La filosofía del estoicismo ha sido reivindicada popularmente. Las redes sociales están llenas de contenido sobre separar aquello que no depende de nosotros e impedirle que nos afecte. Hay una batalla abierta en contra de permitir cualquier tipo de perturbación mental. El llamado es a cultivar las virtudes, los pensamientos de manera positiva, los deseos conforme a lo disponible, las intenciones hacia mejorar individualmente y las acciones enfocadas a tener una mentalidad fuerte, resistir y hacerlo con coraje. Esa misma filosofía invita a practicar el amor por el destino, a tener aceptación y abrazar todo lo que sucede como parte de una suerte de ley natural y racional, en vez de resistirse a la realidad o pretender cambiarla radicalmente.
Epicteto, Séneca y Zenón de Citio aportaron las ideas principales, pero Marco Aurelio le dio forma en clave de poder; el emperador romano supo hacer del estoicismo una llave para la incertidumbre.
Creo que esa filosofía práctica de vida, orientada a lograr tranquilidad y felicidad basada en el autocontrol, la aceptación y la razón, en realidad glorifica el mundo sombrío en que vivimos. Es una gran filosofía para convencer a los insatisfechos de que esta es la realidad que nos ha tocado vivir y que no se puede cambiar. Encaja perfectamente con las ideas que ignoran los contextos y sugieren que las consecuencias en la vida de cada uno dependen única y exclusivamente de las decisiones o la actitud para afrontarlas.
Poco a poco, esa filosofía va diluyendo las condiciones estructurales que influyen justamente en el bienestar más elemental, el de la salud. Ese no depende propiamente de la buena o mala actitud ni de la debilidad mental para afrontar las situaciones.
Una investigación publicada por Nature dice que vivir en países de América Latina representa un riesgo de atrofia cerebral. Firmado por los investigadores Legaz, Altschuler y González-Gómez, el estudio sostiene que la desigualdad estructural está vinculada al volumen cerebral y a las dinámicas de envejecimiento y demencia. La desigualdad se basa en lo colectivo y se mide con el coeficiente de Gini.
No hay mentalidad fuerte que resista tres horas de traslado, miedo en las calles por la inseguridad e incertidumbre por recursos para la subsistencia básica. No es cierto que “aguantar” sea lo único en el menú de opciones. Más bien, parece que el estoicismo es útil para apaciguar a los activismos, esos idealistas que quieren cambiar aquello con lo que no están de acuerdo. Los que no comprenden que las leyes del mercado les dan la última ventaja a los que la tienen, pero se aferran a que algún esfuerzo podría replantear las condiciones. La trampa está en que el individualismo estoico deja de mirar lo estructural y lo colectivo, pues lo colectivo es político, entonces resulta problemático y aquello atenta contra lo básico del postulado estoico. Después de todo, no es tan sencillo distinguir aquello que depende de uno o de los demás, pues, de hecho, la indiferencia genera un efecto aun en lo que es de los demás y la condena generalizada, hasta de lo ajeno, tiene consecuencias. Prueba de ello está en la cancelación digital, en el llamado a consumir o no consumir ciertos productos y en la caída financiera de empresas como las ligadas a un sujeto señalado públicamente por corrupción.
Creo que nadie debería aguantar en el individualismo estoico de pensar que el bienestar depende únicamente de la buena actitud para tomar las cosas. Somos pluriseres, habitamos en los otros y los otros habitan en uno. Encima, construimos sofisticadas comunidades que pueden reproducir desigualdades o aminorarlas; todo eso impacta en que tengamos mejores o peores, más o menos herramientas para tener entornos mejores o peores y afrontarlos. Si un entorno está enfermándonos y decidimos sostenerlo, estamos votando por la autoaniquilación. Nadie debería tener que adaptarse a un entorno letal solo porque de eso va la mentalidad estoica.
Creo que la verdadera fortaleza no esté en soportar sin queja, sino en negarse a normalizar lo que daña. Reconocer que hay males que no se resuelven con respiración profunda ni con disciplina interior es el primer paso para exigir políticas, derechos e instituciones que los atiendan. Aguantar puede ser, a ratos, una necesidad; convertirlo en virtud es una renuncia a nuestros límites colectivos y personales porque implica aceptar que merecemos esa desigualdad, esos malos tratos, ese tedio y ese estrés de vivir en lo cotidiano, o sea, renunciamos a porciones de dignidad para poder adaptarnos.
Entre la resignación y la indignación hay un espacio que el estoicismo de redes prefiere no habitar: el de la acción colectiva. Ahí, y no en la quietud, empieza el bienestar. Actuando por lo que creemos que no podemos cambiar, sin llamarle “victimización”. La ciencia lo dice… si es que un sistema basado en la desigualdad provoca atrofia cerebral, probablemente no eres un “llorón” ni una víctima y en realidad, es aquel sistema el que nos debemos replantear.



