Nos han mentido. El debate de la “legalización de las drogas” nunca se ha tratado de eso, sino de algo mucho más modesto, inocuo para efectos de la violencia que genera en México y en todo el mundo.
La ansiedad que le provoca al gobierno de EU, el tema del fentanilo, es uno más de innumerables ejemplos repetidos a lo largo de varias décadas, desde que Richard Nixon decidió culpar a otros países por los drogadictos que tenía en casa. Me explico. El panorama de la relación diplomática entre México y Estados Unidos tiene siempre cuatro coordenadas: la migración, la energía, la manufactura y el narcotráfico.
Como punto de partida, es interesante el documento “El fin de la marihuana ilegal: impactos en las dinámicas criminales de México”, publicado por el think tank Insight Crime, porque desmantela muchos de los mitos sonámbulos que tanto defendieron los que vendían la legalización del cannabis como una panacea.
Resulta que la mayoría de las organizaciones de narcotráfico mexicanas no entraron al negocio de la mariguana legal, sino que están abasteciendo a los usuarios norteamericanos que aún no tienen acceso a ella (a la legal), y buscan ingresar a nuevos mercados en otros países.
Otras han sofisticado su producto y lo han dirigido al mercado interno mexicano, que es creciente, pero en general los empresarios ilegales ni anhelan ni saben cómo volverse empresarios formales, porque parte de su expertise radica en saber mover un producto por medios ilícitos, con todas las aristas (precio, plaza, promoción, todo el combo), y cuando se legaliza el giro, esas destrezas específicas se vuelven irrelevantes.
Pero hay otro problema. Los mayores ingresos los está generando el mercado de drogas sintéticas, que es también el más violento y el más costoso en vidas humanas a ambos lados de la frontera. Detrás de todo esto, se evidencia el hecho del cambio de la estructura en las relaciones entre muchas comunidades rurales en México y el crimen organizado.
Durante mucho tiempo, las primeras cultivaban cannabis para el segundo (con una relación compleja, mezcla entre incentivos, amenazas, servidumbre y sociedad, ese es otro tema). La licitud de la marihuana volvió esos cultivos poco rentables para los agricultores, por la baja de precio que automáticamente sigue a legalizar un bien, y los criminales dejaron de otorgar los beneficios económicos, pocos o muchos, a esas mismas comunidades.
Lo anterior da para mucho, pero revela, de bote pronto, lo falso y estúpido del debate, que duró décadas, sobre “legalización de las drogas”, pues nunca se trató de legalizar las drogas, sino de legalizar la marihuana. Esto es, de sacar del mercado ilícito un estupefaciente de muchos, que además no era el que generaba ni las mayores ganancias para los narcos ni la mayor adicción para los usuarios, ni la mayor violencia en su ciclo económico. Ese papel lo juegan, desde los años ochenta, las drogas duras de moda, primero la cocaína y luego otras. Hoy, el fentanilo.
La legalización de drogas duras, además, es inviable políticamente, porque es imposible hacer un caso sólido sobre su relativa inocuidad, como se hizo con la marihuana. Las organizaciones criminales se comportan, aquí sí, como empresas, diversificando su mercado y especializando sus productos. Nos recuerda que, en su médula, los incentivos a los que responde el mercado criminal a nivel macro, siguen siendo económicos y no políticos.






