La cumbre de la OTAN en Ankara dejó al descubierto una contradicción fundamental en la diplomacia trumpista que trasciende los gestos, pues mientras algunos países se vuelven foco del ataque norteamericano supuestamente por sostenerse en regímenes políticos dictatoriales, otros países autócratas reciben el beneplácito de Trump solo por aceptar colaborar con él. No se trata simplemente de inconsistencia en los mensajes o de esa característica volatilidad presidencial que ya hemos aprendido a catalogar. Es algo más, algo que revela una determinada concepción del poder donde la sumisión automática es recompensada mientras que la prudencia democrática es castigada.

Trump llegó a Ankara con un guion ensayado. Pasó horas adulando a Recep Tayyip Erdogan, elogiando su “liderazgo fuerte” y ofreciéndole consideración especial en transacciones de defensa como la venta de F-35. Esto ocurría mientras Erdogan detiene a periodistas, criminaliza la protesta y mantiene una represión sistemática contra opositores en Turquía. Durante la cumbre, autoridades turcas detuvieron a más de 200 activistas y manifestantes que se oponían al aumento del gasto militar. Human Rights Watch documentó estas operaciones antiterroristas contra la disidencia. Trump no mencionó esto.

Hace un par de semanas, un grupo de jóvenes turcos viajaban hacia Europa diciendo que en su país no había ningún futuro para ellos, diciendo que ni siquiera opinar en redes sociales era seguro por la sofisticada tecnología que el régimen podía utilizar en su contra. Trump es papel clave en eso.

Al mismo tiempo, el presidente de Estados Unidos descargó su ira contra España. Llamó a Madrid “una causa perdida”, amenazó con cortar todo comercio bilateral, la calificó de “socio terrible de la OTAN”. ¿El delito? Pedro Sánchez se negó a permitir que aviones estadounidenses usaran bases españolas en territorio soberano para atacar Irán sin cobertura legal internacional. España no pidió autorización de Naciones Unidas y tampoco violó un tratado, aunque en estos tiempos, el derecho internacional parece más una sugerencia que puede cumplir a voluntad. El punto es que el presidente de España simplemente ejerció el derecho de un estado democrático a negarse a participar en operaciones militares que considera ilegales.

Al menos, queda en evidencia que nunca se trató sobre defender “democracias” o castigar “dictaduras”, se trata de un régimen de amigos o enemigos, si un país elige ser amigo de Trump, aquel podrá halagar al autócrata que criminaliza la libertad de expresión, si un país no acepta sus presiones, en automático lo coloca dentro de la categoría de enemigo que recibirá castigo aunque se trate de un demócrata que respeta su constitución.

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Trump llegó a Turquía argumentando que los aliados europeos son egoístas, que no contribuyen lo suficiente a la defensa, que Estados Unidos carga con un peso injusto. La realidad es distinta, pues los aliados democráticos de Europa han aumentado sus presupuestos de defensa en términos históricos. España pasó de 9.5 mil millones de euros anuales en 2014 a casi 40 mil millones en 2025. Duplicó su inversión. Alemania alcanzó 2.3 por ciento de PIB en 2025, la primera vez desde 1990 que supera ese umbral. Francia, Italia, Polonia. Todos incrementaron.

Aun así, Trump blandió amenazas comerciales contra el único país que le dijo que no. Mientras tanto, Erdogan, cuyas contribuciones a la defensa son menores en términos absolutos, recibió promesas de venta de armamento avanzado.

Recuerdo a Hannah Arendt escribiendo sobre cómo los autoritarios entienden el poder internacional. No como reciprocidad entre iguales, sino como jerarquía de sumisos y rebeldes. Trump parece operacionalizar esa visión. Erdogan, quien ha desmantelado controles constitucionales, quien usa aparatos estatales para perseguir opositores, es recompensado con acceso a la élite occidental. España, que mantiene sus instituciones democráticas incluso bajo presión fiscal y migratoria, es amenazada con represalias económicas. Ese contexto es clave para entender la reconstrucción de las relaciones entre México y España, así como el tratado de comercio sobre el que mañana escribo.

Es un mensaje para cualquier aliado es que la democracia es un lujo que no pueden permitirse si quieren mantener buenas relaciones con Washington y que el límite de la democracia justamente está en la colaboración-obediencia a la voluntad de Trump.

Pero hay algo adicional que inquieta. En Ankara, Trump también prometió a Zelenskyy permitir a Ucrania fabricar misiles Patriot. Ofreció comprar drones ucranianos e hizo gestos de apoyo. Luego pasó el resto de la cumbre quejándose de que Europa no había contribuido lo suficiente al “esfuerzo de guerra contra Irán”. Un esfuerzo que Europa considera fuera del mandato de la OTAN y que después de décadas de guerras en Medio Oriente, consideró estratégicamente cuestionable.

Trump mezcla agendas. Castiga por no alinearse con su política regional. Recompensa la complicidad pero en el fondo, es errático.

El hecho es que la OTAN parece una olla a presión en la que las potencias europeas observan que el otro rostro de la protección militar es el control y el que “protege” es el que manda y decide. Aquello no es normal y Europa no debería normalizarlo.