siquiera un interés relevante entre los habitantes locales. En realidad, este acontecimiento ha puesto al panismo en una situación difícil, forzándolo a confrontar de manera directa la grave crisis que viene arrastrando desde hace años.

En ese marco, la reciente reunión con antiguos líderes del partido no fue en absoluto un gesto que pudiera tener un impacto o una jugada estratégica. La presencia de personajes como Calderón y Fox solo contribuye a agudizar la erosión de una fuerza política cuya credibilidad sigue empañada por un pasado repleto de interrogantes, particularmente debido a los casos de corrupción que definieron sus gobiernos.

La remembranza histórica no olvida. La ciudadanía tiene una memoria clara de cómo la derecha promovió decisiones que fueron vistas como perjudiciales para los intereses y bienes nacionales. El PAN ha llegado a un callejón político del que no ha conseguido salir debido a la acumulación de errores y al protagonismo excesivo de sus líderes más visibles. Hoy, más que un regreso, lo que se ve es un partido incapaz de actualizarse y atrapado en su propia historia.

El PAN, por ejemplo, sigue enfrentando el reclamo ciudadano, que lo ha señalado como un partido corrupto. A ello se suman la pérdida de identidad y de credibilidad, así como la falta de liderazgos con un papel relevante en los temas centrales de la agenda pública. Arrastran, solo para poner una muestra, el desgaste de las pasadas administraciones que, además de estar plagadas de irregularidades, terminaron por ser un fiasco. Vale la pena decir que, en ese intercambio de posturas, el más participativo ha sido Vicente Fox. Él, cuando no es a uno, es a otro; ha respaldado abiertamente a aspirantes del PRI. Eso habla de que hay una falta no solo de principios, sino de coherencia, porque están bajo la sombra y el flagelo de la simulación.

Dicen, ante el entramado de irregularidades que hay por la presencia de agentes extranjeros en Chihuahua, que Maru Campos se robó los reflectores a la hora de salir en todos los espacios de información nacional. No lo creo. Eso, al menos desde cualquier punto de vista, terminó por desgastarla más, mayormente ahora que se está enfrentando a los fuertes señalamientos de la población. Siendo así, no pesa para nada la narrativa que divulgó porque no fue un mensaje que impactara ni conectara con la ciudadanía. De hecho, creemos que fue un revés por el acumulado de errores a la hora de enfrentarse a las preguntas, donde titubeó y, en algunas ocasiones, quiso marcar la dinámica de los encuentros con gestos de dirigir a quienes, tras bambalinas, fueron parte del esquema de comunicación. No fue nada discreta para tratar de acomodar la posición de los camarógrafos que, según ella, le estaban impidiendo la visibilidad. Todo eso fue, viéndolo bien, un gesto de nerviosismo luego de no poder asumir una respuesta convincente.

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De acuerdo con esa perspectiva, no fue nada apremiante la estrategia que se diseñó para aminorar el impacto negativo. El PAN, por ejemplo, ha tratado de construir una narrativa que se ha centrado en la supuesta persecución política. Más allá de que se victimizan, no sé cuál fue el motivo de reunir a dos personajes que no proyectan absolutamente nada. Es cada vez mayor, por decirlo de algún modo, la falta de credibilidad de Vicente Fox. Él, que ha caído en incoherencias que salen a flote, suele ser solo un actor testimonial y no eficaz.

Con esa cadena de tropiezos, Fox no le ayuda en nada a la gobernadora de Chihuahua. Todo eso, que no es nuevo ni mucho menos nos sorprende, son elementos que hunden más al panismo ahora que vive la peor crisis de su historia contemporánea. Eso se percibe, incluso en la narrativa de su propio dirigente nacional, Jorge Romero, que aparenta ser una voz crítica cuando, en los hechos, ha dejado claro que no está a la altura de una posición como esa, máxime cuando arrastra una serie de señalamientos de corrupción.

En este año, que está caracterizado por definiciones fundamentales hacia los puestos de elección popular, se hace evidente la degradación del panismo. No solo se enfrenta a un desgaste acumulado, sino que también está pasando por un período de poca claridad estratégica que se intensifica con el tiempo. El partido ha decidido, en lugar de formular una agenda fuerte y actualizada, esconderse en posiciones anacrónicas que únicamente precipitan su declive.

La reciente exhibición de “unidad” del pasado fin de semana no consiguió ocultar la falta de dirección ni las divisiones internas. A pesar de ese esfuerzo por cohesionar, varios estudios indican que el partido podría perder uno de sus territorios más representativos: Chihuahua. En un contexto en el que la crisis interna se ha vuelto un elemento crucial, esa posibilidad —que está incluida en la corriente de opinión— resulta difícil de descartar.

Para Acción Nacional, este panorama es uno de los que tiene un costo político más elevado en su etapa más reciente. El partido se encuentra en una situación complicada debido a la combinación de decisiones poco oportunas, falta de renovación y desgaste, precisamente cuando la competencia política requiere oficio y no simulación.