El 5 de junio de 2009, el sol abrasador de Hermosillo no fue nada comparado con el infierno que despertó dentro de la Guardería ABC. Lo que debía ser un refugio seguro, un lugar de risas y juegos para los hijos e hijas de familias trabajadoras se transformó en una trampa mortal. En cuestión de minutos, las llamas devoraron paredes y techos, el humo envenenó el aire y el grito desesperado de los pequeños y pequeñas se mezcló con el de los padres, de las madres, de vecinos y voluntarios que hacían lo imposible por controlar el siniestro y rescatar sobrevivientes.
Cuarenta y nueve vidas inocentes se apagaron para siempre, pero para muchos otros, el fuego no terminó cuando los bomberos lograron controlarlo: habita dentro de sus cuerpos y sus recuerdos.
Hoy, 17 años después, quienes lograron salir con vida ya no son criaturas asustadas. Son jóvenes que cargan sobre sus hombros el peso de una herida que el tiempo no ha podido cerrar. Algunos muestran en su piel el mapa de aquella tragedia: cicatrices profundas, marcas que la ropa intenta ocultar pero que la memoria expone sin descanso. Pero hay sufrimientos mucho más silenciosos: el pecho que se aprieta al oler un simple humo de cocina, las noches atravesadas por pesadillas donde vuelven a escuchar los gritos, el miedo constante a morir calcinados.
Crecieron sabiendo que el lugar donde sus padres los dejaron confiados se convirtió en el origen de un dolor que los acompaña a cada paso, una sombra que no se aleja.
Sin embargo, del dolor más hondo brotó una fuerza inquebrantable. El llanto se transformó en reclamo, y el reclamo en esperanza.
Han sido años de lucha y de búsqueda de justicia, pero finalmente surgió la Ley General de Prestación de Servicios para la Atención, Cuidado y Desarrollo Integral Infantil, conocida como “Ley 5 de Junio”, importante avance legislativo para proteger a nuestras infancias.
Fue el triunfo de la memoria sobre el olvido: una norma escrita con lágrimas, que obliga al Estado a garantizar que ningún menor vuelva a estar desprotegido, que ningún espacio de cuidado se convierta en una tumba anticipada.
Pero no solo se debe quedar en un papel. La voz de las familias de las víctimas sigue alzada, firme y sin claudicar.
Ni perdón ni olvido.
Diecisiete años después, las cenizas se han esparcido, pero la llama de la memoria sigue viva. Las secuelas de los sobrevivientes nos gritan que la tragedia no es un recuerdo lejano, sino una realidad que se vive día con día. La ley que nació de su lucha nos enseña que el dolor puede generar justicia, pero también nos recuerda que la protección nunca debe darse por sentada. Honrar a quienes se fueron y acompañar a quienes siguen sufriendo es la única forma de asegurar que aquel fuego nunca vuelva a arrasar la inocencia de un niño.
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