“El hábito es el más eficaz de los maestros”.

Plinio el Viejo

“Nada fortalece tanto la autoridad como el silencio”.

Leonardo da Vinci

“Lo más corruptor de la corrupción es el hecho de que invita a la complicidad”.

Octavio Paz

Hace más de veinte años México observó, estupefacto, a un operador político guardar fajos de dólares en un portafolio. Las imágenes del llamado “señor de las ligas” parecían suficientes para cancelar de manera definitiva cualquier aspiración de respetabilidad pública de su protagonista. En una democracia sana, ciertas escenas deberían convertirse en un pasaporte permanente hacia el ostracismo político.

Por lo visto México —ya— no es ese país.

Hoy René Bejarano concede entrevistas, ofrece conferencias de prensa, ¡dicta lecciones de ética pública!, defiende “la soberanía nacional” y niega vínculos entre Morena y el crimen organizado...

Pero lo más inquietante no es él. Lo verdaderamente alarmante es que casi nadie se sorprende.

Ahí reside uno de los cambios culturales más profundos que ha producido la llamada Cuarta Transformación. No solamente ha normalizado las contradicciones de quienes gobiernan; ha conseguido algo mucho más difícil: desactivar nuestra capacidad de asombro.

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Durante años hemos discutido el cinismo como si fuera un defecto de ciertos políticos. Estoy convencida de que nos hemos equivocado de diagnóstico. El cinismo no es únicamente una característica personal. Es un método de gobierno para el morenismo.

Un político cínico puede existir en cualquier democracia. Un sistema político cínico aparece cuando las contradicciones dejan de generar costos. Esa es la verdadera transformación. La deformación no es que Bejarano hable; es que ya casi nadie se pregunta por qué seguimos escuchándolo.

Las sociedades democráticas no solamente funcionan gracias a leyes, tribunales o elecciones. También descansan sobre sanciones sociales. Sobre ciertos consensos morales mínimos. Hay personas cuya credibilidad desaparece porque la comunidad decide que ha dejado de ser confiable. No es censura. Es juicio ciudadano.

Nadie propone prohibirle hablar a René Bejarano. La libertad de expresión protege también a quien ha deshonrado la función pública o violado las leyes. Pero una cosa es que tenga derecho a usar un micrófono y otra muy distinta que nosotros decidamos otorgarle autoridad moral. La democracia protege la voz de todos. No obliga a conceder prestigio a cualquiera.

Existe una diferencia enorme entre callar a alguien y negarse a legitimar su palabra.

Lo mismo ocurre cuando ciertos personajes vinculados con escándalos de corrupción, con delitos graves o con historias profundamente cuestionables reaparecen convertidos en analistas, activistas o referentes éticos. Pienso, por ejemplo, en el espacio que se le da a secuestradores, a pedófilos, a asesinos. Ahí también hay una decisión colectiva. No de ellos. Nuestra.

La democracia no solo muere cuando el poder censura voces incómodas. También empieza a deteriorarse cuando la ciudadanía pierde la capacidad de distinguir entre una opinión y una autoridad moral. Hemos dejado de identificar el cinismo porque convivimos con él todos los días.

Vemos a quienes antes representaban el símbolo mismo de la corrupción dar clases de honestidad; a quienes denunciaban el abuso justificar ahora los mismos excesos; a quienes prometieron erradicar el nepotismo practicarlo con absoluta naturalidad; a quienes aseguraban combatir la impunidad convertirla en patrimonio político. Y ya ni siquiera nos detenemos. Nos hemos acostumbrado.

Y cuando una sociedad deja de reconocer el escándalo, el escándalo deja de tener consecuencias.

El verdadero triunfo del Señor de las Ligas nunca fue sobrevivir al video. Fue lograr que un país entero dejara de verlo como lo que es.

Giro de la Perinola

Y mientras escribía estas líneas me asaltó una duda incómoda: ¿no estaré haciendo exactamente aquello que critico? ¿No estaré prestándole también mi pluma a quien sostengo que debería haber perdido hace mucho la autoridad moral para ocupar el espacio público?

Quiero pensar que no. O, al menos, quiero creer que existe una diferencia entre analizar un síntoma y amplificar un discurso.

Hoy México disputa su quinto partido en el Mundial. Millones de personas estaremos pendientes del balón y no de René Bejarano. Confieso que esa coincidencia me produce una tranquilidad inesperada. Por una vez, el futbol quizá haga un servicio a la higiene democrática: que casi nadie reproduzca sus declaraciones, que casi nadie las convierta en tendencia y que, por unas horas, el viejo operador político vuelva al lugar donde una democracia sana habría debido dejarlo hace muchos años: en el basurero de la irrelevancia.

Porque, al final, el mejor micrófono que puede recibir el cinismo no es el que le presta un periodista ni el que le ofrece un político. Es nuestra atención.