Leo impactada el saldo de los festejos mundialistas. Un atropellamiento masivo, un muerto por linchamiento, cuatro muertes por asfixia tras ser aplastados en la multitud. Dos mujeres y dos hombres. Uno de ellos no había sido localizado hasta hace pocas horas. Son números que pesan, que preocupan porque las medidas de prevención no existieron o fallaron pues en casos de manifestaciones, existe una métrica para calcular la cantidad de personas presentes en una concentración.

Si bien, los principales atropellamientos fueron en Baja California Sur y Guadalajara, los que murieron aplastados en la Ciudad de México muestran que no aprendimos nada del caso New’s Divine hace años. En este caso, es posible que nadie estuviera pendiente y sería grave saber que aún estándolo, no se tomaron medidas. Usualmente, el C5 mantiene observaciones de las calles en grandes pantallas sobre esto con sistemas sofisticados que pueden calcular bastante. Los sistemas fallaron o tal vez, no había un plan previo de actuación y contención diseñado a nivel autoridad.

Un partido frente a Inglaterra ya agita las reacciones de México. Entre la euforia legítima, vale la pena recordar algo elemental: todos queremos volver. Podemos apostar a la alegría, sí, pero hacer apología de la imprudencia tras la histórica participación de la Selección Mexicana no es válido, se trata de vidas y de momentos en los que las personas difícilmente pueden autorregularse.

El punto nodal no es prohibir los festejos. Es reconocer que cuando hay multitudes de por medio, el actuar de las autoridades importa más que el de las masas mismas.

Dentro de grandes aglomeraciones hay personas en estados variables de embriaguez, en euforia con poca capacidad de controlar a otros grupos. Entre el ruido y la euforia, la mínima muestra de sensatez puede no ser escuchada. También hay niñas, niños y personas adultas mayores que merecen transitabilidad segura. Es necesario aplicar los protocolos para limitar acceso a Paseo de la Reforma, los cortes viales-peatonales organizados, las rutas claras de ingreso y salida, las intervenciones para detener a la marea cuando comienzan a juntarse demasiado. Todo eso es responsabilidad estatal.

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Dejemos de romantizar los rituales del exceso como si fueran marcas identitarias irrenunciables pero también dejemos de pensar que los eventos masivos son espacios en donde todo se vale. Es como si existiera una regla no escrita de excepción que permite a los pamboleros excederse totalmente sin que una autoridad sea capaz de cuidarle inclusive de sí mismo.

Lo que ocurrió durante el festejo del partido México-Ecuador expone una política de prioridades que es, en sí misma, una confesión dolorosa. La Ciudad de México concentró recursos extraordinarios en arreglos estéticos, en la imagen de las calles y las mascotas oficiales. Mientras tanto, no anunció ni implementó un plan de seguridad previo para las concentraciones. Las muertes fueron previsibles porque se trata de momentos en que la situación salió de control y nadie tenía idea o plan de que hacer ante una situación así. Por eso son inexcusables.

Pero hay un factor adicional frente al próximo partido que debe nombrase directamente y es que los ánimos y expectativas ya son muy altos, pero al mismo tiempo, la estadística muestra que cuando un equipo pierde, cuando la frustración colectiva busca dónde descargarse, las mujeres sufren el incremento de la violencia de género. Es un patrón identificado. Las paredes se golpean, las pantallas se rompen, y las mujeres que estaban ahí celebrando y que comparten espacios con quienes festejaban, cargan el precio de una rabia que no sabe a quién dirigirse.

Así que mientras esperamos el próximo partido, la policía capitalina y las autoridades de la Ciudad de México están exactamente a tiempo para actuar. A tiempo de prevenir muertes por logística.

A tiempo de lanzar una campaña seria que nombre lo obvio: ni las mujeres son responsables del éxito o fracaso de un equipo. Las paredes y las pantallas no son destinatarios legítimos de la furia.

Celebrar la intensidad como sello nacional no puede significar aceptar, sin más, que las masas aplasten a quienes solo querían volver a casa ni que la violencia se convierta en protagonista justificada por el alcohol o por la excepcional situación partidista que vivimos.

El hecho es que después del Mundial, todos queremos volver. La pregunta es si estamos dispuestos a hacer lo necesario para que todos regresen intactos. Es urgente que la Jefa de Gobierno mire que el personal de la Secretaría de Seguridad Ciudadana está capacitado, hay cámaras, hay equipo. Solo faltan las instrucciones y los planes claros para que antes de que una celebración se convierta en aglomeración, puedan intervenir.

Morir de esta forma solo significa que la ciudad carece de protocolos de actuación y que hayan salido a celebrar más de un millón de personas no es suficiente justificación. Sin prohibir, es necesario ordenar la fiesta y hacerlo en nombre de la vida.