Me parece que usar ChatGPT para platicar con los muertos siendo mexicanas es una contradicción hasta biológica. Pienso en Madero, comunicándose mediante espiritismo con guías que le permitieron derrocar una dictadura y fundar la revolucionaria democracia que hoy es madre de la patria.
Pienso también en lo que Porfirio Díaz tendría que decir, si es que nunca haber vuelto le atormenta. Es por eso que a la antigua y utilizando mis recursos menos positivistas, los más metafísicos posibles, decidí visitar en el Cementerio de Montparnasse, la tumba del expresidente.
No lo hice sola. Me preparé antes con una ruta espiritista, también. Si algo se guarda en la epigenética mexicana es la capacidad de interactuar con la muerte, traspasar velos que dividen planos y hacerlo con gracia, sin ese obsesionado cientificismo propio de otras latitudes.
En el Père-Lachaise hay una tumba con forma de dolmen que nunca está sin flores. Bajo el granito reposa Hippolyte Léon Denizard Rivail, el pedagogo lionés que el mundo conoció como Allan Kardec. El primer espiritista necesario para la práctica. Cada día llegan visitantes de Brasil, de México, de medio planeta. Posan la mano sobre el busto de bronce y piden algo. Si el favor se cumple, vuelven con un ramo. Yo solo le pedí clarividencia y sensibilidad para percibir algo.
La escena de peticiones, casi como si fuera un santo, se repite desde su muerte, en 1869, y transformó a un francés casi ignorado en su propia tierra en una estrella del más allá.
A media hora de metro, en Montparnasse, otra sepultura guarda un silencio distinto. Es un silencio castigado porque la historia le ha colocado en el lugar de los vencidos y aunque quisiera dejar claro que visitarle no implica estar de acuerdo con todo lo que hizo, me parece que lo sensato para entender la historia es justo la disposición para conocerla.
No sabía si estaba en el lugar correcto y menos si era buena idea escribir sobre esta aventura. Una capilla de mármol con una puerta verde, casi siempre cerrada. Adentro, un busto, una bandera de México y una imagen de la Virgen de Guadalupe. En la pila se leen dos fechas, 15 de septiembre de 1830 y 2 de julio de 1915. Ahí quedó Porfirio Díaz, el hombre que gobernó México durante más de tres décadas y murió en el exilio parisino sin volver a ver Oaxaca.
Él soñaba con regresar aunque en realidad, para sus gustos, seguro que París era un mejor destino. Sin compartir su idea porque yo jamás quisiera estar lejos de México por largos periodos, lo entiendo. París tiene algo hipnótico, es caos y arte, romance y contraste, todo al mismo tiempo.
Pero volviendo a la hazaña. Las dos tumbas dialogan sin saberlo. El espiritismo que Kardec fundó en esta misma ciudad cruzó el Atlántico y sedujo a un hacendado coahuilense que aseguraba recibir órdenes de los muertos. Aquel hombre, Francisco I. Madero, firmó como Bhima un manual espírita y derrocó a Díaz en 1911. Dos años más tarde lo asesinaron. El hecho es que los espíritus daban consejos políticos a Madero y supuestamente aquellos fueron clave para que lograra su hazaña, la desconexión espiritual le costó a Porfirio Díaz todo. Me dispongo a preguntarle cosas, armada con un péndulo en forma de flecha que tiene el cuerpo de Hécate, diosa del inframundo, con tres lunas en el fondo.
Hoy Madero reposa en el Monumento a la Revolución. Díaz permanece en París, bajo la ciudad que vio nacer la doctrina que armó a su adversario. Kardec recibe flores frescas de desconocidos que le piden favores. Díaz recibe flores artificiales de una familia que cada año paga por conservar la cripta. Uno pertenece a todos. El otro, a casi nadie. ¿Qué dice de un país la clase de muertos a la que todavía reza?
Sobre las respuestas del péndulo… tal vez, un día me atreva a contarlas.



