Tras siete días sin acuerdo para tomar deliberaciones, cuarenta horas de debate, el juicio de Lindsay Clancy fue declarado nulo. Su asunto es famoso porque está acusada de asesinar a sus hijos, pero quien acusa es el único testigo, justamente, su agresor. Doce personas encerradas en una sala trataron de responder a una pregunta que nos atraviesa a todos: ¿qué hacer con una madre que mató a sus hijos? El juicio de Lindsay Clancy terminó el viernes como empezó: sin respuestas.
El juez William Sullivan declaró un juicio nulo después de que el jurado conformado por nueve mujeres y tres hombres comunicara por tercera vez, “con el corazón pesado”, que no podía llegar a un veredicto unánime. Once votaron por absolverla. Uno se negó. La psicosis posparto no es igual que la depresión, pero su asunto está plagado de más dudas que de certezas.
Lindsay Clancy, exenfermera de partos de 36 años de edad, no niega haber estrangulado a sus hijos Cora (5), Dawson (3) y Callan (8 meses) con bandas de ejercicio en el sótano de su casa en Duxbury, Massachusetts, en enero de 2023. Solamente no lo recuerda. Supuestamente, luego del crimen intentó quitarse la vida saltando desde una ventana del segundo piso y quedó paralítica, pero tampoco lo recuerda.
La teoría del caso está planteada por su exmarido que ahora tiene otra familia. Lindsay cargaba con su trabajo extenuante y con la crianza, sin apoyo. La pregunta del juicio no era si lo hizo, sino si era penalmente responsable cuando lo hizo. Su defensa sostuvo que sufría psicosis posparto, una condición psiquiátrica severa que la desconectó de la realidad. La fiscalía argumentó que actuó de forma “intencional, racional y rápida”.
El jurado no pudo decidir, pero en el tribunal de las redes sociales, el machismo la ha condenado mientras que las madres piden clemencia porque saben cómo se siente en el cuerpo parir, criar y no poder descansar.
El modelo de justicia en este caso que trata un crimen indignante para toda la sociedad es revelador pues el jurado se compone por ciudadanos y once personas convencidas de que Clancy no era penalmente responsable. Una sola persona, según una nota del jefe del jurado, se negaba a aplicar la instrucción del tribunal sobre la duda razonable. La defensa pidió que se removiera a ese jurado. El juez se negó. La defensa apeló a la Corte Suprema Judicial de Massachusetts. La corte rechazó la apelación. Y así, once contra uno, el caso quedó en el limbo.
Ahora que menos mujeres quieren tener hijos me parece importante que hablemos de la psicosis posparto. Es una condición psiquiátrica grave, rara pero real, en la que una persona pierde contacto con la realidad. Clancy dijo que escuchaba voces. Que tuvo alucinaciones y delirios. Buscó ayuda una y otra vez, incluso visitó salas de emergencia, consultó a múltiples profesionales, llamó a una línea de ayuda para el suicidio. El sistema la dejó caer y demostró no ser infalible.
Si Clancy hubiera sido un hombre, ¿estaríamos teniendo esta conversación? Si un padre hubiera matado a sus hijos en un brote psicótico, ¿habría titulares preguntándose si es víctima o criminal? ¿O lo habrían encerrado y olvidado?
El caso se convirtió en un punto de inflexión para el debate porque saben que la maternidad es un ejercicio de resistencia silenciosa. A diferencia de cuando pasan cosas a los niños mientras están sin su madre, en este asunto pocos se han preguntado “y el padre, ¿dónde está?”.
Patrick Clancy supuestamente salió a recoger medicamentos y comida mientras Lindsay estrangulaba a sus hijos en el sótano. Él testificó que ese día ella “estaba pasando uno de sus mejores días”, que habían jugado y hecho un muñeco de nieve. Dijo que no la consideraba una asesina, sino alguien que no pudo encontrar la ayuda que necesitaba. ¿Dónde estaba Patrick cuando Lindsay se estaba desmoronando?
No estoy hablando del día de los asesinatos. Estoy hablando de los meses anteriores. De las señales de advertencia. De las visitas al hospital. De las llamadas a la línea de crisis. De una mujer que pedía ayuda a gritos mientras su esposo, según su propio testimonio, pensaba que estaba teniendo “uno de sus mejores días”.
¿No es acaso responsabilidad del padre, del compañero, de la pareja, estar atento a la salud mental de la madre de sus hijos? ¿No es acaso su responsabilidad asegurarse de que ella reciba la atención que necesita? ¿No es acaso su responsabilidad, al menos, no dejar sola a una mujer que está en medio de una crisis psiquiátrica?
Pero no. La salud mental materna es un problema de mujeres y por eso, pocas quieren seguir maternando. La crianza es un problema de mujeres. La culpa es de las mujeres. Y cuando una mujer comete lo imperdonable, la mirada se posa exclusivamente sobre ella.
Nadie acusa a Patrick Clancy. Nadie pregunta si él pudo haber hecho más. Nadie sugiere que su ausencia, física o emocional, pudo haber sido un factor. En el imaginario colectivo, la madre es la única responsable de los hijos. El padre es un acompañante, un espectador, un proveedor. Pero nunca el responsable.
El juicio nulo no es un final. La fiscalía puede decidir si vuelve a juzgar a Clancy, si ofrece un acuerdo o si retira los cargos. El 29 de septiembre, la defensa puede pedir al juez que dicte un fallo de no culpabilidad. Pero más allá de lo que pase en los tribunales, este caso ya dejó una huella.
Nos obligó a mirar la psicosis posparto y a preguntarnos qué significa la responsabilidad penal cuando la mente ya no es dueña de sí misma. Nos obligó a ver que el sistema de salud mental es un cascarón vacío. Nos obligó, también, a preguntarnos por qué seguimos tratando la maternidad como una empresa individual, como si criar a tres hijos fuera un trabajo que se hace en solitario, como si la salud mental de las madres fuera un asunto privado que no compete a nadie más.
Once jurados vieron a una mujer enferma. Uno vio a una asesina. Y los doce, al no poder ponerse de acuerdo, nos dejaron con la duda de ¿qué clase de sociedad permite que una madre llegue a ese punto sin que nadie, absolutamente nadie, la detenga?
Hay un imperativo por absolver a Lindsay Clancy. Ese imperativo se trata de reconocer que su tragedia no empezó en el sótano. Empezó mucho antes, en la indiferencia de un sistema que no cuida a las madres, en la soledad de una maternidad que se vive en silencio, y en la ausencia de un padre que, como tantos otros, no supo ver lo que tenía delante.
El juicio terminó sin veredicto. Pero la sentencia, para todas nosotras, ya está dictada.



