Sabemos que a la presidenta de México no le gustan mucho las comparaciones, al menos en un ejercicio de introspección. El punto es que, ante los ojos del mundo, resultan tan obvios los cotejos que podemos hacer entre Sheinbaum y Milei, mandatario de Argentina.
De la primera, que la inmensa mayoría de mexicanos tenemos la dicha de tener una gestión integral, podemos hablar maravillas por el proyecto de transformación que ella dignamente representa. Es posible que lo que acontece, de evidencia y resultados, pase a la historia como un hecho sin precedentes. Esa historia, por décadas, será recordada por la articulación humanista. No cabe la menor duda de que en todo el territorio nacional, ya como un rasgo cotidiano, vemos que reina el desarrollo y la movilidad social plasmada en los programas de asistencia. El asentamiento de este esquema de ideas, forjadas en la propia Constitución, sigue siendo la insignia de lo que nos caracteriza a nivel global.
Sin caer en la parafernalia, Claudia Sheinbaum, tan solo en aprobación internacional, es la mujer con mayor poder político en el mundo. Diversos estudios han ventilado metodologías que tienen amplio reconocimiento. Detrás de esos porcentajes, desde luego, existe una plataforma bien cimentada que es la que, por mucho, nos ha llevado a vivir estos buenos momentos de consagración.
Las instituciones, por ejemplo, son vehículo al que recurrimos para cubrir nuestras necesidades. Al haber plena confianza en cada una de ellas, nuestra agenda avanza a pasos agigantados, mayormente ante el universo. Como punto de partida de esa premisa, por un lado, podemos citar las estadísticas que divulgó la UNCTAD. Lo que se reveló, ahora que se han roto paradigmas, no nos causó un estupor. Siempre supimos que teníamos la capacidad de escalar al top de las economías más sólidas del planeta.
Sé que hay un desprecio de algunos argentinos por nuestra nación; eso lo noté en algunas entrevistas que hicieron en la cumbre mundialista. Perdiendo toda compostura, ha quedado claro que el presidente de Argentina, Javier Milei, ha sido uno de ellos y, por ende, sigue dando de qué hablar con sus declaraciones que, en lugar de resaltar, exhiben la narrativa soez y envenenada de una administración fracasada. Además de ello, que no es nada complicado por descubrir, salen a escena sus limitaciones como jefe de Estado.
De hecho, miles de argentinos han admitido que se equivocaron al dejarse llevar por la inercia de una campaña que tiene claros matices de populismo. Al ya no simpatizar con él, la ciudadanía de Sudamérica se ha pronunciado en contra de esta política que no embona en cada una de las áreas de oportunidad.
Lo interpretativo en los números, por un lado, es la conclusión que nos ha llevado a asegurar que estamos en presencia de un fracaso total. En Argentina, como nunca, hay desempleo, inflación, inseguridad, poca inversión extranjera, lo mismo que una nula política social en programas de asistencia. Nada ha rendido frutos. Queda claro que lo que reina, en estos tiempos de naufragio, es el mal sabor de boca, la incertidumbre y la desazón. Las cosas no han cambiado: existe un punto de quiebre ante una de las etapas más complejas de la historia. Esa república, de hecho, sigue sometida por un representante que, sin ambages, es un personaje que raya en lo ridículo. No cuida ni su propia investidura al brincar como un fanático de futbol. Dirán que es su personalidad de Javier Milei, pero deja mucho que desear para ser un representante de primer nivel. Al personificar esa simulación, ha quedado marcado por el desastre corrosivo.
Y Milei, ahora que se ha empeñado en atacar al gobierno de Claudia Sheinbaum, vuelve a ser exhibido por su arrogancia. A él podemos atribuirle parte de esta polarización que hay con el país de Argentina, al menos en el tema diplomático. En lo social, por supuesto, hay lazos de amistad que nos unen con el pueblo argentino. De hecho, sería un error gravísimo generalizar los comentarios punitivos que hemos escuchado.
Lo que sí es una realidad, sobra decir, es la diferencia que existe entre un proyecto de nación. El de la presidenta Sheinbaum, con un abundante apoyo de la población civil, ha trascendido y continúa cerrando la brecha de la desigualdad. En México, con la permanente insistencia, hay menos pobres y mucho más empleo, eso sí, mejor remunerado. Eso es gracias a la estabilidad del país, pero sobre todo a la habilidad y pericia de una mandataria como Claudia. Si hoy observamos a Milei, que alienta al encono, es el otro lado de la moneda: hay desgaste, ingobernabilidad, desempleo, escasez de servicios, nulo desarrollo y poco crecimiento.
Y, por si eso fuese poco, al gobierno de Milei le falta el elemento más crucial para gobernar: el humanismo. Por fortuna, los mexicanos tenemos a la presidenta Claudia Sheinbaum, una mujer honesta y de principios bien arraigados que, ante los reflectores, contestó a los descalificativos de Milei con mucha categoría.


