La Selección Mexicana lo ha logrado. Nos llenó de orgullo y alegría, permitió unir a todos los pueblos de todas las regiones del país. Sostuvimos una misma pasión y la afición fue la mejor anfitriona. Más allá de los recursos, la calidez de los mexicanos demostró que las mejores experiencias no miden su precio en dinero sino en la energía que son capaces de transmitir.
El último y mítico quinto partido frente a Inglaterra brindó una victoria distinta a la que todos soñamos pero la manera en que se vivió fue digna de un Mundial, digna de mexicanos que dejan todo en la cancha y digna de quienes sueñan en grande. Inglaterra no la tuvo fácil, la sufrió y estoy segura de que el respeto a la selección de México hizo patente la maestría que nuestro país tiene en ese deporte traído por los mismos ingleses.
En 1824, el territorio hidalguense se convierte en escenario de una transferencia tecnológica que define, silenciosamente, las estructuras extractivas de la nación emergente. Mineros originarios de Cornualles arriban a Real del Monte, Mineral del Chico y Pachuca, contratados no solo por sus manos especializadas sino por el conocimiento técnico que portan. Estos trabajadores transportan los códigos de una modernidad minera a México y su capacidad extractiva con la experiencia acumulada de una región donde la extracción de minerales ya había atravesado siglos de desarrollo industrial. Una placa dice que en 1900, “EN LOS PATIOS DE LA MINA DE DOLORES SE LLEVO A CABO EL PRIMER PARTIDO”. Sucedió en Real del Monte aunque posiblemente, antes ya se hubiera jugado al balón pie. Sabemos que lo nuestro era la pelota-cadera, esa habilidad previa ya habría dado una ventaja histórica a nuestros jugadores.

No sabemos si los intercambios mineros fueron justos, las reformas laborales llegaron mucho tiempo después. Lo que generalmente se narra como mera “transferencia de costumbres” constituye, en realidad, la llegada de un sistema integral de conocimiento. El futbol que los mineros británicos practicaban durante sus ratos libres funcionaba como tecnología de regulación corporal, como mecanismo de disciplina y construcción de identidad colectiva en espacios de explotación extrema. En esas primeras décadas, el juego permanecía insular, una práctica que reproducía la identidad de Cornualles en tierras ajenas.
El momento crítico ocurre cuando los habitantes locales comienzan a participar en los partidos. Esa participación fue el inicio de un intercambio político del conocimiento. Cuando en 1892 los trabajadores británicos fundaron el primer club organizado, antecedente del actual Pachuca, se gestó una reconfiguración fundamental. Una institución de origen colonial comenzaba a ser transformada en memoria institucional nacional.
Entre 1892 y 1902, cuando se organiza la primera liga formal, el futbol transita de tecnología importada a patrimonio intelectual mexicano. Pachuca, rebautizada posteriormente como la “Cuna del Futbol Mexicano”, representa más que una geografía. Es un acto de nominación mediante el cual se reclama para sí la invención, cuando lo que efectivamente ocurrió fue una apropiación creativa de lo ajeno. La influencia inglesa persiste en el club, en la tradición, en las genealogías que trazan linajes hasta Cornualles, pero ya no como imposición externa sino como rastro que la memoria nacional integra y convierte en propio.
El futbol se hizo nuestro. Esta integración revela una paradoja productiva, pues Hidalgo no funcionó como receptáculo pasivo de una imposición británica. Operó como laboratorio donde la periferia aprendió a jugar con las reglas del imperio y, sin abandonarlas, les imprimió significación nueva. El futbol inglés se mexicanizó no por olvido de su origen sino por la capacidad efectiva de hacer suyo lo que llegaba como extranjero. Nos volvimos pamboleros. Comenzó a construirse un código e identidad propia en torno a la pelota.
Ahora somos más que 11 y de nuevo sede histórica de un Mundial que apuesta a la amistad como símbolo para construir paz. México ha demostrado ser un pueblo de primer nivel, uno divertido y capaz de hacer sentir en casa a cualquiera. También ha demostrado tener nivel y más allá de ese nivel técnico del que tanto se habla, ha demostrado tener pasión y la de millones. La verdadera soberanía cultural no reside en la negación de la influencia sino en la capacidad de metabolizarla consciente y críticamente una pasión que significa más que simple futbol. Somos el México soberano.
Significa recordar de dónde vino y cómo hemos hecho tan nuestro y tan único lo que hoy nos define, sin permitir que ese recuerdo nos devuelva al lugar subordinado de la imitación, pero tampoco negando el gesto originario que lo trajo. Hemos dado cátedra de juego, de amistad, de buen ambiente, de cultura, de afición, de gastronomía y de un sinfín de cosas que el mundo recordará.
Miles de mujeres se convirtieron en “FIFAS”, apasionadas y atentas al minuto a minuto. Ayer un señor de Ecuador, por cierto, me dijo que seguramente yo no entendía absolutamente nada de futbol y no sabía que era una Copa América. Me dejó pensando y entre su machista aportación, encontré algo importante: hoy habito la rebeldía del futbol como aficionada, invito a volvernos aficionadas intensas de la Selección Femenil, a jugar como lo entendamos o sintamos y a abrazar nuestra manera de ver este Mundial y el futbol, en general. Especialmente, apoyar a las mujeres que juegan.
El dato: la Football Association (FA) de Inglaterra en 1921 prohibió explícitamente que los equipos de mujeres jugaran en los campos de futbol profesionales. Esta prohibición persistió hasta 1971, cincuenta años de exclusión oficial.
Lo particularmente revelador de la prohibición inglesa de 1921 es que llegó cuando el futbol femenino estaba experimentando un crecimiento significativo durante la Primera Guerra Mundial, momento en que las mujeres habían ocupado espacios laborales que los hombres dejaban vacantes. Los partidos de futbol femenino atraían miles de espectadores (y principalmente espectadoras). La prohibición de la FA fue un acto de restauración del orden patriarcal, no una respuesta a la ausencia de interés.
Sin que fuera ley pero dentro de la cultura, se nos prohibió también verlo y celebrarlo porque era un deporte “de hombres.” El temor de los señores era que si las mujeres comenzaban a trabajar y encima a distraerse con futbol, ¿a qué hora se iban a encargar de la casa, la limpieza, los hijos, la cocina y los cuidados?
Fuimos excluidas del deporte por “estabilidad doméstica”.
Así que si eres mujer, la próxima vez que te preguntes por qué no te gusta el futbol, recuerda que el patriarcado nos excluyó de compartir esta alegría y algunos osados se han atrevido a decirme que nosotras “hasta eso nos queremos apropiar”. Otro señor, mexicano, un día me dijo que “ya nos permitían gobernar” y que eso ya era mucho, que al menos les debíamos dejar el futbol para ellos, pues de hecho, era suyo. Incluso dijo que ya también nos habían hecho el favor de dejarnos jugar con otras mujeres y frente a ellos, como hombres, siempre estaríamos destinadas a perder por ser “débiles”.
Por supuesto, dejé de hablarles a esos dos señores, pero el punto es que la afición femenil es una rebeldía maravillosa que debemos continuar con todo y que este haya sido nuestro último partido en el Mundial.
Ahora tocará apoyar a Colombia y a Marruecos, a seguir dejando el corazón cada que festejamos lo que pasa en la cancha, a conocer a las mujeres del futbol, apoyarlas y atrevernos a jugar cada que podamos.



