Hay derechos que no cayeron del cielo.

Costaron cárcel. Costaron burlas. Costaron persecución. Costaron golpes. Costaron generaciones enteras de mujeres que fueron llamadas exageradas, rebeldes, incómodas y peligrosas solo por exigir algo elemental: ser reconocidas como ciudadanas.

El derecho al voto es uno de esos derechos.

Por eso no podemos normalizar que, en pleno siglo XXI, existan voces que pretendan revivir ideas que creíamos enterradas por la historia.

En Estados Unidos ha cobrado visibilidad una propuesta impulsada por sectores ultraconservadores conocida como household voting o “voto por hogar”.

Las columnas más leídas de hoy

Hay que decirlo con precisión: no es una realidad legal, no está vigente y no existe hoy una ruta seria para modificar el sistema electoral estadounidense en ese sentido.

Pero el peligro no siempre empieza con una reforma.

A veces empieza con una idea. Con una frase. Con una provocación. Con alguien diciendo que “tal vez” las mujeres no deberían decidir solas.

Y así empiezan.

Primero cuestionan tu voto. Después cuestionan tus derechos.

La propuesta parte de una visión profundamente conservadora: que la familia, y no cada persona, debería ser la unidad política básica de la sociedad. Bajo ese esquema, el hombre emitiría un solo voto en representación de todo el hogar, incluida su esposa e hijos.

Dicho sin rodeos: borrar la voz política de las mujeres dentro de su propia casa.

Sus promotores sostienen que ello fortalecería a la familia y reduciría conflictos internos, bajo la premisa de que la mujer debe someterse a la autoridad del esposo incluso en las decisiones políticas.

Una idea que no solo desconoce la igualdad entre hombres y mujeres, sino que reduce la voz femenina a un simple eco de la voluntad masculina.

Afortunadamente, esta propuesta no tiene respaldo jurídico. Contradice directamente la Décimo Novena Enmienda de la Constitución de Estados Unidos, vigente desde 1920, que garantiza el derecho al voto sin distinción de sexo. Además, la legislación federal prohíbe cualquier forma de intimidación, amenaza o coacción para influir en el sentido del voto de una persona.

El sufragio es individual, secreto e intransferible.

Ningún esposo puede votar por su esposa. Ningún padre puede votar por sus hijas. Ninguna familia puede apropiarse de la conciencia política de una mujer.

Y eso hay que defenderlo sin titubeos.

Porque el voto no es un trámite administrativo. Es una de las expresiones más poderosas de libertad. Es la posibilidad de decir quiénes somos, qué pensamos, qué defendemos y qué país queremos construir.

Las mujeres no votamos para representar la opinión de nadie más. Votamos porque somos ciudadanas. Porque tenemos criterio. Porque tenemos historia. Porque tenemos derechos. Porque nadie nos regaló nuestro lugar en la vida pública: lo conquistamos.

Pretender que esa decisión pueda concentrarse en una sola persona dentro del hogar es desconocer que cada mujer tiene conciencia, criterio y capacidad para decidir por sí misma.

Y sí: incluso dentro de una misma familia pueden existir distintas formas de pensar.

Se puede compartir techo, mesa, apellido, hijos, historia y cariño sin compartir la misma preferencia política.

Eso no rompe a una familia. Eso fortalece a una democracia.

La pluralidad comienza precisamente en nuestros hogares.

Pensar distinto no debería ser motivo de sometimiento, sino de respeto.

Cada voto representa una historia, una experiencia y una visión diferente del país. Ninguna de ellas puede ser sustituida por la voluntad de otra persona, aunque exista un vínculo matrimonial o familiar.

Por eso me preocupa profundamente que algunos quieran minimizar estos discursos diciendo que son marginales, que son exageraciones, que no van a pasar.

La historia nos ha enseñado otra cosa.

Los derechos rara vez desaparecen de golpe.

Primero se cuestionan. Luego se ridiculizan. Después se relativizan. Más tarde se negocian. Y cuando una sociedad reacciona, muchas veces ya hay alguien intentando arrebatarlos.

La historia nos ha enseñado que ningún derecho está completamente a salvo cuando dejamos de defenderlo.

Desde México debemos observar con atención estos debates internacionales, no para replicarlos, sino para reafirmar nuestro compromiso con una democracia donde la igualdad política sea incuestionable. No podemos permitir que ideas que buscan limitar la autonomía de las mujeres encuentren espacio en nuestra conversación pública ni, mucho menos, que algún día pretendan convertirse en una propuesta para nuestro país.

La democracia se construye con millones de voces individuales, no con una sola voz que hable por toda una familia.

Porque el voto de una mujer no representa únicamente una boleta depositada en una urna.

Representa décadas de lucha, de resistencia y de conquistas que ninguna sociedad democrática debería estar dispuesta a poner en duda.

Y ese derecho, simplemente, no pertenece a nadie más.

María Teresa Ealy Díaz. Diputada Federal. LXVI Legislatura

REDES SOCIALES

Instagram: @materesaealymx

Facebook: Maria Teresa Ealy

X: @MaTeresaEalyMx

TikTok: @materesaealymx