No son sinónimos estercolar y defecar. Tienen el mismo origen y se refieren, en el fondo de sus significados, a la misma suciedad. Se diferencian en el contexto en que tales palabras se utilizan y, sobre todo, en quién realiza la acción.

Ambos verbos tienen que ver con algo tan desagradable como la expulsión de excrementos, pero sus propósitos son opuestos.

Estercolar, utilizado correctamente, es un término de la agricultura que significa cubrir la tierra con estiércol antes de la siembra para hacerla más fértil. Aunque este abono (el excremento, pues) proviene de los animales, el verbo se refiere básicamente a la acción humana de abonar los predios agrícolas.

Defecar es el acto biológico de vaciar el vientre. Lo socialmente aceptable consiste en hacerlo en espacios creados por el ser humano específicamente para tal propósito, conocidos como baños, váteres, letrinas, excusados o sanitarios.

La materia prima de ambos procesos es exactamente la misma: las heces. Pero en el idioma español —y en otras lenguas— estercolar y defecar no pueden ser sinónimos debido, especialmente, a lo que ocurre después de que el desecho sale del cuerpo: humano en el caso de defecar, y animal en lo relacionado con estercolar.

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Al defecar, el cuerpo simplemente expulsa lo que ya no le sirve. Lo civilizado es depositarlo en un sitio perfectamente habilitado para que los desechos no contaminen, ensucien ni afeen.

Al estercolar, el desecho (no humano, sino animal, sobre todo de caballos y vacas) se utiliza para mejorar la tierra agrícola. Cabe destacar que, antes de usar los desechos como abono, estos pasan por un proceso de compostaje que enriquece las heces animales.

Cuando un caballo o una vaca vacían el vientre en el campo o en los establos, dan inicio al proceso de estercolar. Sin embargo, si andan sueltos en las calles de ciudades o pueblos y realizan la misma evacuación, no estercolan, sino que cagan donde no deben, convirtiendo su residuo en una suciedad que alguien tendrá que limpiar.

No es el caso de los perros, que solo defecan. Al ser carnívoros, sus desechos son sumamente ácidos, por lo que no abonan el césped, sino que lo contaminan. La caca de perro, exactamente igual que la humana, carece de valor agrícola y debe limpiarse de inmediato para evitar la putrefacción, los olores nauseabundos y la propagación de suciedad en el entorno.

La clave para entender la utilidad de estercolar frente a la simple suciedad de defecar radica en el destino y la naturaleza del desecho. Lo que producen los caballos y las vacas en los establos, aunque biológicamente se trate de heces, se transforma de inmediato en un recurso valioso para la agricultura. En contraste, lo que desechan los humanos y los perros es un excremento sin utilidad que, si se maneja en forma indebida, no aporta ningún beneficio y solo genera malos olores, contaminación y una suciedad profundamente dañina para la sociedad.

La crítica periodística estercola y la caga según sea el caso

Tiene sentido aplicar las diferencias entre estercolar y defecar a la crítica periodística. Por un lado está la crítica objetiva, que toma la suciedad existente en todo sistema político para abonarlo, depurarlo y mejorarlo. Por otra parte está la crítica patrocinada por actores de poder que, en defensa de sus propios intereses, recolectan esa misma suciedad y la multiplican artificialmente con el único propósito de contaminar y degradar aún más el aparato gubernamental.

El periodismo que estercola, abona y hace más fértil al sistema es el realizado con honestidad, el que no niega la podredumbre siempre presente en un gobierno. Con decencia, recoge lo sucio y lo expone para depurarlo; exhibe lo descompuesto con el afán de evitar en el futuro la corrupción, la ineficiencia, la opacidad y los abusos burocráticos. Lo hace con rigor metodológico, con datos duros y mediante un proceso de compostaje, que es la estricta verificación de la información. El fin del periodismo que estercola es abonar el sistema y hacerlo más productivo socialmente hablando: no busca destruir, sino construir.

En cambio, el periodismo que defeca —el de la crítica patrocinada por grupos de interés, el que se usa para la guerra de lodo y el de la campaña permanente y cercana al golpismo contra un Estado que no se ajusta a las exigencias de los antiguos sectores de poder— lo único que busca es afear el sistema para lograr réditos electorales.

Ahora mismo, los periodistas que solo cagan y ensucian son los voceros de la mierda del viejo sistema, el anterior a la 4T. Son quienes ayudaron incluso a fabricar los mismos desechos que hoy avientan solo para intentar contaminar al régimen de izquierda, lo cual hacen sin ningún rigor, con muchas mentiras y jamás sometiendo sus datos a la verificación.

El único fin de ese periodismo es ensuciar aún más a la sociedad y a su gobierno. No le interesa que el país avance, sino generar un ambiente tan apestoso que asquee a la ciudadanía y la ponga en contra de la 4T. La suciedad no se usa para nutrir, sino como un arma para manchar al adversario y sabotear cualquier progreso que vaya contra sus intereses. Es un periodismo sucio que se siente fuerte y falsamente se considera legitimado por el apoyo de los bloques de interés que gobernaron durante décadas y que perdieron sus privilegios con el triunfo de la izquierda en 2018.

Los y las comentócratas que solo defecan argumentan que ejercen la libertad de expresión, pero en realidad lo que hacen es embestir al gobierno democráticamente electo para defender sus propias agendas. Su objetivo es que el terreno fértil de la democracia quede cubierto del lodo que caracterizó al autoritarismo del pasado.

En el caso del México de hoy, sobran columnistas que toman la suciedad que ellos mismos ayudaron a generar, sobre todo justificando el fraude de 2006.

El fraude electoral contra AMLO es la mierda original que provocó el gran problema de violencia que, como efecto bola de nieve, durante tantos años ha ensangrentado al país. Por eso, para afear al sistema, el de la 4T, la comentocracia defeca tanto y con tantas ganas.

Es algo inmoral en extremo porque el gobierno de izquierda, hoy presidido por Claudia Sheinbaum, por primera vez intenta con seriedad limpiar a la sociedad mexicana de suciedades, como la pobreza de millones.

La comentocracia recoge la suciedad que los y las columnistas, con Felipe Calderón y Vicente Fox, defecaron en el fraude de 2006, y hoy la usan como armas de ataque.

Quienes hace veinte años operaron, financiaron o justificaron mediáticamente tanto el fraude electoral como la absurda guerra contra el narco coordinada por el delincuente García Luna, no estaban estercolando las instituciones: estaban sembrando las minas de mierda que poco a poco ha desactivado y limpiado la 4T.