“Al final, todo queda en familia”.
Sabiduría televisiva mexicana
Los mexicanos de cierta edad conocimos bien el formato. Los domingos, varias familias competían por premios en el programa En Familia con Chabelo. Había juegos, cuates de provincia y, al final, la catafixia. Morena recuperó la vieja emisión televisiva, con algunos cambios: los concursantes conocen al gobernador, los premios son gubernaturas y el público no puede revisar qué había dentro de la encuesta.
Morena comenzó a destapar a sus corcholatas para 2027. Aunque, vistos los nombres y sobre todo sus padrinos, quizá deberíamos llamarlas tapaderas. Vaya, algunas no vienen a descubrir una candidatura, sino a encubrir la continuidad de quienes ya gobiernan. Cambia el participante; el poder procura permanecer en casa.
A las personas seleccionadas les llaman “coordinadores” porque todavía no deben llamarlas candidatas. De poder, sí pueden. Tanto así que violan la ley a la vista de todos.
A sus recorridos no les dicen campañas porque legalmente aún no deberían serlo. Y al mecanismo de designación le llaman encuesta porque sería demasiado franco llamarlo ratificación.
El Tribunal Electoral avaló que esas coordinaciones no constituyen, por sí mismas, actos anticipados de campaña. La simulación quedó institucionalizada: todos sabemos qué se está eligiendo, pero todos hemos aceptado llamarlo —o que se le llame— de otra manera.
La ironía mayor es el antinepotismo. La reforma constitucional comenzará a aplicarse hasta 2030, pese a que Claudia Sheinbaum propuso hacerlo desde 2027. Morena prometió, no obstante, respetarlo internamente desde las próximas elecciones. Y lo está haciendo a su manera: no puso a los parientes directos; puso a quienes los parientes quisieron. El antinepotismo guinda no acabó con las herencias políticas. Apenas les pidió cambiar de apellido.
Zacatecas es casi una caricatura. Saúl Monreal no puede suceder a su hermano David, pero aparece Verónica Díaz Robles, exesposa de Luis Enrique Monreal, hermano de David y Ricardo. Díaz trabajó en el ayuntamiento del actual gobernador y después fue delegada de los programas del Bienestar. Morena podrá alegar que una excuñada ya no es jurídicamente familia. Políticamente, en cambio, el apellido ausente llena toda la boleta. No continúa un Monreal, pero sí el monrealismo por afinidad. Es así: le cerraron la puerta al nepotismo y lo hicieron entrar por la de servicio.
El PT entendió perfectamente la maniobra y rechazó la prolongación del monrealismo. También cuestionó —solo porque esta vez le conviene— unas encuestas que no fueron presentadas públicamente y pidió mediciones espejo. Morena respondió con su concepto habitual de transparencia: anunció a la ganadora.
En Guerrero, Félix Salgado Macedonio quedó impedido para suceder a su hija Evelyn. Beatriz Mojica no pertenece a la familia, pero su nombramiento surgió de un acuerdo con padre e hija gobernantes. El clan quizá no conserve formalmente la candidatura, pero sí la capacidad de decidir quién puede recibirla. Abelina López desconoció el resultado y aseguró tener “la encuesta real”. Debe ser una innovación morenista: existe una encuesta oficial, una encuesta real, pero —chin— ninguna está disponible para el ciudadano.
En Quintana Roo, Mara Lezama tampoco entrega el cargo a un pariente, sino al joven que formó, convirtió en secretario de Finanzas y llevó como acompañante en algunos de sus vuelos privados. Eugenio “Gino” Segura es su delfín; “ahijado” describe bastante bien la relación política. Al anunciarse el resultado, los simpatizantes de Rafael Marín gritaron “¡fraude!”. Después vino la fotografía de unidad. En Morena las inconformidades duran exactamente lo que tarda en distribuirse el siguiente reparto…
Colima aporta otra variante de la misma maña. Rosi Bayardo no es familia de Indira Vizcaíno; es algo políticamente más útil: fue su suplente en la Cámara de Diputados, secretaria de su gobierno, directora del DIF estatal y pupila. En Michoacán, Carlos Torres Piña —exsecretario de Gobierno y exfiscal— representa la victoria del grupo de Alfredo Ramírez Bedolla sobre Raúl Morón. Y en Campeche, Layda Sansores había destapado a Pablo Gutiérrez Lazarus meses antes de que la encuesta tuviera la delicadeza de darle la razón.
