Todo empezó hace apenas unos días, en la Ciudad de México. Karla Iveth Gómez caminaba con sus hijos y su pato Merlín, al que habían comprado una pequeña camiseta verde con el escudo de la Selección Mexicana para celebrar el inicio del Mundial 2026. Alguien tomó una foto rápida: Merlín caminando erguido, con su ropa deportiva, entre la gente y el ruido de la ciudad. La compartió en redes con un comentario sencillo: “El más fiel aficionado de México”.

Nadie imaginó lo que vendría después. La imagen se multiplicó en horas. De compartirse entre amigos, pasó a aparecer en noticieros, en páginas deportivas y en conversaciones en todo el país. Pronto, marcas nacionales e internacionales empezaron a usar su imagen en campañas, productos y publicaciones comerciales —sin pedir permiso, ni darle un solo peso a la familia que lo cuida y lo hizo famoso—. Ante este abuso, Karla Iveth y sus hijos decidieron actuar: ya registraron a Merlín ante el Instituto Mexicano de la Propiedad Industrial (IMPI), para proteger su nombre e imagen y poner fin al uso impune que hasta ahora han hecho empresas de todo el mundo sin redituarles nada.

Y es que Merlín ha sido cuidado, protegido y amado por una familia trabajadora, que no disfruta de este Mundial en esos palcos donde asistieron los pudientes, los que se sienten dueños de México y menosprecian a que salen a ganarse el sustento en la calle todos los días.

La sorpresa fue mayor cuando la invitación llegó. Esta mañana, entre funcionarios, reporteros y las cámaras de siempre, la conferencia matutina en Palacio Nacional abrió paso a un invitado distinto a todos los demás. La presidenta Claudia Sheinbaum recibió a Karla Iveth, a sus hijos y a Merlín, quien entró caminando tranquilo, sin esperar los aplausos y risas de todos los presentes.

“Hoy tenemos un invitado muy especial” —dijo la mandataria con una sonrisa—. Lo que empezó como una imagen bonita en la calle se volvió un fenómeno que nos une a todos. Merlín representa lo mejor de este Mundial: que la pasión por el futbol no tiene distinciones, y que de cualquier rincón pueden salir historias que nos llenan de orgullo.

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Karla Iveth, con sus hijos a su lado, apenas podía contener la emoción. Contó que solo querían pasar un buen rato, apoyar a la selección y compartir su alegría sin esperar nada a cambio. Merlín, mientras tanto, se quedó quieto junto a ellos, convertido ya en una celebridad nacional, un embajador improvisado que cruzó desde las aceras hasta la conversación política más importante del país.

Y así, entre aplausos y risas, quedó claro: a veces lo más grande nace de lo más pequeño, y el verdadero espíritu de un país no siempre está en los discursos, sino en las historias sencillas que todos hacemos nuestras.