Durante años nos acostumbramos a una extraña austeridad cuando se hablaba de seguridad. El reto era grande, pero el compromiso para hacerle frente no. Para algunos en Nuevo León, eso de comprar helicópteros parecía excesivo. Construir nuevos destacamentos de Fuerza Civil, demasiado. Invertir en inteligencia, tecnología, vehículos especializados o nuevas instalaciones provocaba cuestionamientos inmediatos. Es decir, siempre había alguien dispuesto a preguntar cuánto costaba, pero pocos preguntaban cuánto nos había costado hasta ese punto y durante décadas, no hacerlo.

Esa es quizá la discusión que hoy vale la pena recuperar porque mientras otras entidades del país hoy en día siguen enfrentando crisis de violencia que frenan inversiones, alteran la vida cotidiana y obligan a las familias a modificar sus rutinas, Nuevo León llega a la segunda mitad de 2026 con cifras que son un verdadero referente nacional en los últimos años. El mes de Julio cerró con 26 homicidios y una tasa de 0.40 por cada 100 mil habitantes, la menor para ese mes en dos décadas. Entre enero y julio se registraron 251 homicidios, 47 por ciento menos que en el mismo periodo de 2025, y 74 por ciento debajo del pico registrado en 2024. Es, además, el mejor periodo enero-julio desde 2010.

Los Black Hawks, los Black Mambas, los nuevos destacamentos, el equipamiento tecnológico y el nuevo edificio de Fuerza Civil ya no pueden analizarse solamente desde la fotografía del día en que fueron anunciados, sino por el eco de su impacto. Una política pública debe evaluarse por sus resultados, y cuando éstos aparecen, también debemos tener la madurez ciudadana para reconocerlos, por ello planteamos que lo verdaderamente exagerado habría sido mantener el rezago, estirar el olvido y hacer poco o nada frente a un problema tan grande.

Samuel García entendió desde el inicio de su administración que Nuevo León no podía aspirar a convertirse en uno de los grandes polos económicos de América Latina mientras su aparato de seguridad permaneciera anclado al tamaño de los retos del pasado. Una economía que quiere atraer empresas globales necesita carreteras, energía, agua y talento. Pero también necesita certeza, porque ningún empresario decide una inversión multimillonaria mirando únicamente incentivos fiscales. Observa si sus trabajadores pueden vivir tranquilos, si sus mercancías pueden trasladarse sin contratiempos, si existe autoridad suficiente para proteger corredores industriales y si las instituciones pueden responder cuando aparecen amenazas. Por eso seguridad y desarrollo económico son dos piezas del mismo engranaje.

Pero no todo es seguridad para los inversionistas, sino para la gente. Los resultados también empiezan a sentirse en los delitos mucho más cercanos a cualquier familia. Entre enero y julio, Nuevo León registró mínimos de dos décadas en robos a casa habitación, negocios y vehículos. 550 robos a vivienda, 595 a establecimientos comerciales y 346 vehículos robados. Quizá son números menos espectaculares que un helicóptero sobrevolando la ciudad, pero quizá mucho más importantes para entender qué significa una estrategia de seguridad en la vida cotidiana.

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Tampoco todo el mérito pertenece a una sola institución. Sería absurdo plantearlo así. La Mesa de Construcción de Paz ha permitido coordinar al gobierno estatal, Ejército, Guardia Nacional, autoridades federales, fiscalías y policías municipales. En seguridad, los buenos resultados casi siempre tienen muchos autores. Y ahí también existe una lección política importante, coordinar funciona mejor que repartir culpas.

Falta muchísimo por hacer. Ninguna cifra permite declarar victoria frente al crimen y ningún gobierno debería caer en esa tentación. La seguridad se construye todos los días y puede deteriorarse rápidamente si se abandona la estrategia, pero Nuevo León está demostrando algo que México debería mirar con atención, porque esto de invertir seriamente en seguridad no significa militarizar la vida cotidiana ni presumir juguetes costosos.

Significa construir instituciones capaces de estar a la altura de una economía que pretende crecer.

Porque generar empleos, atraer inversiones y desarrollar infraestructura sirve de poco si las familias viven con miedo. Tal vez aquellos helicópteros nunca fueron demasiado. Quizá demasiado fue el tiempo que Nuevo León creyó que podía combatir problemas del siglo XXI con instituciones diseñadas para el siglo pasado.