No todos los nombramientos responden al mismo patrón, y decirlo fortalece, no debilita, el argumento. En Aguascalientes y Querétaro gobierna la oposición; por tanto, Nora Ruvalcaba y Santiago Nieto no heredan el aparato de un mandatario morenista. Sinaloa es un caso más complejo por el derrumbe político de Rubén Rocha Moya. Y en Baja California, la elección de Julieta Ramírez rompió con el proyecto sucesorio de Marina del Pilar Ávila. También hay gobernadores que pierden la catafixia.
Pero en seis estados gobernados por Morena aparece el mismo mecanismo: Monreal, Lezama, Salgado, Ramírez Bedolla, Vizcaíno y Sansores consiguen colocar, avalar o vetar a quienes aspiran a sucederlos. No es “una baraja nueva”. Son cartas conocidas redistribuidas por quienes todavía controlan la mesa. Claudia puede cambiar al crupier; los gobernadores conservan buena parte del reparto.
Las designaciones exhiben, además, la ficticia unidad del movimiento. El PT se ausentó o rechazó los resultados en Guerrero, Michoacán y Zacatecas; Abelina López desconoció el nombramiento de Mojica; Raúl Morón perdió frente al grupo de Bedolla, y en Quintana Roo hubo gritos de fraude antes del abrazo obligatorio. Las corcholatas no solo revelan herederos: muestran qué gobernador conserva poder de veto, qué grupo mantiene la franquicia y cuál fue expulsado del negocio.
Por supuesto que esto ocurrió durante el priismo y también bajo gobiernos panistas. Gobernadores que intentaron imponer sucesores, familias convertidas en grupos políticos y cargos públicos utilizados para fabricar candidaturas no son inventos de Morena. Precisamente por eso resulta tan revelador encontrarlos intactos en el partido que llegó al poder prometiendo acabar con esas prácticas. La defensa de que “los otros también lo hicieron” no refuta el señalamiento: confirma que la transformación, en este terreno, nunca ocurrió.
Hay incluso una diferencia que agrava el caso. PRI y PAN practicaron estas herencias sin presentarse como una regeneración moral de la vida pública. Morena sí convirtió su supuesta superioridad ética en fundamento de legitimidad y ahora pretende que una excuñada, un delfín o una suplente constituyen un relevo democrático porque no comparten apellido con el gobernador. No inventó el patrimonialismo; lo heredó, lo maquilló de encuesta y lo rebautizó transformación.
Max Weber utilizó el concepto de patrimonialismo para describir sistemas en los que el gobernante administra lo público como extensión de su patrimonio personal. Eso es lo que asoma detrás de estas sucesiones. Los gobernadores ya no administran únicamente sus estados: pretenden administrar también a quien habrá de recibirlos. La candidatura se convierte en parte del patrimonio político que buscan entregar antes de salir.
Para ello sirven los cargos, los programas sociales, el presupuesto, la exposición pública y la estructura territorial. Durante años se fabrica al heredero; después, el partido organiza una encuesta que rara vez publica íntegramente y presenta el resultado como “decisión del pueblo”. Morena no es una agencia de colocación cualquiera. Es una agencia que forma, financia y promueve personal de confianza desde el propio gobierno.
La interpretación creativa de su antinepotismo puede resumirse así: no puede ir el hermano, pero sí la excuñada; no puede ir el padre, pero sí la candidata autorizada por padre e hija; no puede ir el pariente, pero sí el secretario de Gobierno, de Finanzas o la suplente. No se hereda directamente el cargo: se hereda la estructura que decide quién habrá de ocuparlo.
¿Corcholatas o tapaderas? La pregunta es seria. La tapadera oculta que la encuesta muchas veces no elige, sino ratifica; que el gobernador interviene sin figurar como elector, y que el nepotismo puede respetarse nominalmente mientras se conserva materialmente la dinastía. El pueblo “decide”, pero no conoce las cifras completas de su decisión. Es la catafixia perfecta: se entrega la candidatura y después se guarda la caja.
En el famoso programa de TV, las familias concursaban para ganar automóviles o viajes. En la versión Morena compiten por gubernaturas; aunque algunos viajes, incluso en avión privado, ya venían incluidos. Chabelo mostraba los premios antes de la catafixia. Morena prefiere ocultar las encuestas después de ella.
Cambió la generación en Palacio Nacional. En los estados permanece intacta la costumbre de heredar la plaza. Chabelo preguntaba si la familia quería conservar el premio o arriesgarse a la catafixia. Morena eliminó el riesgo: el gobernador propone, la encuesta ratifica y la dirigencia anuncia. Puede cambiar el apellido y hasta la facción. Al final, todo queda en familia.



