Hace un par de días advertimos en este espacio que es una tragedia lo que la popular primera ministra de Japón, Sanae Takaichi, está aceptando de Donald Trump para la memoria histórica de su país.
Ser ultraderechista y la primera mujer en ocupar ese cargo no tendría que ser sinónimo de apoyar a costa de la dignidad de todo un país. El problema es que desde el inicio, abrir la puerta para colaborar con Donald Trump en el momento que aquel presidente enfrenta el desdén de la mayoría de países europeos y orientales ya era una mala idea, pero lo que ha sucedido ante la reunión prometida resultó ser aún peor.
Donald Trump evocó el ataque a Pearl Harbor frente a la primera ministra japonesa Sanae Takaichi y sugirió que si avisa sobre un ataque, aquel ya no es sorpresa. Donald Trump, como el machista que es, no tolera reconocer el poder o dignidad de una jefa de Estado. Humillar y ofender le sale natural pero sus dichos no pertenecen al terreno de la torpeza, más bien, es una forma de violencia simbólica ejercida desde el poder.
No se trata únicamente de una frase desafortunada. Se trata de la utilización de una tragedia histórica que costó la vida a 2,390 personas y precipitó la entrada de Estados Unidos en la Segunda Guerra Mundial como recurso retórico para justificar una decisión militar opaca. “Queríamos sorprender”, dijo. Y en esa aparente ligereza se condensa la trivialización del pasado como herramienta de dominación discursiva.
Con Claudia Sheinbaum ha sucedido antes. Sugiere que la Presidenta es “hermosa” en términos de belleza o de feminidad pero que no tiene “control” sobre el país. Es condescendiente y se coloca en una posición en la que espera que ninguna mandataria le reclame su lugar.
La historia no es un anecdotario disponible para el cinismo político. Es memoria y es duelo así como es responsabilidad. El ataque a Pearl Harbor fue definido por Franklin D. Roosevelt como “una fecha que vivirá en la infamia”. No como un ejemplo de astucia estratégica, sino como una herida nacional. Convertir ese episodio en una analogía utilitaria, frente a una representante del país que carga con esa memoria, es una humillación diplomática en toda regla.
Insisto en lo que escribí anteriormente en esta columna sobre la selectividad de la memoria. Si se invoca Pearl Harbor como símbolo de agresión sorpresiva, ¿por qué se omite que, apenas cuatro años después, Estados Unidos desplegó una violencia sin precedentes sobre población civil en los bombardeos atómicos de Hiroshima y Nagasaki? Aquellos ataques letales nuclerares tampoco fueron advertidos, ni siquiera para los civiles. La historia no puede citarse a conveniencia. O se asume en su complejidad, o se convierte en propaganda ofensiva.
La incomodidad visible de Sanae Takaichi, sus ojos abriendose al máximo en ese gesto mínimo de desconcierto, revela lo que las relaciones entre Estados no solo se sostienen en intereses, sino en memorias compartidas y, muchas veces, en heridas no del todo cerradas. Administrar esas memorias exige responsabilidad y respeto, no ocurrencias.
Desde una perspectiva de derecho internacional y derechos humanos, este tipo de declaraciones erosionan principios básicos de convivencia entre naciones como el respeto mutuo, la buena fe y la conciencia histórica. No es una cuestión de formas, sino de fondo pues en cuanto el lenguaje del poder se despoja de ética, habilita también decisiones sin ella ... Como decía el difunto Habermas, en su teoría de la acción comunicativa, cuando sostiene que el lenguaje no solo describe la realidad, sino que la construye socialmente a través de la interacción, el consenso y la validación intersubjetiva. Es decir, la realidad social se configura mediante procesos comunicativos donde los actores buscan entendimiento.
Donald Trump habita en la profunda inconsciencia donde frivoliza la guerra y se burla de sus símbolos más dolorosos. Se burla de quien puede y curiosamente parece respetar más a sus adversarios que a sus pares colaboradores o compañeros. Respeta a los que no lo apoyan, a los que están dispuestos a defenderse y a quienes lo reciben o le aceptan la mínima colaboración, los trata como empleados, como el bully compañero que sostiene sus amistades a partir de humillarlos. La normalización de una política exterior que prescinde de la memoria para operar con ventaja es su sello. El retroceso civilizatorio del peor presidente de Estados Unidos.
X: @ifridaita




